Las fronteras de Ucrania: el reparto soviético
¿Cuántas de las fronteras de Ucrania existían antes de que alguien las dibujara sobre un mapa? Casi ninguna, sostiene la lectura histórica más dura. La primera declaración de independencia ucraniana es de
1917, pero el trazado que hoy defiende Kiev lo cerró la URSS después de la Segunda Guerra Mundial, incorporando territorios arrebatados a Polonia y a Hungría.
De ahí la pregunta incómoda: si el Estado nació de un dibujo administrativo soviético, ¿cuál sería su frontera
real? El criterio étnico, el histórico y el que impone la correlación de fuerzas no coinciden entre sí.
De dónde salen las fronteras actuales de Ucrania
El punto de partida del análisis es el reparto de posguerra. Tras la Segunda Guerra Mundial, la URSS anexionó territorios de Polonia, Hungría y otros vecinos y los recolocó dentro de la república soviética ucraniana. Podía haberles dado un estatus independiente o devolverlos. No lo hizo. Los sumó a Ucrania y ahí siguen.
Ese es el argumento central de quienes califican el Estado de artificial: no conquistó esas tierras como sujeto soberano, se las encontró dentro de una estructura superior que las administró a su conveniencia. El término que se usa es «artificial» en el sentido de arbitrario, no de imposible.
El contraste que se pone encima de la mesa es Francia, donde fue el propio Estado el que se expandió, o España, cuyo germen fue un condado que acabó devorando medio mapa. Una tesis marginal va más lejos y propone repartir el territorio entre los vecinos, lo que da la medida exacta del tono de una parte de la conversación.
¿Existía Ucrania antes de la URSS?
Sí, como proyecto político y como guerra. La primera declaración de independencia es de
1917, aprovechando el desmoronamiento del orden imperial ruso. Entre 1917 y 1921 hubo un conflicto abierto con los soviets por mantenerla en pie. No salió bien.
Antes de eso, el territorio occidental había pasado por manos polacas y lituanas.
Leópolis y su entorno estuvieron bajo control polaco durante un periodo, aunque delimitar qué correspondía a quién en aquel caos es un
rompecabezas: Polonia no existió como nación durante 200 años, hasta el final de la Primera Guerra Mundial, y su reconstrucción fue un proceso confuso de líneas provisionales.
La conclusión que se extrae es la de casi siempre: el mapa de 1919 no aclara el de hoy, pero desmiente que el Estado ucraniano sea una hoja en blanco.
El nacionalismo ucraniano no nació en Berlín
La tesis de que fue un invento alemán se sostiene mal. Lo que hay es un fenómeno de finales del siglo XIX y principios del XX, en paralelo a los procesos de unificación alemana e italiana y a la construcción de naciones en los Balcanes. La declaración de independencia de 1917 sugiere que la idea funcionaba sin padrino exterior.
Hay quien sitúa el impulso en Viena más que en Berlín, apoyándose en el testimonio de un ucraniano exiliado en Rusia que denunciaba ese origen austrohúngaro. Es una atribución, no un dato cerrado, y así conviene leerla.
Sobre el Rus de Kiev, conviene precisión: el término lo acuñó la historiografía rusa del siglo XIX para etiquetar aquella confederación de ciudades y principados de la casa de Rurik. Usarlo como certificado de nacimiento de la nación ucraniana es
presentismo puro. La diferenciación entre rusos y ucranianos se cocina después, con el declive de la ruta comercial de los varegos a los griegos, la derrota de
Manzikert en 1071, las disputas entre príncipes y la presión de pechenegos y cumanos en la estepa.
Las tres Ucranias que nadie quiere mirar
Como país independiente, el territorio se divide en al menos tres bloques. El oeste, bastión del nacionalismo más duro y del ucraniano como lengua, prooccidental y hostil a Rusia. El sur y el este, rusófonos y prorrusos, dispuestos a mirar hacia Moscú según sople el viento. Y un centro donde cabe todo.
Sobre esa fractura se ha propuesto un estatus neutral, al estilo finlandés o austriaco, que convirtiera al país en puente entre la UE y Rusia. Ambos modelos citados se beneficiaron de esa posición. La alternativa —que una mitad imponga su criterio a la otra— es la receta del conflicto permanente.
Algunos análisis describen un Estado binacional, comparable a la extinta Checoslovaquia, donde la distancia entre rusos y ucranianos sería equiparable a la que separa a serbios y croatas, con la diferencia de que aquí el elemento diferenciador no es la religión sino construcciones más recientes. Otros recuerdan que Argentina y Brasil tienen menos historia estatal que algunas regiones y nadie les discute el mapa.
La OTAN, Cuba y los acuerdos de Minsk
Entra aquí el argumento geopolítico. Una parte sostiene que la OTAN debía haberse disuelto en
1992, cuando desapareció su rival, y que su expansión hacia el este explica la reacción rusa. La otra responde con el precedente de Cuba: Estados Unidos toleró durante décadas la alianza soviética en la isla y solo se puso serio cuando aparecieron misiles nucleares. La diferencia de intensidad, dicen, es evidente.
En el terreno factual, tras el acuerdo firmado en
2015 el conflicto del Donbass se mantuvo en baja intensidad, con escaramuzas y la gran mayoría de las víctimas concentradas en 2014 y 2015, según los datos internacionales que se manejan. Para esta parte, ese matiz desmonta el relato de un bombardeo continuo durante ocho años.
Al final, la pregunta sobre las fronteras reales de Ucrania se responde sola, dicen algunos: serán las que aguanten. Lo llamativo es que, con tantos mapas, tantos siglos y tantos tratados, nadie haya encontrado todavía uno que deje tranquilo a todo el mundo.