¿Y si lo que toca ahora es una crisis alimentaria en España?
La peste porcina africana ha vuelto a poner el foco sobre el sector primario. Dos jabalíes positivos en Bellaterra bastaron para que el Ministerio de Agricultura activara medidas drásticas: 39 granjas confinadas y un protocolo que, según los ganaderos, puede llevar al sacrificio masivo de animales. A partir de ahí, la conversación derivó hacia un escenario más incómodo: ¿y si la escasez de carne y proteínas no es una consecuencia accidental, sino el objetivo?
La sospecha no es nueva, pero ha encontrado terreno fértil en un contexto de precios disparados y consumo en caída. El pescado y la fruta fresca han bajado un 30% en la cesta de la compra, según los datos que se manejan. La lechuga cuesta lo mismo que un paquete de salchichas. La coliflor, como media docena de huevos. Y mientras tanto, la producción agrícola sigue siendo enorme, pero la propiedad se concentra y los costes de producción se disparan por normativas que muchos consideran absurdas.
El negocio de la escasez: de la granja al lineal
Hay un cálculo que circula y que resume la tesis del desabastecimiento programado: si en una explotación de 5.000 cerdos se hacen pruebas PCR y el primer animal que haya comido papaya da positivo, se activa la emergencia sanitaria y se sacrifica a toda la cabaña. Cinco mil cerdos menos en el mercado. Repites la operación unas cuantas veces y el precio del cerdo se va a las nubes. No hace falta un plan maquiavélico; basta con aplicar el protocolo con rigor burocrático.
La concentración de recursos en pocas manos es el otro vector. BlackRock no solo es el mayor casero de España; su interés por el sector primario forma parte de una estrategia más amplia que algunos analistas llevan tiempo describiendo como neofeudalismo. El control de la tierra, el agua y la producción de alimentos es la palanca definitiva. Y no hace falta invadir nada: basta con comprar.
El resultado se ve en los lineales. La ternera nunca fue barata, pero el pollo y el cerdo eran asequibles. Las verduras frescas, que ahora son casi un lujo, se han convertido en el termómetro de una clase media que ajusta su dieta a la baja. No es hambre, pero es otra cosa: comer peor por el mismo dinero.
¿Por qué se disparan los precios de los alimentos básicos?
La respuesta oficial apunta a la inflación, la guerra de Ucrania y los costes energéticos. La respuesta que se da en los círculos más escépticos apunta a algo más deliberado: una combinación de especulación, normativas que asfixian al productor local e importaciones masivas desde Marruecos y Mercosur. Si el suministro exterior se corta, el desabastecimiento está garantizado. Y si no se corta, la producción nacional ya no existe para competir.
Los datos de consumo respaldan la tendencia. Cae la compra de carne, pan, pescado, frutas, alcohol y lácteos. No es una decisión ideológica: es que el presupuesto no llega. La cesta de la compra se ha convertido en un ejercicio de renuncia selectiva. Primero se recorta la proteína animal. Luego la fruta fresca. Al final, queda el arroz y la pasta.
Hay quien sostiene que el Estado de Bienestar es un cadáver mantenido con deuda y que, cuando la transfusión se corte, la dependencia será brutal. Pensiones, medicinas, subsidios, ayudas al alquiler. Una estructura piramidal que necesita cada vez más jóvenes en la base para mantener a los de arriba. Y la base se está desvaneciendo.
La memoria del hambre: de las gachas al terrón de azúcar
La conversación derivó hacia la memoria histórica de la escasez. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que la mayor parte de la población las pasaba más que putas para llegar a fin de mes. Se pasaba la ropa y el calzado de un hijo al otro. Se comían gachas, migas y cardos del campo porque no había otra cosa. Las enfermedades chungas campaban a sus anchas: polio, viruela, tifus. El que las pillaba quedaba cojito para el resto de su vida o se iba al hoyo.
La gripe del 68 mató a muchísima gente. Nadie se enteró porque casi nadie tenía televisión. En el Nodo contaban a los pocos que tenían tele que todo iba fenomenal gracias al Caudillo. La gente se moría a puñados mientras el relato oficial insistía en la normalidad. Es un precedente incómodo: la escasez y la enfermedad siempre han existido, pero la capacidad de contarlas depende de quién controla el altavoz.
La comparación con la España actual es inevitable. El parque de automóviles, los electrodomésticos, la ropa, la altura y el físico de la gente. El nivel de consumo. Todo eso ha mejorado. Pero la pregunta que flota es si esa mejora es sostenible o si fue un paréntesis financiado con deuda que ahora toca pagar.
El control definitivo: alimentación, agua y larvas de mosca
El monopolio del agua es la pieza que completa el puzle. Si el control de los alimentos es la palanca, el control del agua es el interruptor. Y en ese contexto, la promoción de granjas de larvas de mosca para consumo humano deja de ser una excentricidad tecnológica y se convierte en una señal. Comerás mierda reprocesada y serás feliz.
La producción agrícola es enorme, sí. Pero la propiedad está cada vez más concentrada, los costes se disparan y la PAC ya no es lo que era. Lo que sobra es producto de baja calidad para exportación masiva. Lo que falta en los lineales a precio razonable es otra historia. El impala urbano que votó toda su vida por más Estado descubrirá que el Estado no era su padre, sino su acreedor.
El cierre no llega. La conversación se atasca en la misma pregunta: ¿es esto una crisis accidental o un diseño? Los datos apuntan a lo segundo. Las explicaciones oficiales, a lo primero. Y en medio, una clase media que ya no compra ternera y que empieza a mirar las alubias como un plan de futuro.