Trump redobla la presión sobre Irán y el pulso se traslada al estrecho de Ormuz
Donald Trump ha vuelto a sacudir el tablero con un mensaje dirigido a Irán en el que anuncia un «Día de la Central Eléctrica y el Día del Puente» y exige abrir el estrecho de Ormuz bajo la amenaza de que, de lo contrario, el país vivirá «en el infierno». La retórica es extrema, pero no es nueva. Quienes siguen este tipo de pulsos recuerdan que el expresidente ya utilizó un lenguaje incendiario con Corea del Norte en 2017 —«fuego y furia», «Rocket Man»— y que aquello terminó con la primera cumbre entre un presidente de Estados Unidos y un líder norcoreano en 2018. El mismo guion se repitió con Venezuela: designación de Maduro como líder de una organización terrorista, recompensa de 50 millones de dólares y, finalmente, una operación militar que lo capturó el 3 de enero de 2026.
La pregunta que sobrevuela el análisis es si ese manual funciona con Teherán. El régimen iraní no es Corea del Norte ni Venezuela. Tiene 90 millones de habitantes, una capacidad militar convencional y una red de aliados regionales que multiplican el coste de cualquier aventura. La presión máxima puede doblegar a un líder aislado, pero también puede cerrar filas alrededor de un régimen que lleva cuatro décadas preparándose para un escenario así.
¿Qué se juega Irán si no cede?
El mensaje de Trump no es una declaración aislada. Forma parte de una estrategia de coerción que combina amenazas económicas, despliegue militar y ultimátums públicos. En el caso iraní, el objetivo declarado es impedir que Teherán cierre el estrecho de Ormuz, la principal vía de salida del petróleo del Golfo. Si Irán bloquea ese paso, el precio del crudo se dispara y la economía global entra en territorio desconocido.
Hay quien sostiene que la única forma de negociar con regímenes que financian el terrorismo es la amenaza creíble y desproporcionada. El argumento se apoya en dos precedentes que el propio Trump exhibe: Corea del Norte y Venezuela. En ambos casos, la presión máxima —económica, militar y personal— precedió a un cambio de comportamiento. Kim Jong Un dejó de lanzar misiles y se sentó a negociar. Maduro acabó detenido y trasladado a Nueva York.
El cálculo más optimista asume que Irán, ante la perspectiva de ver destruidas sus infraestructuras energéticas y de comunicaciones, optará por ceder. El escenario pesimista parte de una premisa distinta: que un régimen teocrático con 90 millones de habitantes y una guerra de ocho años contra Irak en su memoria —con un millón de muertos— no se pliega ante amenazas, sino que se atrinchera.
El petróleo como telón de fondo
Detrás de la retórica, hay una cuestión económica de primer orden. Irán es uno de los mayores productores de crudo del mundo y controla el estrecho de Ormuz, por donde transita una parte sustancial del petróleo que consume Europa y Asia. Cualquier interrupción de ese flujo tiene consecuencias inmediatas en los precios.
En el análisis que circula estos días se apunta a que un cierre prolongado del estrecho podría llevar el barril a los 170 dólares y forzar el fin del conflicto por agotamiento económico. Es una predicción, no un hecho consumado, pero da la medida de la magnitud del pulso.
La otra derivada económica es menos visible y más profunda. Si los países compradores de petróleo aceleran la sustitución del dólar en las transacciones energéticas, el impacto sobre la financiación de la deuda estadounidense podría ser significativo. Es un argumento que se repite en los análisis más críticos con la estrategia de Washington: cada amenaza militar contra un productor de crudo empuja a los compradores a buscar alternativas al billete verde.
El precedente que nadie quiere repetir
La comparación con Corea del Norte es inevitable, pero engañosa. En 2017, Kim Jong Un era el líder de un país empobrecido, aislado y sin capacidad de represalia convencional más allá de su arsenal nuclear. Irán, en cambio, tiene una población de 90 millones de personas, una industria militar propia y una red de aliados en Líbano, Siria, Irak y Yemen que pueden abrir frentes simultáneos.
La guerra entre Irán e Irak en los años ochenta dejó un millón de muertos iraníes. Ese dato, que se repite en los análisis, no es una curiosidad histórica: explica por qué Teherán no se pliega ante amenazas. Un régimen que resistió ocho años de guerra con un país armado por Estados Unidos no va a rendirse ante un ultimátum.
La pregunta que sobrevuela el análisis es qué ocurre si la presión no funciona. Si Irán no cede, Trump tendrá que decidir si cumple sus amenazas o si se queda en la retórica. La primera opción implica una guerra abierta con consecuencias imprevisibles. La segunda debilita su credibilidad para futuros pulsos.
Lo que está en juego para Europa
Europa observa el pulso con preocupación. El Viejo Continente depende del petróleo que sale del Golfo y cualquier escalada tiene un coste inmediato en los precios de la energía. Los vuelos de verano ya están en el aire: algunas aerolíneas han advertido de que un conflicto prolongado en Irán podría afectar a las rutas europeas.
La posición europea es incómoda. Por un lado, comparte con Washington el objetivo de impedir que Irán cierre el estrecho. Por otro, no tiene capacidad militar para intervenir y depende de la diplomacia para influir en el resultado. El margen de maniobra es estrecho.
En este contexto, la estrategia de Trump se enfrenta a un dilema clásico: la presión máxima puede funcionar con regímenes aislados, pero también puede desencadenar una escalada que nadie controla. El precedente de Corea del Norte acabó en cumbre. El de Venezuela, en captura. El de Irán está por escribir.
Si la historia sirve de guía, Trump tiene dos precedentes a favor. Si la geografía y la demografía mandan, Irán no es Corea del Norte ni Venezuela. El pulso por el estrecho de Ormuz no se resolverá en un tuit, pero la presión ya está en marcha. Lo que ocurra en las próximas semanas determinará si el manual de la coerción funciona una vez más o si se estrella contra un régimen que lleva cuatro décadas preparándose para este momento.