Descastellanizar el Reino de Valencia: el plan imposible
Una idea recorre la blogosfera valenciana: imponer el valenciano por ley y expulsar a quien no lo hable. La propuesta, lanzada desde los márgenes de internet, carga contra la presencia de castellanohablantes y de migrantes, a los que se acusa de diluir la identidad propia. No tiene recorrido institucional, pero su sola existencia dice más de la fractura identitaria de la Comunitat Valenciana de lo que admiten los partidos.
El argumentario se apoya en la historia, aunque la historia se presta a lecturas encontradas. Se invoca la repoblación del antiguo Reino de Valencia con aragoneses y occitanos tras la expulsión de la población musulmana; se cita el Compromiso de Caspe de 1412 para demostrar que el castellano ya era lengua de la Corona de Aragón; se recuerda que los Decretos de Nueva Planta de 1707 fulminaron el ordenamiento jurídico valenciano. Frente a eso, otros responden que la cooficialidad del valenciano lleva 48 años garantizada por la Constitución de 1978 y que pocos países europeos igualan el nivel de descentralización lingüística de España.
La sombra del pancatalanismo
Bajo la superficie late una sospecha recurrente: que el valencianismo anticastellano es, en realidad, la avanzadilla del pancatalanismo. El término Països Catalans enciende a quienes consideran que Valencia es una nación distinta, con una lengua propia que no debe subordinarse a la académica catalana. El pulso entre valencianistas y catalanistas contamina cualquier intento de análisis objetivo. Lo que en Cataluña fue un proyecto nacional con base social homogénea, en Valencia se fragmenta en lealtades cruzadas.
El nacionalismo que no mueve elecciones
El debate identitario choca con la realidad política. En Valencia mandan el PP y Vox, formaciones hostiles al nacionalismo periférico. El valencianismo político, ya sea anticastellano o pancatalanista, no logra traducir su discurso en votos; el presidente de la Generalitat sale de las listas estatales, no de candidaturas soberanistas. Algunos intervinientes lo resumen sin ambages: el nacionalismo valenciano es un fenómeno testimonial, cuando no un simple cebo para provocar al contrario.
El ruido de fondo de la demografía
A los argumentos históricos se sumó un lastre de difícil digestión: comentarios con una fuerte carga xenófoba dirigidos a la población migrante y a minorías étnicas. El tono descalificador salpicó un debate que ya de por sí cojeaba y convirtió la supuesta defensa de la lengua en una trinchera excluyente. Queda claro que, para una parte de los intervinientes, la cuestión identitaria es una pantalla para expresar el rechazo al cambio demográfico.
Cuando el alquiler pesa más que el idioma
La nota discordante la puso quien señaló que, con alquileres medios alrededor de los 800 euros, la identidad es un lujo para sociedades acomodadas. Con el coste de la vivienda y el empleo como prioridades, la batalla por la pureza lingüística se convierte en ruido de minorías. Así las cosas, el plan de descastellanizar el Reino de Valencia se quedó exactamente donde empezó: en una propuesta sin electorado, superada por la economía y por una ciudadanía que prefiere hablar de precios antes que de siglos.