El hilo pone cifra a los privados: de 50 a 100 euros
El tramo arranca con una frase y ya no se mueve de ahí: que esto está
a un paso del onlyfans, si es que no lo tiene ya. A partir de ese mensaje el hilo deja de discutir cuánto vale un bikini usado y empieza a poner números a lo que hay detrás. El primero lo suelta un participante: hay vendedoras que, además de ofertar la prenda, atenderían mensajes privados si la oferta va de
50 a 100 euros. No aporta captura. Nadie se la pide. El mismo forero añade su lectura: que ahí se dejan ver, que se exponen a las ofertas, igual que en las redes sociales.
Qué se ha sabido
Tres datos sueltos y una búsqueda. La búsqueda la da Chimpu: meterse en la app y buscar «bikini shorts tops lencería» devuelve, según él, muchas cuentas así. El mismo participante compara con Wallapop y dice que allí hay menos de eso, que lo que abunda son masajes y algún anuncio encubierto, y que cuando lo detectan lo retiran.
Los otros dos datos son de experiencia propia. Uno, el de las
sandalias Crocs rotas que le han llegado dentro de un paquete. Otro, el cálculo de un participante que sostiene que a
100 euros la hora se pagaba «la entrada de un par de pisos en 1 año». Lo suelta como comparación con lo que se ve en la app, no como plan de nada.
También entra un enlace, pegado sin comentario, sobre una multa de protección de datos relacionada con el foro y con la plataforma. Va justo detrás de un mensaje que reprocha que se sexualice a quien vende:
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dataprotectplus.com
Y un vídeo de YouTube que aparece en el hilo y que nadie desarrolla:
Dónde está la bronca
El choque ya no es si el precio es justo, sino dónde está el negocio. Un lado sostiene que el dinero está en la prenda y que la foto es solo el cartel: bikinis de mercadillo al doble de precio por llevarlos una modelo en la foto. Frase suya, sin más desarrollo.
El otro lado dice que el negocio no es la prenda en absoluto. El mensaje que ordena esa postura es el de alguien que lo ve desde casa: las horas que se pasa su pareja fotografiando ropa que al niño le queda pequeña, anuncio a anuncio, y que después el dinero de la venta se va en comprar más ropa usada a otras vendedoras, también emprendedoras. Con ese desglose, la conclusión que saca es que el asunto no va de sacar
5 eurillos, sino de la actividad en sí. Ahí es donde las dos partes no se encuentran: unos miran el margen por prenda, el otro mira la circulación completa.
Aparece una tercera postura, la del que directamente odia la app. Un participante dice que es uno de sus objetos de odio preferidos y lo argumenta con lo mismo: las horas de fotos y las Crocs rotas que han llegado a casa.
Y hay un tramo del hilo que se va por otro lado. Descalificaciones personales, respuestas cruzadas, algún mensaje que solo busca pinchar y una amenaza de represalias que no se reproduce aquí. En esos mensajes nadie discute argumentos: se hace ruido. Alguien pide que se deje el tema, otro zanja con risas y el hilo sigue.
Qué cambia respecto a antes
Lo anterior comparaba la app con aplicaciones de citas y discutía si un bikini usado vale lo que cuesta. Eso se da por superado sin decirlo. Ahora se habla de canales paralelos, de precios de privados y de moderación.
Entra Wallapop, y no por los precios: por el criterio. Allí, según un participante, los anuncios que se salen de la norma se retiran cuando se detectan. La discusión se desplaza de la foto al sistema que decide qué foto se cae.
Y entra por primera vez la casa del comprador, no la del vendedor: lo que llega en el paquete, lo que se ha pagado por ello y en qué se convierte el dinero después. Ese es el material nuevo del tramo y es el que sostiene las tres posturas.
La experiencia de quien lo ve desde dentro
Dos testimonios, con nombre de forero y sin captura.
Uno cuenta el caso de una vendedora que colocaba bisutería y bikinis usados y que, en paralelo, montó una tienda a su nombre con un comprador más joven. Según su relato, lo dejó todo en menos de dos años y se fue con un proveedor de la tienda. Avisa de que no es su historia.
Otro añade una escena de oficina: una compañera con mallas ajustadas y él encargado de formarla. Lo cuenta como anécdota y nada más.
Ninguno de los dos aporta prueba. En este tramo no hay capturas de conversaciones privadas ni enlaces a perfiles concretos. La cifra de los privados queda donde se soltó: sin comprobar, sin discutir y sin nadie que la niegue.