El derecho internacional no existe: solo manda quien puede imponerlo
Donald Trump no inventó nada al decir que no necesita el derecho internacional. Solo tuvo la desfachatez de decirlo en voz alta, sin el barniz diplomático con el que Washington ha envuelto durante décadas el mismo ejercicio de fuerza. La frase —«no necesito el derecho internacional»— funciona como un certificado de defunción: el orden basado en normas compartidas lleva tiempo mutando hacia un orden de decisiones unilaterales respaldadas por la amenaza de la fuerza. Lo llamativo no es que él lo diga. Lo llamativo es que a estas alturas casi nadie discute que sea verdad.
La ley del más fuerte, de Tucídides a la Casa Blanca
El derecho nacional existe porque detrás hay un Estado que mete en la cárcel a quien no lo cumple. En el plano internacional la pregunta cambia de raíz: ¿quién impone las reglas por la fuerza? Durante décadas la respuesta fue Estados Unidos, con la ONU y sus tribunales como intermediarios que disfrazaban el ejercicio puro de poder. La referencia clásica no ha envejecido: en el diálogo de los melios, Tucídides ponía en boca de los atenienses aquello de que «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben». Veinticinco siglos después, la lógica sigue intacta. Un sistema normativo sin alguien capaz y dispuesto a castigar el incumplimiento, sostiene esta corriente de análisis, es atrezzo, no derecho.
De las palabras a los aranceles: Groenlandia, Ormuz y los cárteles
El discurso se traduce en hechos a velocidad de vértigo. Trump ha amenazado con nuevos aranceles a los países que no acepten su ambición de anexionar Groenlandia, alegando que la necesita «para la seguridad nacional». También ha anunciado el restablecimiento de un bloqueo naval contra Irán bajo la proclama de que el estrecho de Ormuz «permanecerá abierto al mundo, con Irán o sin Irán», con Washington erigiéndose en guardián del paso. El detalle geográfico importa: el estrecho se estrecha hasta 21 millas náuticas (39 kilómetros), repartidas en 10,5 millas de aguas territoriales iraníes y otras 10,5 de Omán. Quien controla ese cuello de botella controla una parte del petróleo del planeta.
Quién paga la factura en Europa
Para Europa la factura no es teórica. Los Veintisiete compran el gas hasta cuatro veces más caro tras renunciar al suministro que llegaba por el Nord Stream, y lo hacen, según esta lectura, siguiendo las directrices de Washington. La Unión se descubre sin margen de reacción en plena reorganización del tablero. Hay quien sostiene que la tormenta es una oportunidad —nuevas reglas del juego, comercio fuera de los canales tradicionales en dólares— y quien responde que una relación de subordinación no se rompe con buenos propósitos ni con comunicados.
El precedente que se vuelve contra quien lo lanza
El problema del precedente es que no distingue de bandos. Si el derecho internacional es una ficción que cada potencia invoca a conveniencia, el siguiente en usarla será quien tenga menos escrúpulos y más fuerza. La dependencia occidental de los semiconductores taiwaneses aparece en el horizonte como el recordatorio incómodo: quien desmonta las reglas suele ser el primero en necesitarlas cuando el equilibrio cambia. El precedente, aquí, se cobra su peaje a plazos.
Mientras tanto, el mercado ya ha sacado su conclusión. Cada bandazo del humor presidencial mueve los futuros del petróleo, y hay quien se forra con cada giro. El derecho internacional quizá no exista, pero la especulación que genera su ausencia cotiza al alza todos los días.