El calor en Madrid: récord para unos, verano normal para otros
¿Hace Madrid más calor que nunca o estamos peor preparados para notarlo? Un vecino de la capital sostiene que a sus 41 años nunca había sentido un calor así en Madrid, una sensación que hasta ahora solo asociaba a
Sevilla o Córdoba a finales de julio. La causa, dice, es que se sigue contaminando sin consecuencias. La respuesta mayoritaria ha sido la contraria: que el verano es normal, que el termómetro no marca nada inédito y que el relato del calor extremo se ha convertido en un género mediático con temporada propia.
El eje del desacuerdo no está en los grados. Está en quién decide qué es normal.
¿Cuánto calor hizo realmente en Madrid?
Las cifras que se cruzan van de los
33 grados —presentados con retintín como temperatura de asustadizos— a los 36, con quien asegura que para él eso es fresco y que habría que contaminar más para llegar a los 38. En medio, mediciones domésticas: 22 grados a las diez de la mañana en Madrid,
lo nunca visto, oiga, y 35 grados cuando las previsiones televisivas anunciaban 41 o 42. De ahí sale una conclusión repetida: el termómetro de casa y el del telediario hace tiempo que dejaron de coincidir.
La comparación con otros años es el terreno más pisado. Se recuerda una primera ola de calor seria en Madrid a principios de los ochenta, junios con calor respetable y finales de julio peores que este. Hay quien, con 39 años, afirma que
cada año de su vida ha habido una ola con temperaturas cercanas a los 40 grados. Desde Toledo se describe este como uno de los veranos menos calurosos de los últimos ejercicios.
Cifras que no cuadran: 2021, 2022 y el 3 de julio de 2023
El dato más repetido es el de 2021. Ese año, sostiene un mensaje,
Madrid llegó a 42,8 grados y las zonas más calurosas de España pasaron de 46, y sin embargo ahora, con 40, la sensación es peor. La pregunta —cómo puede sentirse más calor con menos grados— se lanza como prueba de que la percepción está intervenida.
A eso se suma una noticia que sitúa el día más caliente de la historia el
3 de julio de 2023, con algo más de 17 grados de temperatura global media, por encima de todos los registros desde 1979. Otra pieza, pegada en el mismo lugar, señala 2022 como el año más caluroso hasta ahora. La contradicción aparente tiene explicación: se están mezclando escalas. Un día del planeta entero no es comparable con un registro anual de una ciudad, y una anomalía térmica de siglos no se mide con el termómetro de la esquina.
El hormigón como termómetro: isla de calor y poda de árboles
Aquí el desacuerdo se disuelve. Varias voces coinciden en que el problema no es solo el clima, sino lo que se ha construido encima. Se denuncia la tala y la reforma de arbolado, la proliferación de aceras, carriles bici y terrazas, y un dato que se repite:
en las pocas zonas con árboles y tierra la temperatura cae hasta 10 grados. La conclusión es geográfica antes que meteorológica: calles sin sombra y con más masa asfáltica registran sensaciones térmicas que no aparecen en las estaciones oficiales.
El fenómeno tiene nombre técnico —isla de calor urbana— y explica por qué dos termómetros a diez kilómetros marcan cosas distintas. También explica que el relato del vecino de a pie y el dato del observatorio puedan ser ambos ciertos y no encajar.
El aire acondicionado, la edad y la tolerancia al calor
Otra línea de argumentación apunta a la biología y a la costumbre. Se sostiene que la intolerancia al calor crece a medida que empeora la condición física general, y que el aire acondicionado ha rebajado el umbral de lo soportable: quien pasa de un portal climatizado a la calle nota un salto que antes no existía. La imagen que se usa es la del campo, donde se segaba con manga larga y sombrero bajo el mismo sol, no por heroísmo, sino porque no había alternativa.
El contraargumento es incómodo: que la tolerancia se construya socialmente no significa que la temperatura no esté subiendo. Simplemente cambia el objeto de la discusión, del clima a la costumbre.
Junio fresco, manta en agosto y el edredón en el centro
El expediente comparativo más detallado que aparece es fotográfico. Alguien revisa su galería del año anterior: la última foto con jersey es de principios de marzo; a mediados de mayo, sarong de piscina. En el año en curso, mayo y junio se pasan con manga larga y lluvias que obligaron a sacar de nuevo la manta. Otros añaden que en el centro de Madrid se duerme con edredón y ventana abierta, y que el año pasado el calor empezó mucho antes, con tres episodios en junio frente al primero de mediados de julio. Verano normalito tirando a fresco, resumen.
Para explicar el resto se recurre a un estudio sobre la temperatura del agua del Cantábrico hace miles de años, con la pregunta de fondo: ¿fue el CO2 de los coches? Es el tipo de dato que no cierra ninguna discusión y sirve para cualquier cosa.
Con estos mimbres, el vecino de 41 años tiene razón en que ha sentido un calor que no recordaba y sus críticos tienen razón en que el termómetro no le da la razón. Lo cómodo sería decidir quién miente. Lo honesto es admitir que todavía no sabemos medir la diferencia entre un grado más y una calle menos.