260.000 euros: un bajo de 78 m² en Leganés o una casa en Houston
¿Qué se compra con 260.000 euros en España? Un bajo exterior de 78 metros en Leganés, a 45 minutos del centro de Madrid si el tráfico lo permite. ¿Y en Estados Unidos? Una vivienda con terreno y embarcadero propio en los cayos de Florida, a un rato en coche de Miami, o una casa en el área metropolitana de Houston. El mismo dinero. La comparación, que circula por redes y foros de economía, ha reabierto el debate sobre si el precio de la vivienda española responde a la escasez real o a una decisión política.
El suelo como activo financiero, no como bien de consumo
El argumento central que recorre el debate es contable: en España se ha fusionado el valor del suelo, escaso por decisión política, con el de la estructura, que es un bien depreciable. Un piso de los años 60 debería valer menos cada año, no más. Pero ocurre lo contrario.
El ladrillo funciona como colateral del sistema bancario y como plan de pensiones de una generación, y eso lo mantiene inflado por todos los medios: restricción de suelo, tipos bajos y el mantra de que nunca baja.
El contraste con Japón es el que más se repite. Allí la casa se contabiliza como lo que es, una estructura que se deprecia. A los 20-25 años el valor de la edificación es prácticamente cero, solo queda el suelo, y por eso se derriba y se reconstruye. Como la vivienda no es vehículo de inversión, nadie tiene incentivo para restringir la construcción. Tokio, con 14 millones de habitantes, tiene vivienda más asequible que Madrid.
La demostración de que el modelo español no es inevitable ni natural.
Houston: sin zonificación, con IBI y con tornados
Texas es la anti-España en vivienda. Suelo abundante y barato, y en Houston apenas hay zonificación: si el precio sube, se construye más y el precio se corrige. El resultado son precios que rompen los esquemas del comprador español. Pero el paraíso tiene letra pequeña. El IBI puede rondar los 3.000 euros anuales en una ciudad importante, y en Estados Unidos ese impuesto financia la educación pública, mientras aquí se paga con el IRPF. A cambio, el IRPF es más bajo y no hay IVA del 21%, sino un impuesto a las ventas que en algunos estados no supera el 8% y en otros es cero.
Hay más pegas. Texas tiene tornados, y una casa prefabricada se vuela con el viento. El modelo urbano obliga a depender del coche para todo: se pasa más tiempo en el vehículo que en casa. Y el centro de las grandes ciudades americanas es carísimo, prohibitivo incluso para quien vende su casa en las afueras y quiere mudarse a un apartamento cercano a los servicios.
El sueño americano tiene su propio suelo caro.
Salarios, poder adquisitivo y la trampa de la comparación directa
El sueldo medio en Houston se sitúa entre 55.000 y 82.000 dólares anuales según fuente y sector; los ingenieros y profesionales de la salud superan los 87.000-123.000, y servicios y comercio minorista rondan los 42.000-50.000. En la Comunidad de Madrid el salario medio ronda los 32.200 euros brutos anuales, unos 2.760 euros mensuales. La brecha es real, pero también lo es el coste de la vida. Un cálculo que circula por el debate ajusta por paridad de poder adquisitivo:
260.000 euros en España equivaldrían a unos 150.000 en Estados Unidos. Con esa corrección, una pareja de profesionales que gane 90.000 euros en España estaría en 200.000 al otro lado del charco, y la casa de 300.000 dólares la pagaría «con la minga».
El problema de fondo, señalan algunas voces, no es solo el precio: es la concentración. Madrid y Barcelona absorben el empleo cualificado mientras el resto del país se vacía. La vivienda en los núcleos tensionados se convierte en un cuello de botella donde el suelo representa hasta el 90% del valor total del inmueble. El zulo ruinoso viene gratis; lo que se paga es la parcela debajo.
¿Qué se puede hacer? Del impuesto finalista al fin de la vivienda como inversión
Las propuestas que se manejan van desde lo fiscal hasta lo estructural. Una idea recurrente: meter una cuña en los tipos de interés con un impuesto anual equivalente al 2% cuya recaudación se destine solo a construir vivienda protegida. El argumento psicológico es que el comprador español, poco sofisticado financieramente, en cuanto ve tipos bajos considera que cualquier cosa es barata. Otra medida citada: limitar los plazos hipotecarios a 20 años. Con tipos a un sano 10%, una hipoteca de 500.000 euros no baja de 5.000 mensuales.
Ninguna de estas recetas toca el núcleo del asunto: mientras la vivienda sea un activo financiero y no un bien de consumo duradero, el incentivo para restringir la oferta seguirá ahí. Dejarlo caer a su valor real de uso destruiría balances bancarios y patrimonios familiares, así que se sostiene por todos los medios.
El pisito como religión nacional.
Al final, la pregunta no es si en Houston se vive mejor o peor. Es por qué el mismo dinero compra un bajo con toldo verde en Leganés o una casa con embarcadero en Florida. Y la respuesta, por incómoda, no es geográfica: es política.