Aranceles de Trump: el campo español, en el punto de mira
Un importador español compra un producto en Estados Unidos por 1.091 euros. El envío le cuesta 70 más. Al llegar a la aduana, paga 364 euros entre IVA y aranceles. Total: 1.525 euros por algo que en origen cuesta 1.161. Ese 30% de sobrecoste es el mismo mecanismo que ahora se activa en sentido contrario con la amenaza arancelaria de Donald Trump sobre el campo español. La discusión no es si el presidente estadounidense aprieta: es a quién le duele de verdad y quién lleva décadas apretando primero.
Qué ha dicho Trump y qué responde la UE
La amenaza arancelaria de Washington sobre productos agrícolas europeos ha reabierto un frente que llevaba años latente. La respuesta de Bruselas, según el material disponible, pasa por redirigir importaciones desde Marruecos, Sudamérica y Tailandia. Es decir: menos producto estadounidense, más producto de terceros países. El problema es que ese intercambio no beneficia necesariamente al agricultor español, que compite en el mismo mercado con esos mismos orígenes.
Peter Navarro, asesor comercial de la Casa Blanca, puso el foco en el IVA europeo. Según el informe de la secretaria general de los agricultores europeos, Elli Tsiforou, Navarro considera que «la política de IVA se considera una subvención a la exportación». Esa lectura, país por país, rebaja la presión sobre España: a diferencia de Alemania, España tiene déficit comercial con Estados Unidos, superior a los 10.000 millones tras exportar por valor de 18.179 millones. Menos exposición, menos daño directo.
¿Cuánto exporta realmente España a Estados Unidos?
Casi nada. Salvo vino, no hay gran producción agrícola española que vaya a Estados Unidos, y el aceite de oliva lleva décadas sin colarse en ese mercado por razones que se explican mejor viendo
El Padrino II que un tratado comercial. Las exportaciones agrícolas españolas a EE.UU. son cercanas a cero desde siempre. El daño real, si llega, será indirecto: menos ventas de los pocos productos que sí llegaban, y un mercado global más tensionado.
Quien sostiene que esto es un ataque directo al campo español se equivoca de enemigo. El 95% de la producción agrícola española exportada va a la UE, y ahí operan la PAC, las cuotas lácteas, las cuotas pesqueras y la burocracia comunitaria. Llevan cuarenta años dando al agricultor por esa vía. El arancel de Trump es un ruido nuevo sobre un problema viejo.
El enemigo está dentro: PAC, Mercosur y competencia marroquí
Hay quien sostiene que el verdadero riesgo para el campo español no viene de Washington, sino de Bruselas y del sur. La política agraria europea, Mercosur y la libre entrada de productos sin las mismas garantías sanitarias son los factores que llevan décadas reventando la rentabilidad del sector primario. España vende en la UE, no en Estados Unidos. Y en la UE compite con Marruecos, con Sudamérica y con el Este europeo.
El argumento se repite con variantes: los productos marroquíes sustituyen a los españoles en el mercado comunitario e incluso dentro de España, mientras la producción polaca riega sus campos con lo que cada uno quiera imaginar. La conclusión que se extrae es incómoda: si el campo español se hunde, no será por un tuit de Trump.
Qué pasaría si el producto se queda en casa
Si las exportaciones caen y la capacidad productiva se mantiene, habrá más producto para el mercado interno. Más oferta, precios a la baja. El consumidor español comería más barato y con producto de proximidad. Es el escenario que algunos consideran deseable: kilómetro cero, autosuficiencia, menos dependencia de que un extranjero se enfade y deje de comprar.
El problema es que ese razonamiento ignora la sobreoferta. Si produces más patatas de las que consumes, el precio cae, el negocio deja de ser rentable y solo quedan dos salidas: destruir producción o vender fuera. La autosuficiencia suena bien hasta que hay que explicar qué se hace con el excedente.
El cálculo que descoloca
La discusión de fondo no es Trump. Es que la economía española dependa de sacar algo a los extranjeros para existir. Si un día el comprador se enfada y no compra, ¿qué queda? Esa pregunta no la responde ningún arancel. Y mientras tanto, el importador español sigue pagando su 30% en aduana por un producto que en origen cuesta 1.161 euros.