Bolsa en rojo y avisos de despidos en Míchigan: la factura del arancel
Hay quien resume el problema en una frase: un arancel no levanta ni una sola fábrica. No la pone en marcha, no la dota de maquinaria y no forma a quien va a trabajar en ella. Y aun así, la tesis que abre la discusión es que Trump es el único político que ha movido ficha por el trabajo asalariado en cuatro décadas. El punto de partida es más antiguo de lo que parece: durante más de 200 años, desde el arranque de la Revolución Industrial, el conflicto entre trabajo y capital se ha resuelto casi siempre del lado del segundo, y los últimos 40 años —se sostiene— han sido el festín definitivo de la ingeniería financiera, las burbujas y los rescates pagados con dinero impreso.
El menú de datos que acompaña al argumento es concreto: bonos a diez años a la baja, hipotecas más baratas, deuda refinanciada, petróleo cayendo y gasolina más barata. La bolsa, en cambio, se descuelga, y eso se presenta como la única mala noticia de la foto. Con matiz: el Nasdaq pasó de
10.000 puntos en 2023 a casi 20.000 hace unas semanas, y desinflar esa burbuja no es una tragedia, es un ajuste.
¿Por qué sube los aranceles y qué busca con ellos?
Porque encarecer la entrada de producto extranjero hace que fabricar fuera resulte menos rentable que fabricar dentro. Si quieres vender en el mercado americano, o pagas arancel o traes la planta. El paralelismo con China aparece en cuanto se rasca: el gigante asiático se industrializó abriendo su mercado de millones de consumidores a cambio de que las fábricas se levantaran allí. Primero se produjo, después se produjo más barato, y al final se copió y se compitió. El capital picó sin pensarlo dos veces.
Lo que falta, replican las voces críticas, es justo lo que la mecánica arancelaria no lleva incorporado: política industrial. Sin fomento, sin plazos y sin condiciones, el arancel por sí solo hace poco, y en un mundo global menos todavía. El ejemplo que se pone encima de la mesa es incómodo: hay quien sostiene, a partir de lo que ha leído, que la subida de aranceles a piezas de automóvil provocará despidos en una planta de
Míchigan, porque los coches se fabrican cada vez más en varios países a la vez, incluidos los americanos. Para las voces críticas, que se reinstalen cuatro empresas, y con condicionantes muy específicos, no equivale a una nueva fase industrial.
El carrito de la compra y la letra del coche
Aquí se agrieta el entusiasmo. Si el objetivo es desplazar el coste hacia las importaciones, una parte acaba en el bolsillo del consumidor local: cesta de la compra más cara, el mismo sueldo y la misma letra del coche. Hay quien cifra la pérdida de poder adquisitivo en un
20%. Y el argumento de los tipos juega en contra de la intuición: aunque el bono baje y el crédito tenga margen, ningún banco va a prestar barato a alguien cuyo riesgo financiero acaba de empeorar.
La contra-respuesta apela al carácter. Según esta lectura, el americano medio no pregunta cuánto consume su coche, pregunta cuántos galones caben en el depósito. Los dos modelos más vendidos en EE.UU. en 2024 fueron pickups —el Ford F y el Chevrolet Silverado— de
40.000 dólares para arriba. La mentalidad no es de gasto, es de ingreso: tener empleo, poder cambiarse de empresa porque hay ofertas y pagar pocos impuestos.
El capital no es patriota
Ese es el cierre de fila que incomoda a los más optimistas. La jugada americana —mercado a cambio de plantas— puede llevarse por delante empleo europeo: basta imaginar a un fabricante de componentes abriendo en EE.UU. y despidiendo en España. Quien dice componentes dice fabricantes alemanes. Y a medio plazo, menos turistas alemanes en la costa. El ajuste no se queda dentro de las fronteras que lo provocan.
Encima planea una sospecha más vieja: que Trump no representa al trabajo en abstracto sino a un interés muy concreto, el del petróleo. Un país construido sobre el transporte privado por carretera, con transporte público testimonial, tiene un incentivo evidente en que el coche siga siendo la única opción. Más empleo, más desplazamientos, más dinero circulando. Y más inflación de fondo. Las gallinas que entran por las que salen.
El pulso con China no se mide en días
Para Pekín, cuatro años no son nada. Planifican por décadas, incluso por siglos, y esperarán a que el inquilino de la Casa Blanca se vaya para negociar con el siguiente. Mientras tanto, paraguas y a igualar aranceles al por mayor. En paralelo circula la tesis de que el diseño de esta política no sale del propio Trump sino de su equipo económico, y se apunta a Bessent como la mano que estaría detrás de las medidas.
Y luego está la pieza agrícola, con un detalle que, según otra tesis que circula en el hilo, casi nadie mira: grandes fondos comprando tierras fértiles y controlando el agua, la comida y la energía. Para quienes sostienen esa idea, quien domine esos tres vectores no necesita discutir aranceles. La factura la paga quien ara.
Si el arancel convence a las fábricas de cruzar el charco, el trabajador americano ganará la apuesta y Europa la perderá por elevación. Si no convence, la cuenta llegará en forma de precios, de despidos y de una deuda que el país ya arrastra consigo mismo. Nadie puede cerrar todavía el pronóstico. Eso sí: hay una predicción que nunca falla, y es que quien paga los platos rotos siempre se entera el último.