«El vídeo de la gasolinera no existe»: la versión oficial pierde pie
En una grabación casera fechada el día 13 se ve la zona de vías donde apareció el cuerpo de Álvaro Prieto tal y como es: un vagón detenido bajo un puente, un muro que hay que salvar y ningún escenario parecido al que circularon los medios durante días. Esa grabación ha dejado sin suelo la versión que se difundió primero, la de un vídeo de una gasolinera en el que el chaval aparecía saltando desde un puente y cayendo entre dos vagones.
Ese vídeo no existe. Y el problema no es que no exista: es que se sostuvo durante días como si existiera.
Los tres argumentos que la policía pone ahora sobre la mesa son de una contundencia incómoda:
huellas dactilares de Álvaro Prieto, ascendentes, en las paredes entre vagones; el vagón que estaba bajo el puente era
diésel y no estaba conectado a corriente alguna; y la
distancia entre el puente y el techo del tren no cuadra con la caída descrita. Cambio de versión, sí. Con la gasolinera de por medio, también.
Las tres pruebas que desmontan la versión del vídeo
Huellas ascendentes. Es lo primero que chirría: marcas de agarre que suben, no que caen. Si alguien se descuelga de un puente y aterriza entre dos vagones, las manos no dejan rastro en el hueco de arriba abajo. Lo dejan donde uno se sujeta para trepar. Es el tipo de detalle que no se fabrica a posteriori.
A eso se suma la geometría del sitio. El tren no está justo debajo del puente, y la descripción del vídeo no concuerda con lo que se ve en la grabación de la zona. La cámara de la gasolinera, además, está en otro punto. Distancia, altura, ángulo: nada encaja con una caída limpia desde arriba. Y luego está el vagón: diésel, sin corriente, parado. Lo que lleva a la pregunta evidente sobre la causa de la muerte, y esa respuesta solo la puede dar el forense. A la fecha de esta discusión, no la había dado.
¿Cuánto tiempo guardan las cámaras de una gasolinera?
Aparace aquí un cálculo que desmonta el argumento de la grabación borrada por decreto: cuatro cámaras a 2K sobre un disco de
2 TB graban alrededor de
30 días. Hay instalaciones pequeñas, en cambio, con discos de
160 GB que retienen apenas
3 días. El tiempo de borrado depende del equipo, no de una norma universal: las
24, 36 o 48 horas que se repiten como justificación no son el estándar de nada.
Hay un segundo límite, este legal. Las cámaras de videovigilancia no pueden grabar la vía pública: toda la zona de calle que entre en el encuadre tiene que ir pixelada. Un instalador del sector lo resume con claridad: se ve, pero no se puede ver lo que se ve. Con esas reglas, la grabación de una gasolinera es un testigo mucho peor de lo que suena.
El acceso que se niega: entrar saltando un muro
Según se ha difundido públicamente,
Renfe habría ocultado que existe un acceso no controlado a la zona donde apareció el cuerpo, presuntamente para tapar las malas condiciones alrededor de las vías. Es una acusación, no un hecho probado, pero encaja con lo que muestra la grabación de la zona: cualquiera puede colarse en las vías a la altura de las cocheras de la estación. En situación de alerta 4.
Si el recinto fuera cerrado, la conversación sería otra. Si no lo es, la pregunta deja de ser cómo llegó ahí y pasa a ser por qué no estaba cerrado.
Cómo electrocuta la catenaria
La explicación técnica de una electrocución por catenaria es esta: quemazón grande en el punto de contacto —cabeza o una mano— y otra en la zona por donde sale la corriente, habitualmente los pies, porque el vagón metálico está conectado a masa y cierra el circuito. La intensidad de la quemadura depende del tiempo de contacto y de la tensión: no es lo mismo un tramo convencional de
3.000 voltios en continua que un
AVE a 25 kV en alterna.
Los cables que unen unos vagones con otros van aislados, y toda la electrotecnia accesible desde el exterior también. Lo único expuesto es la catenaria y el pantógrafo. Traducido: para electrocutarse hay que estirar el brazo hacia arriba o arrimarse donde no se debe. No basta con subirse a un vagón.
El cargador y la mentira por inercia
Hay un episodio menor que explica mejor que nada el clima del caso. Se sostiene que a la familia no se le facilitó un cargador para el móvil del chaval, y que quien se lo ofreció hizo lo que pudo. Nadie tiene obligación de tener todos los modelos de cargador del mercado. El reproche no es técnico, es de fondo:
¿tanto costaba decir la verdad? Y de fondo queda la duda de si la compañía ofreció algo o absolutamente nada.
Cuando una administración miente sobre lo pequeño, nadie le cree lo grande.
Lo que queda abierto
Con este material, hay quien pide detective y forense privados, hay quien plantea el suicidio como hipótesis —un chaval joven, sin causa clara— y hay quien sospecha directamente un montaje. Esta última no tiene ninguna prueba detrás, y conviene decirlo así.
Lo verificable ahora mismo es una lista de cosas que no cuadran: huellas que suben, un vagón diésel sin corriente, un vídeo que no aparece, un puente que no está donde se dijo y unas cámaras que graban menos de lo que se afirma. El vagón bajo el puente el jueves era diésel. Ahí no había nada capaz de matar a nadie por electrocución. Es el dato que descoloca.