Sánchez planta a la OTAN: no habrá 5% en defensa
La cifra cayó como una losa en el despacho oval de la Alianza Atlántica: España no va a subir su gasto militar al 5% del PIB. Lo confirmó el propio presidente del Gobierno en la cumbre, y el anuncio desató de inmediato una tormenta de reacciones que van del aplauso al sarcasmo. El argumento oficial es que el dinero público tiene otras prioridades —sanidad, vivienda, dependencia— y que un salto semejante en el presupuesto castrense es materialmente imposible sin desmantelar el Estado del bienestar. La negativa llega además en un momento delicado: con las cuentas públicas tensionadas, la coalición de gobierno en permanente equilibrio y una oposición que lleva meses exigiendo explicaciones por cada euro que se mueve.
El detalle que nadie esperaba es que la cifra del 5% no la cumple ni el propio Estados Unidos, que ronda el 3,5% con un déficit descomunal. Ese dato, repetido hasta la saciedad en los mentideros económicos, desmonta en parte la lógica del ultimátum. Para España, alcanzar un 3% ya supondría multiplicar por tres el gasto actual y abrir la puerta a programas de armamento que hoy ni se contemplan. El 5%, directamente, exigiría un ejército con capacidad espacial y una flota que no cabe en ningún presupuesto realista.
¿Por qué la OTAN pide un 5% que casi nadie cumple?
La exigencia del 5% no es nueva, pero sí su insistencia. El argumento aliado es que la amenaza rusa ha dejado de ser teórica y que Europa lleva décadas financiando su seguridad con el contribuyente americano. El problema es que la mayoría de los socios europeos están muy lejos de esa cifra, y algunos, como España, apenas superan el 1% del PIB. Hay quien sostiene que el 5% es una posición de partida negociadora, una forma de forzar que los rezagados se muevan al menos hasta el 3%. Otros creen que es una trampa: se pide lo imposible para luego culpar a los que no llegan.
En el fondo late una pregunta incómoda: ¿para qué quiere la OTAN ese dinero? ¿Para disuadir a Rusia, para financiar la industria armamentística americana o para repartir contratos entre los socios? La respuesta depende de a quién se pregunte, y ninguna versión convence del todo.
El coste real de subir el gasto militar en España
Los números que circulan en los análisis económicos son mareantes. Un 3% del PIB en defensa equivaldría a unos 50.000 millones de euros anuales, una cifra que supera el presupuesto de cualquier ministerio social. Con ese dinero se podrían financiar varios portaaviones, una flota de submarinos nucleares o un programa propio de armamento estratégico. El 5% directamente multiplicaría esa cifra hasta niveles que ningún gobierno español ha manejado jamás.
La pregunta que se hacen los analistas es de dónde saldría el dinero. Subir impuestos en un país con una presión fiscal creciente y un malestar social latente es políticamente suicida. Recortar otras partidas implicaría desmantelar servicios públicos que sostienen a millones de personas. Y endeudarse más en un contexto de tipos de interés elevados añadiría presión sobre unas cuentas ya de por sí frágiles.
El argumento del Estado del bienestar frente al gasto militar
El discurso oficial insiste en que cada euro que se destina a defensa es un euro que no va a sanidad, educación o pensiones. Es una simplificación, pero conecta con una parte del electorado que ve en el rearme una amenaza a su calidad de vida. La negativa al 5% se presenta así como una defensa de lo público frente a las exigencias de Washington.
Hay quien lee en esa negativa un cálculo electoral: con elecciones a la vista, plantar cara a la OTAN puede rentabilizarse en las urnas. Otros, en cambio, sospechan que se trata de una pose negociadora y que el gasto acabará subiendo por la vía silenciosa, sin anuncios ni titulares.
Las dudas sobre la cobertura real de la OTAN
Más allá del debate presupuestario, hay una pregunta que sobrevuela: ¿protege realmente la OTAN a España? La Alianza no garantiza la defensa de Ceuta, Melilla o Canarias en caso de conflicto, y algunos análisis apuntan a que Marruecos podría recibir apoyo militar de terceros países en un escenario de tensión. Esa incertidumbre alimenta la tesis de que España debería invertir en su propia defensa en lugar de financiar estructuras ajenas.
El problema es que ese argumento, llevado al extremo, conduce al aislamiento. Salir de la OTAN implicaría renunciar a la disuasión colectiva y asumir en solitario un coste que ningún país mediano puede permitirse.
El apodo que persigue a Sánchez desde Londres
El mote de «Don Teflón» no nació en España. Lo acuñó un medio británico para describir la capacidad del presidente de esquivar escándalos sin que nada se le pegue. La ironía es que ahora ese apodo se usa tanto para criticarlo como para reconocerle una habilidad política que nadie discute.
La negativa al 5% refuerza esa imagen: Sánchez sale de la cumbre sin ceder, sin romper con la OTAN y sin pagar el precio político de un rearme impopular. Si el truco funciona, habrá que reconocerle el mérito. Si no, el tiempo dirá si el teflón aguanta.