Wallapop: rebajar un 75% no evita que te regateen más
¿Cuánto hay que bajar el precio de algo para que dejen de regatearte? La venta de segunda mano entre particulares responde con una certeza incómoda: nunca lo suficiente. Dos artículos puestos a la venta con un descuento del
75% sobre su precio nuevo —y con el aviso, bien visible, de que no se hacen envíos ni entregas a domicilio— siguen recibiendo mensajes que arrancan sin saludar, ofertas por debajo de lo ya rebajado y peticiones para que el vendedor cargue el paquete hasta casa del comprador. A eso se sumaron dos interesados que, tras reservarles el producto y acordar hora, no aparecieron. El pulso entre quien malvende y quien cree que siempre puede pagar menos no es un fallo del sistema: es el sistema.
El precio del anuncio no es el precio de la venta
Un descuento del 75% debería zanjar cualquier discusión. No la zanja. El ejemplo que se plantea en el hilo es el del coche: un vehículo que en el mercado de segunda se mueve en torno a
8.000 euros, que se publica a 6.000 porque hace falta liquidez rápida y por el que llegan ofertas de
3.000 euros «en metálico y para mañana». La mecánica se repite en cualquier rango de precio, desde una herramienta a una consola.
Ahí asoma el malentendido de fondo. Lo que alguien pide en un anuncio y lo que finalmente se paga por ese mismo objeto son dos cosas distintas, y confundirlas lleva a tasar mal en las dos direcciones: el vendedor cree que su precio es una referencia de mercado y el comprador cree que cualquier cifra publicada es una invitación a la rebaja. Fijarse en los anuncios activos, y no en las operaciones que realmente se cierran, es el error de apreciación más habitual. Con una salvedad: en un anuncio propio puedes escribir el precio que quieras, otra cosa es que aparezca alguien dispuesto a pagarlo.
¿Por qué se regatea sin saludar siquiera?
Porque el regateo ha dejado de ser una conversación y se ha convertido en un disparo. Mensajes de una línea —
«100 pavos» por un artículo anunciado a 700—, sin saludo, sin pregunta previa, sin interés real por el estado del producto. Quien no recibe respuesta se ofende al ver el «visto» en la pantalla, como si ignorar una oferta absurda fuera una descortesía.
Sobre el perfil del que regatea hay una lectura que se apunta y que conviene dejar donde está, como hipótesis: quien discute diez euros es porque no tiene diez euros. Puede ser cierto en muchos casos y no explica el fenómeno entero. Lo que sí explica es la temperatura de unas conversaciones donde el precio pactado se convierte en el punto de partida de una segunda negociación.
El plantón como técnica de negociación
Dos citas acordadas, dos productos reservados y dos ausencias sin aviso. El material más citado es un artículo de
14 euros por el que el vendedor estuvo esperando un domingo entero tras fijar la hora para la mañana.
El repertorio no acaba en el plantón. En una operación de un televisor pactado en
150 euros, el comprador apareció en el punto de encuentro acompañado por su familia y ofreció 50 euros con el argumento de que los niños se quedaban sin ver la televisión. La operación se cerró finalmente en los 150 acordados —y con una valoración de una estrella en el perfil del vendedor—. En otro caso, el comprador compareció con menos dinero del pactado, a ver si colaba con el artículo ya delante. El vendedor se volvió a casa con el producto.
Los vendedores se blindan: filtros, bizum y preguntas frecuentes
La respuesta a todo esto ya tiene manual. Los perfiles con historial largo cuentan cómo se ahorran disgustos:
120 envíos con cinco estrellas y una norma sencilla, no contestar a mensajes que no saludan, que no se entienden o que vienen de cuentas sin valoraciones. El argumento es que un perfil nuevo puede ser perfectamente solvente, pero el coste de comprobarlo lo paga el vendedor.
Otras recetas se repiten: no desplazarse más de unos cientos de metros para una entrega, exigir un bizum por el coste del carburante de ida y vuelta cuando el desplazamiento es largo, y cerrar el anuncio con una lista de preguntas frecuentes del tipo «¿El precio es negociable? No. ¿Haces envíos o entregas en casa? No». Quien adopta ese tono admite que pierde algún comprador educado a cambio de filtrar al curioso profesional.
El reventador que vive del móvil
Hay una parte del mercado que no compra para usar. Son cuentas conectadas todo el día que llegan antes a la ganga, la retiran y la revenden con el precio inflado. No van a todo: van a lo que tiene salida rápida. El efecto para el aficionado es que lo bueno se lo llevan otros y al particular le queda el catálogo de siempre.
El suelo del mercado lo ponen los establecimientos de compraventa. Un videojuego clásico que en tiendas online supera los
50 euros se tasó en 14 en un Cash Converters. Una amoladora anunciada a
42 euros «como nueva» es la misma que una cadena de supermercados vende nueva por 25. Libros de segunda mano a entre 5 y 15 euros más envío cuando el nuevo cuesta 6,60 puesto en casa. La segunda mano, a veces, no es más barata.
¿Cuánto vale de verdad lo que vendes de segunda mano?
En tecnología, la horquilla que se maneja es llamativa: hay quien acepta pagar
más del 70% del valor del producto nuevo por un portátil o un móvil de particular, con caídas, humedad y calor acumulados y sin garantía. A esos precios, el ahorro no compensa el riesgo. Y del otro lado, el criterio de muchos vendedores es tajante: una rebaja de entrada superior al
20-25% se da por perdida y no se responde.
El mejor consejo que circula no es un truco de negociación ni una app mejor. Es vender o regalar las cosas a alguien de confianza y ahorrarse el fin de semana esperando a un desconocido en una esquina. La economía de plataforma acaba encontrando su límite en la hospitalidad vecinal. Y nadie lo anunció.