Tófet: los reyes de Judá que quemaron a sus hijos
La Biblia hebrea acusa a dos reyes de Judá, Acaz y Manasés, de haber hecho pasar a sus propios hijos por el fuego. No es una nota al margen: el episodio aparece en Reyes y en Crónicas, dos veces cada uno. La pregunta que sigue sin cerrarse es si esos versículos describen una práctica ritual real en el antiguo Israel y Judá o una acusación interesada, redactada siglos después por reformadores religiosos. La controversia se reaviva cada vez que el Levante entra en crisis; en 2026, con el conflicto entre israelíes y palestinos como telón de fondo, los materiales de la Edad del Hierro se usan y se abusan desde trincheras opuestas, casi siempre sin respaldo documental.
Qué dicen los textos bíblicos sobre el sacrificio de niños
El segundo libro de Reyes atribuye a Acaz haber seguido «el camino de los reyes de Israel» e «incluso hecho pasar por el fuego a su hijo, según las abominaciones de las naciones». El segundo libro de Crónicas endurece la escena: «Quemó incienso en el valle de Ben-Hinón y quemó a sus hijos en el fuego». Con Manasés ocurre lo mismo en ambos relatos. La lista no acaba ahí: el segundo libro de Isaías también condena de forma explícita esa clase de ritos.
La clave está en cuándo se escribió cada cosa. Buena parte de las fuentes conservadas pertenecen al final de la monarquía y al período posterior al exilio babilónico, cuando las reformas atribuidas a Isaías y a Josías impusieron un paradigma religioso nuevo y barrieron los restos de politeísmo. En ese proceso, el rito del fuego pudo funcionar como espejo del adversario: se atribuye al otro lo que se quiere extirpar en casa.
El Tófet de Cartago y el problema de las fuentes hostiles
Diodoro Sículo dejó por escrito los sacrificios de niños en Cartago durante el asedio de Agatocles de Siracusa, hacia el 310 a.C., y durante la campaña de Himilcón en Sicilia, hacia el 406 a.C. Su texto es de finales del siglo I a.C., escrito siglos después de los hechos, y forma parte de la tradición griega hostil a los púnicos. El Cronos que menciona era, en realidad, el dios púnico Baal.
Durante décadas la versión oficial sostuvo que los tofets eran cementerios de alta mortalidad infantil, pese a las inscripciones votivas que acompañan a muchas tumbas. El dato que descoloca el relato blando: se documentan once yacimientos púnicos con tofets además del de Cartago, y los restos óseos carbonizados han pasado por laboratorios independientes europeos. Griegos, romanos y hebreos coinciden en la acusación, y no es habitual que tres culturas distintas inventen lo mismo sobre un tercero. Eso no convierte la acusación en prueba, pero complica descartarla.
De Ben-Hinón a la palabra infierno
El valle de Ben-Hinón es un barranco real, situado al sur y suroeste de la antigua Jerusalén y conocido hoy como Wadi er-Rababi. Allí se situaron los rituales de fuego atribuidos a los reyes de Judá, con ofrendas al dios Moloc. El lugar quedó maldito y acabó convertido en el gran vertedero de la ciudad, con combustión permanente. De ese paisaje —fuego que no se apaga, cadáveres y basura— nació la Gehena, la palabra que el hebreo convirtió en el símbolo principal del infierno en la tradición bíblica. Pocas metáforas religiosas tienen un solar tan concreto.
¿Eran los israelitas cananeos?
La arqueología, la lingüística y la genética modernas apuntan a que los antiguos israelíes no fueron invasores venidos de fuera, sino un subgrupo autóctono de cananeos que evolucionó en las tierras altas del Levante durante la transición del Bronce al Hierro, hacia el 1200 a.C. El hebreo antiguo es un dialecto de la familia cananea, emparentado con el moabita, el edomita, el fenicio y el ugarítico. Un hebreo y un fenicio se entendían; un hebreo y un hitita, no.
En contra pesa el argumento de los yacimientos. Tel Hazor, el mayor de la Edad del Bronce en la zona, lleva sesenta años excavado por el organismo israelí de antigüedades y presenta niveles de destrucción violenta por incendio datados en el Bronce Final. Para unos, eso confirma la conquista descrita en el libro de Josué. Para otros, incluido Finkelstein, refleja una rebelión interna y el relato bíblico es un mito fundacional elaborado tarde. Está sobre la mesa, además, la hipótesis de una élite sacerdotal con nombres de origen egipcio concentrada en el estamento levítico.
El análisis se atasca justo aquí. La arqueología de Judá no ha entregado un equivalente al tofet cartaginés: urnas, inscripciones votivas y un campo de enterramientos que cierre el caso. Quien sostiene que hubo sacrificio ritual en Judá se apoya en el texto y en el paralelo púnico. Quien lo niega se apoya en la ausencia de suelo y en la fecha tardía de la redacción. Y el salto desde estos materiales al conflicto del Levante de 2026, que se hace en las dos direcciones, no tiene ninguna base en las fuentes citadas.