Buscas explosivos en Líbano: 2.750 heridos y una autoría sin confirmar
Un hombre camina por un mercado de Beirut con el buscapersonas en la mano. El aparato revienta. Es una de las escenas que grabaron las cámaras de seguridad y que circularon tras la primera oleada de explosiones simultáneas de dispositivos de comunicación usados por miembros de Hezbollah en todo Líbano. El Ministerio de Salud del país cifró el primer balance en
2.750 heridos, ocho muertos y más de 200 personas en estado grave. Al día siguiente llegó la segunda tanda: esta vez fueron walkie-talkies, con un saldo que la prensa libanesa situó en
20 muertos y 470 heridos, 150 de ellos graves.
Qué se sabe del ataque a los buscas de Hezbollah
El objetivo eran los terminales de una red de comunicación interna. Los buscapersonas —los populares buscas— son aparatos de bajo coste, con pantalla mínima y sin conexión a internet: sirven para recibir mensajes cortos y poco más. Hezbollah los habría repartido precisamente por eso, porque no se pueden rastrear como un teléfono inteligente ni interceptar con facilidad. En 48 horas, el sistema sanitario libanés acumuló cerca de
300 heridos en estado crítico solo por la primera oleada, sobre un total que ronda el medio millar de casos graves entre ambas jornadas.
Las explosiones no se concentraron en un punto. Se produjeron de forma casi simultánea en todo el país, incluidas zonas de mercado y espacios con presencia de público no vinculado a la organización. Ese detalle es el que ha convertido un asunto de inteligencia en un problema de derecho internacional y de opinión pública.
Las dos hipótesis: explosivo insertado o batería recalentada
La primera línea de análisis sostiene que los aparatos llegaron ya manipulados. Se habría interceptado una partida antes de su entrega, se habría introducido un pequeño explosivo con detonador y se habría devuelto al circuito. La detonación se activaría por el reloj del propio dispositivo o por un mensaje concreto. La segunda apunta a una manipulación remota: baterías de litio sobrecalentadas mediante estímulo electromagnético o software hasta provocar la combustión. Al Mayadeen llegó a difundir que fuentes expertas atribuían las deflagraciones a
altas ondas electromagnéticas recibidas por los mensáfonos.
Hay un dato técnico que pesa en contra de la segunda vía. Un busca es un aparato muy sencillo, sin capacidad de cómputo, y por tanto casi imposible de hackear en el sentido informático del término. Se argumenta también que las baterías modernas incorporan sensores de temperatura y protecciones mecánicas que cortan la corriente antes de una explosión real: un cortocircuito provoca humo, llama y poco más. Para que algo así mate hace falta un componente añadido.
El precedente de Stuxnet y el peso de la cadena de suministro
No sería la primera vez que un sabotaje se ejecuta en el eslabón más débil: la fábrica. El caso de referencia es Stuxnet, el troyano que se coló en el software de control de las centrifugadoras de enriquecimiento de uranio y las reventó girando a velocidades para las que no estaban diseñadas. Allí también se manipuló la imagen de software en el repositorio del propio fabricante para que el comprador la descargara con toda la tranquilidad del mundo.
El rastro de los buscas apunta, según las informaciones que se manejan, a una fabricación en Taiwán. Si el aparato salió manipulado de una línea de producción ajena a la marca, la operación habla de una infiltración larga y profunda; si el fabricante es ajeno a todo, el escenario es todavía más incómodo, porque implica que la manipulación se hizo después, con acceso físico o con una puerta trasera desconocida. En ambos casos, la pregunta afecta a cualquiera que compre tecnología importada.
¿Hubo víctimas civiles o fue un ataque selectivo?
Aquí el desacuerdo es total. Una parte de los análisis defiende que la operación fue quirúrgica: la práctica totalidad de los muertos y heridos portaba un dispositivo de la red de Hezbollah, y neutralizar a miles de objetivos con bombardeos convencionales habría causado una mortalidad colateral muy superior. Con esos números, concluyen, se trata de una acción cuidadosa, no de un ataque indiscriminado.
La otra lectura subraya que un pager no distingue de manos de quién está. En el recuento aparecen
al menos dos menores fallecidos, personal sanitario herido y decenas de personas alcanzadas en mercados, coches y viviendas. La segunda oleada alcanzó además el funeral del hijo de un diputado de la organización, celebrado al día siguiente de la primera tanda. Si el criterio es portar el aparato, el criterio es la pertenencia a la organización, y la organización es también un partido con miles de simpatizantes que no combaten.
Las teorías sin pruebas: del 5G a los nanotubos de las vacunas
En cuanto corrió la noticia, el terreno se llenó de especulaciones sin ningún respaldo. Se habló de activación por redes móviles, de resonancia electromagnética sobre el cuerpo humano y de supuestos nanomateriales inoculados que actuarían como antenas. Nada de eso está demostrado ni tiene encaje técnico conocido. La escena más citada fue la reacción de Edward Snowden, que apuntó a un ataque por frecuencias sin aportar pruebas.
El ruido no es inocuo. Mezclar una operación de sabotaje documentada con relatos sobre implantes y nanotecnología desvía la atención del problema real, que es la dependencia de cadenas de suministro globales y la facilidad con que un dispositivo cotidiano puede convertirse en un arma.
Efectos colaterales: confianza tecnológica y mercados
La reacción más repetida señala un daño reputacional difícil de medir. Si un aparato barato y sin conexión puede reventar en la mano de quien lo lleva, la duda se traslada a todo lo que va con batería: el móvil, el coche eléctrico, el reloj. Aparecen en la conversación nombres como Tesla, Apple, Starlink o Palantir, no por ninguna implicación demostrada, sino porque ejemplifican la concentración tecnológica de la que dependen gobiernos y ciudadanos.
Sobre el fondo de la discusión planea un episodio anterior: el software de espionaje Pegasus, utilizado para acceder a teléfonos de periodistas y opositores en varios países y que en España llegó a afectar a miembros del Gobierno. La coincidencia temporal con el asesinato de un ingeniero señalado como espía israelí en Colombia, vinculado según las informaciones publicadas a la campaña de espionaje masiva, alimentó las teorías de ajuste de cuentas entre servicios de inteligencia.
Queda un detalle que descoloca. La tecnología que estalló era deliberadamente antigua, barata y sin inteligencia, elegida precisamente por ser difícil de interceptar. No falló el dispositivo más sofisticado del mercado. Falló el que se creía fuera del alcance de cualquiera.