Un físico jubilado publica «Historia de las Emociones»
Rafael Jiménez Cruz estudió Físicas en la Universidad Complutense de Madrid, fue catedrático de Instituto durante 20 años y después trabajó como analista de sistemas en la banca. Ahora, ya jubilado, presenta «Historia de las Emociones», un ensayo que sostiene que el miedo, la ira o el rencor no son universales ni intemporales: cada época los ha fabricado a su medida. La tesis central es incómoda para el sentido común: no sentimos igual que un griego antiguo ni que un hombre del medievo, y esa diferencia no es anecdótica, sino estructural. El libro está en preventa y la presentación oficial está fijada para el 5 de marzo en El Corte Inglés de Valencia.
Qué propone un físico metido a historiador de las emociones
El autor parte de una formación técnica —Físicas, Matemáticas, informática autodidacta en tiempos primitivos, como él mismo describe— y la aplica al análisis de lo que llama «el software cultural». Su argumento: la biología es el hardware que compartimos con el T-Rex, pero lo que decide qué emociones se permiten y cuáles se filtran como ruido es el sistema operativo que cada civilización instala. El circuito del miedo es biológico, sostiene, pero el miedo al pecado o la angustia existencial no vienen en el ADN: son construcciones culturales que activan esa biología por motivos que a un antepasado le parecerían absurdos.
El proyecto arrancó hace más de una década. Cuando aparecieron las herramientas de IA, el manuscrito estaba escrito en un 80 o 90%. El autor reconoce haberlas usado para pulir ideas, revisar y eliminar repeticiones, pero niega que el texto esté generado por máquina. La portada y las imágenes interiores sí son de IA, algo que él mismo confirma sin rodeos.
De la culpa griega al algoritmo de Silicon Valley
El libro se centra exclusivamente en la civilización occidental, decisión que el autor justifica con una frase seca: «Pretendía escribir un libro, no una enciclopedia». El recorrido va de Grecia a la era de los algoritmos, con paradas en la Iglesia medieval y en lo que describe como mecanismos de control emocional. Su tesis es que el poder no solo gestiona las emociones, las fabrica. El miedo al infierno y la ansiedad por el estatus actual no serían casualidades biológicas, sino productos históricos.
Un ejemplo que el autor usa para ilustrar el cambio de arquitectura emocional es el juicio a Sócrates. Aquel episodio, sostiene, no solo transformó la política ateniense: modificó cómo se sentían la culpa, el miedo al grupo y la búsqueda de la verdad. Platón quedó marcado por la condena de su maestro y dedicó su vida a buscar un sistema donde la verdad no dependiera de un voto emocional.
La «atonía» como intoxicación emocional de baja intensidad
Uno de los conceptos que el autor maneja es el de atonía: un bombardeo de baja intensidad que mantiene a la población en modo ahorro para que no funda los plomos. La idea conecta con el diagnóstico de que antes el veneno era local y ahora es global y por goteo. El libro intenta identificar los componentes de ese veneno a lo largo de la historia para que el lector sepa qué está bebiendo.
Sobre la herencia biológica, el autor cita la epigenética: no se heredan emociones concretas, pero sí las marcas del estrés o del trauma. Es un matiz importante frente a quienes pretenden reducir todo a genética o a
cultura pura. La discusión derivó hacia si la ambición o la superficialidad han existido siempre. Su respuesta: una cosa es el impulso biológico y otra la arquitectura emocional que lo sostiene. Antes, esas pasiones convivían con una cosmología que les daba sentido o límite; hoy operan en un vacío técnico que las acelera sin tregua.
Las críticas: IA, ortografía y un índice ilegible
El proyecto no ha salido indemne del escrutinio. Varias voces señalaron que la web promocional parecía hecha con IA y sugirieron que el libro también. El autor respondió con un desafío: encontrar una sola falta de ortografía en el libro que no sea errata de imprenta. También hubo quejas sobre el formato: el índice y las páginas de muestra se veían como miniaturas y solo se agrandaban pasando el cursor, lo que dificultaba la lectura. Algunos lectores pidieron un PDF descargable.
La portada fue sustituida por la definitiva tras las primeras críticas. El autor también reconoció que la web es sencilla, herencia de su etapa con Expression Web, y que priorizó que cargara rápido sobre el diseño. Para compensar, habilitó un blog con un análisis que describe como la columna vertebral del libro.
Qué se puede leer antes de comprar
El autor habilitó en su web una sección de blog donde subió un texto que, según dice, es la tesis real sobre la transición emocional de Grecia a hoy. No es un capítulo íntegro, pero permite calibrar el enfoque. También publicó una reflexión más extensa en Medium sobre cómo ha cambiado la identidad emocional desde Grecia hasta la era de los algoritmos. Los mapas emocionales completos y el resto de la investigación están centralizados en su web.
El libro es autopublicado. El autor explica que prefirió mantener el control total sobre el contenido para que la tesis no se descafeinara en filtros editoriales comerciales. Es un trabajo de autor de principio a fin, con más de diez años de archivo y datos.
El ruido de fondo: un océano de papel y bytes
En la discusión apareció una cifra que ayuda a dimensionar el contexto: 2.592.672 títulos con ISBN nuevo al año a nivel mundial, según un cálculo que circula en el hilo. La conclusión que se extrae es que la mayor parte de esa producción es ruido, autoayuda buenista, propaganda o academia autorreferencial. En ese océano, un ensayo autopublicado sobre historia emocional tiene que justificar su existencia con algo más que una portada atractiva.
La pregunta que sobrevoló el intercambio fue si puede existir un sistema que, partiendo de la física y las matemáticas, explique la conducta humana. La respuesta que se fue imponiendo es que el ser humano no es un átomo y que la teoría de juegos patina cuando entra en juego el orgullo o el relato cultural. La emoción no es solo biología: es tecnología cultural.
Lo que queda por ver
El libro llega a las librerías con una presentación fijada en Valencia y un debate abierto sobre si la historia de las emociones es una disciplina con método o una etiqueta ambiciosa. La apuesta del autor es que la diferencia entre un griego antiguo y un usuario de redes sociales no es de grado, sino de naturaleza. Si tiene razón, la pregunta relevante no es qué sentimos, sino quién programó eso que sentimos. Y esa respuesta, de momento, sigue en preventa.