Trump se inventa la tabla de aranceles: Japón 46%, Taiwán 64%
¿De dónde salen los porcentajes que la Casa Blanca atribuye a cada país? No de los aranceles reales. Japón aplica a EEUU un tipo medio del 3,2%, según los datos que se manejan; la tabla de Trump le cuelga un 46%. Taiwán, con un 6,5% de media para naciones más favorecidas, aparece con un 64%. La Unión Europea, con un 10,89% ponderado, también sale retratada con cifras que no resisten la comparación. La conclusión es incómoda: la tabla no mide aranceles, mide otra cosa.
El truco del déficit comercial convertido en arancel
La fórmula que se ha reconstruido a partir de los datos de comercio no tiene nada que ver con los tipos que cada país aplica a los productos estadounidenses. Lo que se ha hecho es tomar el déficit comercial bilateral, dividirlo entre las importaciones y aplicar el resultado como si fuera un arancel recíproco. Cuando la cifra salía negativa o por debajo del 10%, se le cascaba un 10% mínimo. Una regla simple, casi de hoja de cálculo, que convierte un saldo comercial en un impuesto.
El resultado es una tabla que mezcla peras con manzanas. Hay casos donde el tipo máximo que se aplica a productos concretos —tabaco, whisky, vehículos— se ha colado como si fuera el tipo general del país. De ahí que Japón aparezca con un 46% cuando su media real ronda el 3,2%, o que Taiwán salte al 64% con una media del 6,5%. La diferencia entre una cifra y otra no es un matiz técnico: es la diferencia entre una política comercial y un relato.
Qué se esconde detrás del 10% universal
El suelo del 10% para todos los países, incluso aquellos con los que EEUU tiene superávit o un déficit mínimo, convierte la medida en algo más parecido a una subida generalizada de impuestos que a una represalia selectiva. Los cálculos que se han compartido en el análisis apuntan a que el déficit comercial estadounidense, en torno a los 2 billones de dólares y creciendo, no se cubre ni de lejos con la recaudación arancelaria. El valor bruto de las importaciones no da para tanto.
Hay quien sostiene que el objetivo real no es recaudar, sino forzar una reindustrialización por sustitución de importaciones. El problema es que ese esquema es contradictorio: si se sustituyen importaciones, se importa menos, y si se importa menos, se recauda menos por arancel. La ecuación no cierra por ningún lado. El argumento de que la economía crecerá lo suficiente para compensar choca con la aritmética básica del presupuesto federal.
La respuesta de los mercados y el riesgo de recesión
Las estimaciones que circulan entre las principales casas de análisis han movido el riesgo de recesión global en EEUU desde el 40% hasta el 60% en cuestión de días. No es una predicción catastrofista: es el ajuste de un escenario que hasta hace poco se consideraba improbable. Los aranceles encarecen los inputs, presionan los márgenes y trasladan costes al consumidor final. La inflación, que ya venía alta, tiene un nuevo combustible.
El efecto sobre los países afectados es asimétrico. Para algunos, como Vietnam o India, el golpe es directo sobre sectores exportadores intensivos en mano de obra. Para la UE, el impacto es más difuso pero real, especialmente en automoción, maquinaria y agroalimentación. Y para EEUU, el coste se reparte entre empresas que ven encarecerse sus cadenas de suministro y consumidores que pagan más por lo mismo.
El pulso político: proteccionismo, secta y doble rasero
La defensa de la medida se apoya en un argumento viejo: el proteccionismo como herramienta de negociación. Se dice que los aranceles son la forma de obligar a otros a bajar los suyos, y que el dolor temporal merece la pena. El problema es que ese argumento exige ignorar que la UE ya aplica tipos medios muy inferiores a los que se le atribuyen, y que la tabla publicada no distingue entre un arancel real y un déficit comercial.
La discusión deriva a menudo hacia el terreno de las etiquetas: unos acusan a otros de defender a Trump por afinidad ideológica, y los acusados responden que los críticos son los mismos que aplaudían otras políticas intervencionistas. El resultado es un intercambio donde los datos importan menos que la trinchera. Mientras tanto, la pregunta de fondo sigue sin respuesta: si el objetivo era presionar para reducir aranceles, ¿por qué la tabla incluye cifras que no son aranceles?
La tabla se sostiene sobre una fórmula que convierte déficits en impuestos. Los países afectados ya han empezado a calcular su respuesta. Y en EEUU, los que aplauden la medida tendrán que explicar por qué llaman arancel a lo que en realidad es un saldo comercial con otro nombre.