El nini de 29 años que pide la eutanasia y no cumple los requisitos
A los 29 años, sin trabajo, sin pareja y sin haber dado nunca un beso. Ese es el punto de partida de un relato que se ha prolongado durante más de dos años y que deja sobre la mesa una pregunta que nadie quiere contestar: qué se hace con un joven que ha visto pasar la adolescencia y la juventud
encerrado en casa. Toma medicación para la depresión, la ansiedad y la fobia social. Se define como
nini. Dice que no siente envidia de sus amigos, que ya trabajan y tienen pareja, sino vergüenza: se ha ido alejando porque no encaja. Y pide la eutanasia porque el suicidio, asegura, le da miedo.
¿Qué perfil hay detrás de un nini de 29 años que no ha dado un beso?
Un varón de 29 años que no ha trabajado, no ha tenido pareja y no ha dado su primer beso. Lo cuenta él mismo, sin adornos, y añade los detalles que completan el cuadro: sale a correr para levantar el ánimo y vuelve igual, pasa la mayor parte del día encerrado y ha dejado de ver a sus amigos. La
fobia social y la depresión no son un autodiagnóstico de oídas: lleva tratamiento farmacológico y pasa consulta.
El caso no es excepcional. En la misma conversación aparece otro perfil casi calcado: alguien que empezó a ir al psiquiatra con 23 años y llegó a acudir tres veces al mes a un especialista privado, que hoy no tiene amigos, ni pareja, ni mascotas, ni nada que le ate. Su respuesta a por qué sigue vivo es tan simple como incómoda:
el miedo a la muerte.
¿Por qué no puede acogerse a la eutanasia?
Porque no encaja en el supuesto. La solicitud está reservada a quienes padecen una enfermedad grave e incurable o una discapacidad grave y crónica, y la respuesta que recibe es tajante: para que se la concedan hay que estar enfermo en ese sentido, algo que, se le responde, no es su caso. Él lo plantea al revés y sostiene que si otra persona puede cambiar de sexo con apoyo público, él debería poder poner fin a su vida con el mismo respaldo. El argumento no se sostiene jurídicamente y las réplicas se lo dicen
sin paños calientes.
Aparece además la referencia concreta a una asociación por el derecho a morir dignamente, junto a un aviso repetido: el proceso es largo, puede durar años y termina muchas veces en un
no.
¿Qué falla en la atención psiquiátrica?
El propio interesado da el dato: pasa por consulta
cada seis meses. Poco para alguien que dice pensar en morirse los 365 días del año. Otro de los relatos reconoce que, aunque fuera más a menudo, tampoco cree que le hubiera servido de mucho.
En ese terreno se cuela una advertencia sanitaria de dudoso respaldo: se afirma que cierto tipo de psicofármacos son derivados del petróleo, que agravan la ansiedad, que dejan secuelas irreversibles en el sistema nervioso y que el efecto rebote aparece al poco de abandonarlos. Nada de eso viene acompañado de fuente alguna. La medicación psiquiátrica se ajusta o se retira siempre con supervisión profesional, no con lo que diga un mensaje.
¿Qué soluciones se le proponen?
Casi todas pasan por moverse. Trabajar aunque sea limpiando a fondo en casa, buscar
empleo, hacer ejercicio al aire libre, aprender un oficio, viajar. También, y esto se repite, ayudar a otros: hacer la compra a vecinos mayores, colaborar en talleres con personas con discapacidad, acompañar a enfermos. Quien no se siente capaz de ayudarse a sí mismo, viene a decirse, quizá sí pueda ayudar a alguien que está peor.
Hay otra vía, menos obvia:
irse a un pueblo de la España vaciada. Allí, se argumenta, el alojamiento y la comida están cubiertos a cambio de trabajo, hay animales, hay gente y, sobre todo, hay un propósito. Y una tercera, más brusca: comprar un terreno rústico barato y partirse el lomo ocho horas al día; si el corazón aguanta, se cura la cabeza, y si no, se acaba el problema.
El testimonio más útil es el de quien rehízo su vida justo antes de cumplir los 40 y admite que, aún hoy, a veces no se reconoce en el espejo.
¿Qué ocurre cuando la conversación gira hacia los métodos?
Que se rompe. Se descartan vías por lo aparatoso del resultado y se repite una idea que conviene subrayar: casi nunca funcionan. Alguien sostiene que
más del 90% de los intentos no logra su objetivo. En el propio caso que abre el relato hay un episodio de ingesta masiva de medicación que termina con malestar agudo y con la petición de auxilio a urgencias. La supervivencia, incluso cuando se busca lo contrario, se impone.
Un cierre que se atasca
Después de más de dos años, el balance es este: una sanidad que cita cada seis meses, una ley que no ampara su petición, un entorno que le exige fuerza cuando él dice que no la tiene y una lista de soluciones —trabajo, ejercicio, pueblo, ayudar a otros— que requieren justo el impulso que le falta. Nadie ha explicado qué hacer con quien no encuentra razones para quedarse ni valor para irse. Y ahí se para el análisis.