Tener 25 años, ni estudiar ni trabajar y ver pasar la vida: un testimonio en un foro
Un joven de 25 años lo escribe sin adornos: no tiene dinero, ni amigos, ni trabajo, ni estudios. Se define como «nini casapapis» y virgen, y resume su día a día en una frase que duele: «Me paso los días sin hacer nada, porque no hay nada interesante que hacer». No pide compasión. Pide, casi a gritos, una salida que no encuentra. Y lo que recibe a cambio es un espejo incómodo: decenas de respuestas que oscilan entre el consejo práctico, la burla y la confesión de que él no es el único.
El caso, contado en primera persona en un foro de economía, muestra una conversación que se alarga durante más de dos años y medio, con 140 respuestas, y en ese tiempo el diagnóstico se repite: el problema no es solo la falta de trabajo, es la falta de un plan.
Qué significa ser 'nini' a los 25 años
El término «nini» —ni estudia ni trabaja— se ha convertido en una etiqueta que oculta más de lo que explica. En el caso que nos ocupa, el protagonista reconoce que no tiene ingresos propios, que vive con sus padres y que su círculo social es inexistente. «No tener dinero, ni amigos», escribe. La combinación es letal: sin dinero no hay independencia, y sin amigos no hay red de apoyo ni contactos para encontrar trabajo.
La respuesta más repetida en el hilo no es un dato macroeconómico, sino una orden: «Aprende una profesión». Fontanero, electricista, albañil, camionero. Oficios que, según varios intervinientes, tienen demanda real y no exigen un título universitario. «Hay curro a patadas para la gente que no le importa mancharse las manos», resume un participante. Otro va más allá y propone sacarse el carné de camión: «El OP no tiene vida, así que metiéndose en un camión sólo puede cambiar a mejor».
El problema, admiten algunos, es que ni siquiera eso es gratis. Los cursos del SEPE no siempre están al alcance de quien no sabe buscarlos, y pagarse un carné profesional puede costar miles de euros que el protagonista no tiene.
El consejo que más se repite: ahorrar y formarse
Entre las respuestas más valoradas hay una que combina experiencia personal y cálculo económico. Un participante cuenta que a los 25 ya llevaba seis años «currando y estudiando ganando una mierda», que aplicó «economía de postguerra» ahorrando entre el 50% y el 70% de su sueldo viviendo con sus padres, y que eso le permitió, con el tiempo, tener opciones que antes ni imaginaba. No promete riqueza. Promete margen de maniobra.
Ese es el núcleo del consejo que se repite con más insistencia: si vives con los padres y la convivencia no es un infierno, ahorra todo lo que puedas y aprende algo que el mercado pague. La
formación profesional aparece como la vía más citada, por delante de la universidad. «Apúntate a un FP de electricidad o fontanería, lo que sea, aprende un oficio que eres joven», dice uno de los mensajes más votados. «Cuando acabes tira currículum aunque te paguen una mierda, pilla experiencia y cuando controles tu oficio cómprate una furgo y ponte de autónomo».
La receta no es original, pero tiene un mérito: es concreta. Frente a la parálisis del protagonista, los consejos que funcionan son los que se pueden ejecutar mañana.
La salud mental, el factor que nadie quiere mirar
Una parte de la conversación se desvía hacia un terreno incómodo: la posibilidad de que el problema no sea solo económico. «Si tiene un trastorno mental no diagnosticado difícilmente lo conseguirá», advierte un participante. Otros recomiendan acudir al médico de cabecera, exagerar los síntomas si hace falta, y pedir derivación a psicología o psiquiatría. «Busca ayuda en una asistenta social que te toque en el barrio», añade otro, que también menciona la posibilidad de solicitar algún tipo de prestación asistencial.
El consejo no es baladí. Pero el mensaje de fondo es claro: si no puedes salir solo, pide ayuda profesional. No es debilidad, es estrategia.
La vía de la emigración: Irlanda y otros destinos
Otra corriente de opinión, minoritaria pero persistente, apunta a la salida exterior. Un participante detalla un plan concreto: ahorrar, irse a Irlanda —donde, siendo español, se tienen los mismos derechos que un irlandés—, buscar trabajo en cualquier cosa mal pagada, compartir piso, y cuando se quede sin empleo, solicitar prestaciones y formarse allí en un oficio. «Serán unos años duros pero al menos habrás vivido y quizá hasta ligues más», resume. Reino Unido ya no es una opción tan sencilla tras el Brexit, pero Irlanda sigue en la UE.
El plan tiene un atractivo evidente: rompe la espiral de inacción. También tiene un coste emocional que el hilo no oculta: irse solo, sin red, a un país donde no conoces a nadie, no es una aventura para todos.
El problema de la virginidad y la vida social
Uno de los mensajes más votados del hilo aborda un aspecto que el protagonista menciona de pasada pero que pesa como una losa: la virginidad a los 25 años. «Lo primero: ve a putas. No es física ni mentalmente saludable ser virgen con 25 años», dice el mensaje, que acumula una de las puntuaciones más altas. La recomendación es polémica y no exenta de matices éticos, pero refleja una preocupación real: la falta de experiencia sexual y afectiva a esa edad genera una ansiedad que retroalimenta el aislamiento.
Otros participantes optan por un tono más constructivo: apuntarse a actividades, hacer deporte, buscar pequeños objetivos. «Si estás deprimido no te metas aquí ni en internet en general», aconseja uno. «Búscate pequeños objetivos, no cosas desmesuradas, sino cosas alcanzables». La idea de fondo es que la acción, cualquier acción, rompe la parálisis mejor que la reflexión.
Lo que el hilo deja sin resolver
Después de 140 respuestas y más de dos años y medio de conversación, el protagonista sigue sin trabajo. Sigue sin amigos. Sigue, presumiblemente, en casa de sus padres. Los consejos se acumulan, pero la salida no aparece. Y ahí está el dato que descoloca: no es un caso aislado. Varios participantes confiesan situaciones parecidas. «Crees que estás solo?», pregunta uno. «Si el 90% está parecido a ti, a buen sitio has venido a pedir consejo», ironiza otro.
La conversación no termina con un plan cerrado ni con una solución mágica. Termina con un joven de 25 años preguntando, otra vez, qué hacer. Y con una respuesta que resume el consenso incómodo del hilo: levántate del sillón y haz algo. Cualquier cosa. El resto, dicen, vendrá después.
Nota editorial: Este artículo se basa en testimonios y opiniones recogidos en un foro de economía. Las cifras y afirmaciones citadas proceden de los propios participantes y no han sido verificadas de forma independiente. Si usted o alguien que conoce atraviesa una situación similar, considere consultar a un profesional de la salud mental o a los servicios sociales de su ayuntamiento.