Von der Leyen pide aguantar el frío y descarta levantar las sanciones
El miércoles, ante el pleno del Parlamento Europeo, Ursula von der Leyen pronunció su tercer discurso sobre el estado de la Unión con un mensaje de resistencia: «Es el momento de mantenernos firmes y no de apaciguamiento». La presidenta de la Comisión Europea avisó de que los meses que vienen no serán fáciles ni para las familias que llegan justas a fin de mes ni para las empresas que deben decidir su futuro, y cerró la puerta a cualquier gesto hacia Moscú: «No vamos a levantar las sanciones».
Qué dijo Von der Leyen sobre Rusia, la energía y las sanciones
El diagnóstico oficial es total: lo que ocurre en Ucrania no sería solo una guerra declarada por Rusia, sino
una guerra contra la energía, la economía, los valores y el futuro de Europa. La presidenta lo formuló como un choque de sistemas, «la guerra de la autocracia contra la democracia», y remató con un pronóstico: gracias al valor y a la solidaridad, Putin fracasará y Europa vencerá.
Para sostener que el pulso funciona, enumeró efectos concretos de las sanciones. La falta de piezas de recambio estaría obligando a
Aeroflot a aparcar sus aviones. La escasez de semiconductores llevaría al ejército ruso a extraer chips de lavavajillas y refrigeradores para reparar material militar. «La industria rusa está en ruinas», dijo, y lo atribuyó al propio Kremlin: es el Kremlin quien estaría destruyendo la economía del país. La conclusión es que las medidas no se tocan.
El coste que ya se está pagando: panaderías y facturas
Debajo del relato épico hay una lista menos solemne. Las panaderías neerlandesas afrontan una amenaza de cierre por el encarecimiento de la energía, y las panaderías alemanas ya han sido golpeadas por los precios. Son negocios de barrio, con márgenes finos y hornos que no pueden apagarse, lo que convierte la factura eléctrica en una decisión de supervivencia.
El alto representante, Josep Borrell, apeló a los europeos a
resistir ante los precios de la energía y de los alimentos. La palabra elegida —resistencia, resiliencia, sacrificio— vertebra todo el discurso. El problema de una consigna así es que se pide a quien no toma la decisión: la familia que recorta la calefacción y el panadero que echa el cierre no votaron la sanción número doce.
«La energía no es vuestra»: las objeciones al marco oficial
La frase que más ha chirriado es precisamente la de «nuestra energía». Hay quien replica que la energía que se pretende sustituir no pertenece a Bruselas, y que el objetivo real sería desintegrar Rusia para saquear sus recursos, no defender un modelo. En la misma línea se lee otra sospecha: que a la Comisión se le escapa el subconsciente sobre lo que otros socios esperan de Moscú.
No es una objeción menor, porque desplaza el eje del debate. Si la guerra es de valores, el coste es una contribución cívica. Si es una disputa por materias primas y rutas comerciales, el coste es una factura ajena. Todo el edificio argumental de Bruselas descansa sobre la primera lectura.
Quién decide en Bruselas y quién asume el sacrificio
Otra línea de crítica apunta al procedimiento. Se sostiene que la maquinaria comunitaria decide de forma unilateral y a espaldas de los ciudadanos entrar en un conflicto bélico y comercial, y que después pide sacrificios a la población como si esta fuera responsable de un desaguisado que habría generado un grupo reducido de lobbies. Hay quien añade el expediente húngaro: un socio sancionado y tildado de antidemocrático por ser fiel a su cultura, su tradición y su religión.
A esto se suman dos cifras que circulan con insistencia: los
300.000 euros anuales que se atribuyen a los altos cargos por esas tareas y un cómputo sobre la trayectoria de la propia presidenta —tres universidades y un solo título terminado, cuatro años de vida laboral— que se usa para medir la distancia con quien ahora pide apretarse el cinturón. Conviene tomarlo como lo que es: una comparación política, no un dato certificado.
Solidaridad, invierno y el aviso italiano
La palabra clave del curso es solidaridad. El equipo de la presidenta quería que todo girara en torno a ella, como clave del
éxito del último año y como mantra para la prueba de fe y unidad que tensará las costuras del continente en un otoño caliente y un invierno muy frío. La propia Comisión reconoce dudas en la ciudadanía, volatilidad y precios disparados.
Desde Italia llega una mezcla incómoda para todos: rechazo frontal a Von der Leyen y desconfianza hacia Giorgia Meloni, a la que se sitúa igualmente en la órbita del globalismo. El razonamiento es que da igual quién gane, porque el resultado sería el mismo. Es la variante más cínica de la desafección: no hay alternativa en la papeleta.
El discurso se cerró con un pronóstico ambicioso. Lo que no trae el guion es el termómetro de la paciencia ciudadana, que Bruselas sabe que se pondrá a prueba. Ahí se atasca el cálculo: nadie ha puesto cifra al sacrificio que el votante está dispuesto a asumir.