El vídeo de la abuela cubana de 87 años en Mercadona
Una mujer de
87 años recién llegada de Cuba recorre un Mercadona y mira las estanterías. El vídeo ha servido para algo más que para emocionar: ha reabierto la discusión sobre la inmigración, sobre el coste de los servicios públicos y sobre quién paga la factura. El vídeo llegó al foro acompañado de un comentario que presentaba el supermercado con retintín como
lo más soviético que hay en España.
Qué muestra el vídeo de la abuela cubana en Mercadona
La escena es elemental. Una anciana entra en un supermercado con surtido amplio, precios a la vista y frutería llena. Para una parte de la audiencia eso es la prueba de que la abundancia europea sigue siendo el mayor espectáculo del mundo. Para otra, es una pieza de marketing emocional con abuela incorporada.
Hay quien ha puesto el contrapunto doméstico: llevar a esa misma mujer al mismo establecimiento un sábado a última hora, con los huecos en frutería y frescos, habría producido una reacción bastante menos épica. Se habría sentido, dicen, como en casa. La anécdota resume la trampa del vídeo: enseña lo que hay, no lo que cuesta.
El coste de traer a la abuela: sanidad y servicios
Aquí el tono cambia. Una corriente sostiene que el reencuentro familiar tiene una factura que no paga la familia: consultas de atención primaria, patologías crónicas, dependencia. El argumento se formula así: quien consigue arraigo trae después a los padres, y con ellos llega la carga sanitaria.
Enfrente, el foco se desplaza al mercado laboral: un paro juvenil que, según un mensaje del hilo, se mueve entre el
30% y el 40%. La etiqueta que se repite es
efecto llamada.
¿Es publicidad encubierta de Mercadona?
No hay ninguna prueba de que lo sea, y conviene decirlo antes de seguir. Pero la sospecha tiene un soporte concreto: varios vídeos de estructura idéntica, con ancianas cubanas y el mismo establecimiento como escenario, difundidos en fechas próximas, según un participante del hilo. La coincidencia de patrón —abuela, supermercado, lágrima— es lo que ha llevado a sospechar de una promoción pagada.
La pregunta implícita es cuánto se paga por ese contenido y quién lo paga. Nadie ha aportado una cifra ni un contrato, solo la repetición del formato. En una época en la que el vídeo vertical es el mejor escaparate comercial que existe, la duda no es descabellada. Sigue siendo una duda.
España no es Cuba, pero tampoco Alemania
El vídeo funciona porque toca una fibra incómoda: la sensación de que el país se está empobreciendo por dentro mientras presume de escaparate. Hay quien recuerda episodios recientes —cortes de suministro, colas de reparto de alimentos— para sostener que la distancia con Europa se acorta por el lado malo.
La réplica llega rápido en el hilo: apagones masivos ha habido en países nórdicos y el más grave que se recuerda fue en Italia, y sostiene que imágenes de vulnerabilidad se pueden extraer de cualquier país del entorno. La conclusión más repetida: en términos generales, España sigue siendo Europa occidental. El matiz que descoloca es otro. No se discute si somos distintos, sino si nos estamos volviendo más parecidos a los que están peor.
Del pasillo a 1898: el giro colonial de la discusión
Como suele ocurrir, el asunto derivó. De la compra semanal se saltó a la guerra de 1898. Un participante sostiene que la mayor parte de la población cubana permaneció leal a España y combatió por ella, y que el independentismo era una minoría dirigida por extranjeros —un general dominicano, un militar de origen polaco— o por líderes como Antonio Maceo. La respuesta no se hizo esperar: enlaces a entrevistas del general Valeriano Weyler en la prensa de
1916 y 1917 depositadas en la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional, para matizar esa lectura. Puerto Rico, se añade, no tuvo rebeldes.
El salto siguiente fue demográfico. Se comparan censos: en torno a un millón de personas en Norteamérica en 1492 al norte del actual México, frente a los
12 millones que se atribuyen al imperio inca. Y se señala que hoy hay más población indígena registrada que nunca: los sioux pasaron de unos 10.000 individuos a mediados del siglo XIX a 28.000 a finales y más de 130.000 en la actualidad, con entre tres y seis millones de nativos registrados en total.
La ironía de la emigración española
Hay un contrapunto que desactiva buena parte del argumento anterior. España también exporta gente: alrededor de
4,5 millones de españoles residen en Francia, Alemania, Países Bajos, Bélgica o Suiza, según la cifra que se cita. Las remesas no son un fenómeno de un solo sentido.
Ese dato incomoda en las dos orillas. A quienes ven en cada llegada una amenaza, porque obliga a explicar por qué un español en Suiza es un expatriado y un cubano en Madrid es otra cosa. Y a quienes idealizan la movilidad, porque la emigración propia también responde a salarios y a falta de oportunidades.
Un último detalle, casi doméstico, cierra el círculo: una abuela de 87 años viaja de Cuba a España y compra
cebollas de Sudáfrica mientras un forero no puede entrar en Madrid con su coche por las restricciones de emisiones. La globalización funciona. Lo que falla es el relato con el que cada uno la explica.