Reírse de la muerte y de lo que puede venir después
Una butaca de cine. Un plano de silencio en una iglesia. Un cura que pregunta al protagonista por qué no se suicida, y una respuesta que debería helar la sangre: «¿Y si lo que viene después es peor?». La sala se rió. No todo el mundo. Una parte. Suficiente para que una escena ideada como drama mutara en comedia negra sin que nadie lo pidiera. La película es
Escape, un título español que lleva a
Mario Casas al centro de un duelo sin fondo y que ha reabierto una discusión de siglos: qué hay al otro lado, y por qué nadie quiere mirarlo de frente.
Lo que sigue no es un debate académico. Es una conversación de foro que arranca con esa anécdota y deriva hacia los territorios de siempre: el infierno, el purgatorio, la reencarnación, las élites que conspiran en la sombra y un proyecto humanitario en Kenia que aparece de la nada. La
vida después de la muerte, resulta, no admite compartimentos estancos.
Por qué reímos una pregunta que da miedo
La hipótesis más repetida es sencilla: la risa es una válvula de escape. La mayoría de la gente, sostiene una de las corrientes, no piensa en su propia mortalidad porque de niño ya se llevó el golpe —el descubrimiento de que se va a morir— y la única forma de sobrevivir a esa certeza es aparcarla. Cuando alguien en pantalla verbaliza lo que casi nadie se atreve a formular, el cerebro no sabe si llorar o reír. Y elige reír.
Hay quien va más allá y sostiene que buena parte del público da por hechas sus creencias, ya sea el Cielo o la nada absoluta, sin cuestionarlas nunca. Si la respuesta al más allá es un axioma, la pregunta del cura pierde peso y se convierte en ocurrencia. Es la distancia entre creer y saber, y nadie, en rigor,
sabe.
Cielo, infierno y purgatorio: el mapa que nadie verificó
El intercambio se llena pronto de teología práctica. Una postura expone la versión más clásica: infierno para quienes negaron a Dios, cielo y purgatorio para quienes creyeron. Otra se atreve con la objeción que muchos callan: si Dios es bueno, por qué deja su creación defectuosa sufriendo eternamente. La pregunta queda flotando, sin respuesta que convenza a todos.
Aparece también la promesa del Evangelio de Juan —«el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá»— frente al escepticismo de quien exige pruebas. Y una advertencia recurrente: la eternidad no tiene principio ni fin, de modo que lo que se vive tras morir sería idéntico a lo que se vivió antes de nacer.
Nadie recuerda nada de entonces. El argumento corta por lo sano, aunque no resuelva nada.
La tesis conspirativa: élites que planifican el más allá
Aquí el asunto toma el giro que justifica el lugar donde se discute. Si la vida después de la muerte existe, razona el planteamiento inicial, es plausible que las élites —esa obsesión por el poder que no se detiene ni ante la tumba— hayan tratado de investigarla en secreto y de diseñar la forma de seguir mandando en el otro plano. Nacemos en un mundo con las reglas ya escritas y las acatamos sin elegirlas. ¿Por qué el más allá iba a ser distinto?
La idea no se queda sola. Entra en escena la
pastilla roja: la sospecha de que este mundo es una granja energética, de que el yo encarnado es un avatar identificado con un cuerpo que no le pertenece y de que despertar a esa realidad resulta más desagradable que la ignorancia. Se citan ficciones como
Matrix para ilustrarlo. Conviene recordar que nada de esto cuenta con respaldo empírico.
Reencarnación, astrología y la casa ocho
El intercambio se desparrama. Una participante recuerda haber tenido de niña la sensación de haber vivido en un desierto, en una vida anterior, sensación que se diluyó al crecer. Otra aporta un sueño en el que se veía en el espejo con otro cuerpo y se reconocía bajo ese otro físico. Y alguien trae la astrología sideral: la
casa ocho, asociada a Escorpio y Plutón, sería la puerta de salida y entrada al otro mundo.
Frente al testimonio onírico y al horóscopo, la lógica más terrenal recuerda que todos los milagros se ajustan a las creencias previas de quien los vive. Ningún hindú ve a la Virgen María. Cada cultura recibe la revelación que ya esperaba, lo que invita a pensar que el más allá se parece sospechosamente a lo que cada uno traía puesto.
El infierno, según esta conversación, ya lo conocemos
Y en medio de tanta especulación, una definición que plantea uno de los participantes: el infierno no es un lugar de fuego, sino tener momentos de felicidad y perderlos. La enfermedad, la vejez, la muerte de quienes queremos. Repetir ese ciclo una y otra vez.
Lo que hace insoportable el dolor no es su intensidad, sino su falta de sentido. Morir sería llevadero si sirviera para algo.
Por eso el miedo no es tanto a lo que venga después como a que lo de aquí se prolongue sin motivo. La pregunta del cura daba por supuesto que el suicidio huiría del sufrimiento. La respuesta del protagonista apunta a lo contrario: quizá no haya escapatoria ni por la puerta de atrás.
Al final, lo único claro es lo que ya se sabía: nadie ha vuelto para contarlo. La risa del cine, la fe de unos, la sospecha de otros y la teoría que imagina conspiraciones más allá de la tumba son formas distintas de responder a la misma pregunta. Con siglos de teología, filosofía y ciencia encima, seguimos sin saber si el otro lado es peor. ¿O es que preferimos no averiguarlo?