Los criollos se mataron entre ellos tras la independencia
El virreinato se rompe en pedazos y los que ayer eran súbditos de la Corona se lanzan unos contra otros. Esa es la tesis que abre el asunto, sostenida por un participante: tras expulsar a los españoles, los nuevos Estados no tardaron en enzarzarse en guerras de poder, guerras civiles y levantamientos, con el troceado de los virreinatos como resultado. Según ese mismo relato, La Gran Colombia duró poco, la Confederación del Perú quedó en mucho menos, la Confederación Azteca se redujo a un tercio entre la secesión de Guatemala y la presión de sus vecinos del norte, y Paraguay estuvo a punto de desaparecer a manos del Imperio de Brasil.
El plan de Iguala y la falta de un objetivo común
El diagnóstico más repetido en la discusión no apunta a la genética sino a la ausencia de proyecto. La aristocracia, la burguesía, el clero y los militares de los virreinatos no compartían un objetivo único a la hora de independizarse. El caso mexicano con el
plan de Iguala se cita como ejemplo de proclamaciones de juntas sin sentido y declaraciones de nuevos imperios que acabaron en nada. En esos procesos tan brutales, señala un análisis recurrente, se destruye a la oposición que podría hacer de contrapeso, y una vez eliminada cualquier figura de medio pelo puede tomar el poder, que a su vez se lo puede quitar otra.
La comparación con Europa se usa como contrapeso. Se recuerda que España vivió las guerras carlistas, la invasión napoleónica, Trafalgar, la rebelión de Riego en 1820 y la Revolución de 1868; Francia, las revoluciones de 1830 y 1848; Prusia se enfrentó a Dinamarca y luego a Austria; y la unificación italiana dejó la batalla de Solferino. El siglo XIX no fue un remanso de paz en ninguna parte. La diferencia, apunta otra corriente, es que allí había un Estado que se reconstruía y aquí no.
¿Por qué se culpa a España del fracaso posterior?
Una parte de la discusión sostiene que el fracaso como país se achaca a España, mientras se idealiza lo italiano, lo británico o lo alemán. Se argumenta que los inmigrantes europeos llegados al Cono Sur en el siglo XIX escogieron en principio el centro de Europa, y que ante la falta de alemanes se conformaron con italianos. En cuanto a los españoles, se afirma que solo se permitía la entrada a los del norte, considerados europeos puros, en su mayoría gallegos, mientras andaluces y canarios quedaban fuera y optaban por Brasil, Cuba y Puerto Rico.
El contraargumento es que ningún argentino odia a España y que el planteamiento es una invención. La discusión deriva entonces hacia la genética: se afirma que un español tiene de media un 60% de genética de los pueblos prerromanos, frente a un 15-20% indígena en el argentino medio, y se sostiene que el arquetipo argentino desaparecerá. La respuesta es que si los hijos de españoles estaban mezclados con indígenas era culpa de los españoles por mezclarse.
La élite criolla y el trato a los indígenas
Un análisis recurrente apunta a que los criollos eran más racistas y clasistas que nadie con los indígenas, y que cuando tenían mando sobre nativos se comportaban de forma despótica. La Corona, según esta lectura, controló la entrada de criollos a ciertos puestos de autoridad precisamente por los excesos que llegaban a su conocimiento. No eran todos, pero la tendencia explica en parte la sublevación de una fracción contra los peninsulares.
El caso chileno se cita como ejemplo: la llamada aristocracia castellano-vasca conformó la élite a partir de 1818, con apellidos como Aldunate, Allende, Barros, Eyzaguirre, Carrera, Errázuriz, Irarrázaval, Larraín, Matte, Vicuña o Zañartu, que compartieron poder con familias de origen francés, portugués y alemán.
El mapa genético del oeste peninsular
La conversación deriva hacia la genética peninsular. Se afirma que, según la herramienta G25, el extremeño se parece más a los portugueses, gallegos, leoneses, andaluces y murcianos que a los castellanos, con distancia genética creciente a partir del cuarto puesto. La conclusión que se extrae es que el oeste peninsular comparte más entre sí que con el este.
La objeción es que los portugueses son españoles, el mismo pueblo, y que los extremeños se parecen sobre todo a castellano-leoneses, gallegos y andaluces. El intercambio se cierra sin acuerdo.
El dato que descoloca no está en el siglo XIX sino en el XXI: mientras se discute si aquellos criollos se odiaban lo suficiente para matarse entre ellos, la conclusión más repetida es que el odio atribuido a España no tiene base documental y que la sangre, en palabras de uno de los intervinientes, lo es todo.