El Golf, venerado por la prensa del motor, suma fallos de diseño
El Volkswagen Golf arrastra una lista de fallos de diseño que la prensa especializada del motor nunca ha colocado en portada: cadena de distribución con tensor defectuoso, consumo de aceite en el 2.0 TDI, carbonilla en la admisión y un fraude de emisiones en Estados Unidos. Sobre el papel es el compacto más recomendado de su categoría. En la lista de averías, otra cosa.
La tesis de fondo es que el Golf V y el VI —este último, un lavado de cara del anterior— comparten una cadena de distribución cuyo tensor acaba fallando tarde o temprano en todas las unidades. Hablamos de un fallo de diseño, no de un mantenimiento descuidado: la reparación puede alcanzar los
7.000 euros, con pérdida total del motor en el peor escenario. Volkswagen rediseñó el tensor a
finales de 2011, siete años después de que el Golf V llegara al mercado, y en el VII y sus derivados la cadena se sustituyó por correa.
Cadena, bomba de agua y carbonilla: la lista de fallos del Golf V y VI
El repertorio no se agota ahí. El sincronismo de la segunda velocidad falla también antes o después, y en las cajas DSG el punto débil está en la mecatrónica: a unos sí y a otros no, pero su sustitución ronda los
3.000 euros. La caja la provee un fabricante externo, que la bautiza como dual tronic mientras cada marca la rebautiza a su gusto. A eso se suma la bomba de agua, que no es una bomba al uso, porque integra en una sola pieza el embrague que acciona el compresor volumétrico, activo únicamente a bajas revoluciones. Los motores con compresor han ido desapareciendo de la gama.
Y luego está la carbonilla. Los motores de inyección directa de gasolina del grupo —FSI, TFSI, TSI— acumulan depósitos en las válvulas de admisión desde el primer kilómetro. A partir de los
100.000 km la pérdida de potencia se hace patente. Se sostiene que en ninguna otra marca el problema alcanza esa persistencia y que en Estados Unidos ha restado prestigio a Audi frente a rivales como Lexus o Cadillac. Basta teclear «TFSI carbon build up».
Hasta el mantenimiento básico se complica: cambiar las pastillas de los discos traseros obliga a pasar por el ordenador de la casa.
¿Por qué el 2.0 TDI consumía un litro de aceite cada 10.000 km?
Varios propietarios de la época describen el mismo cuadro: un litro de aceite cada
10.000 km, y del caro, el Castrol Long Life. Un A3 2.0 TDI matriculado en 2005 y vendido cuatro años después con 130.000 km obligaba a llevar una lata en el maletero, con el aviso de nivel encendiéndose casi siempre en viaje largo. El mismo motor, en cambio, dejó buen sabor en un A5 Sportback que hizo 145.000 km con consumos y prestaciones correctos. En el taller la respuesta era que el sensor iba «muy sensible» y que consumir aceite entraba dentro de lo normal.
El argumento técnico que se opone a esa explicación es tajante: en un motor alternativo de cuatro tiempos, cualquier consumo de aceite superior a cero indica mal diseño, avería o las dos cosas.
El fraude de emisiones que reabrió el caso en Estados Unidos
El asunto dio un giro al cruzar el Atlántico. Según el relato que circula, la marca instaló un software capaz de reconocer cuándo el vehículo estaba sometido a una prueba de emisiones y entrar entonces en un modo de baja contaminación, a costa de potencia y consumo. Una medición directa en el tubo de escape puso a prueba tres coches: un Jetta, un Passat y un BMW X5. El BMW arrojó los datos esperados. El Jetta, cifras de NOx casi
40 veces por encima de lo autorizado.
El marco normativo explica buena parte del desfase: la exigencia estadounidense en óxidos de nitrógeno es más dura que Euro 6, y el chorro de urea se antoja imprescindible para homologar allí. En Europa, con Euro 5, el listón era mucho más asequible. El Jetta concentra el grueso de las ventas de la marca en EE. UU., un mercado de unas
100.000 unidades al año donde el Golf apenas tiene hueco. La consecuencia inmediata para el propietario europeo: una llamada a revisión y la duda de si el coche pasará la ITV con la programación original.
Los 215.000 km sin averías que contradicen el relato
No todo el registro apunta en la misma dirección, y aquí conviene separar el dato del rumor. Un Golf TDI de 2005 acumula 215.000 km con cero averías, según su dueño. Un propietario de un Toyota declara 210.000 km sin gastar aceite entre cambios; un Civic 2.2
diésel, 245.000 km sin un euro en reparaciones; una Renault Traffic se vendió con 760.000 km. En el mercado de segunda mano se ven muchos Golf de finales de los noventa y principios de los 2000 cotizando a buen precio, argumento que se usa para sostener que no son chatarra sin futuro.
Frente a la crítica al acabado del Golf VII en sus versiones bajas, la media de consumo registrada por propietarios del 1.6 TDI es de
5,37 litros en una muestra de 617 vehículos, un resultado difícil de calificar de malo. El problema, en todo caso, es de expectativas: quien compra un coche vendido como referencia de categoría lo compara con un listón que su propio historial no sostiene.
La predicción, con reservas: la reputación del Golf seguirá por delante de sus números mientras el relato de la prensa especializada no cambie de guion. Si el fraude de emisiones acaba pasando factura fiscal al propietario —y hay quien apunta a tramos de matriculación mal aplicados— la brecha entre fama y realidad dejará de ser una discusión de aficionados.