SIMEONE tiene 180 ZULOS en MADRIT. Pero la ESPECULACION NO ECSISTE (como eL BIRU)

La inversión en viviendas es algo radicalmente distinto a las inversiones especulativas.

Cuando compras una casa o un piso para invertir, estás adquiriendo un bien real y tangible: un lugar donde la gente puede vivir. Puedes alquilarlo y generar ingresos mes a mes o vivir tú mismo en él. Con el tiempo, el valor de la propiedad suele subir de forma gradual, impulsado por factores reales como la demanda de vivienda, la ubicación o las mejoras que le hagas. Es una inversión a medio y largo plazo, que requiere mantenimiento, impuestos y un poco de paciencia. No buscas ganar dinero de la noche a la mañana, sino construir patrimonio y obtener una rentabilidad más estable y previsible.

Las inversiones especulativas
, en cambio, funcionan de forma radicalmente opuesta. Aquí no importa tanto el valor real o el uso de lo que compras, sino apostar a que el precio suba (o baje) rápidamente para vender y ganar con la diferencia. Puede ser con acciones que se compran y venden en el mismo día, criptomonedas, opciones u otros activos volátiles. El objetivo es el beneficio rápido, aprovechando movimientos del mercado que a menudo no tienen que ver con la utilidad real del activo. El riesgo es mucho mayor: se puede ganar mucho en poco tiempo, pero también perderlo todo igual de rápido.

La vivienda es un activo que sirve para algo concreto (habitar) y que genera valor de forma más sólida y a largo plazo. Especular es, básicamente, apostar a los precios, sin que importe demasiado lo que hay detrás. Son dos caminos con mentalidades, plazos y riesgos completamente diferentes.

El llamado “derecho a la vivienda” no crea ni una sola casa: solo pretende imponer sobre la propiedad ajena una obligación que no existe en el resto de bienes. Si la vivienda es un derecho que el Estado debe garantizar a costa del propietario, entonces la propiedad deja de ser un derecho y se convierte en un permiso revocable. Sin seguridad jurídica sobre lo que uno posee y construye, se reduce el incentivo a invertir, rehabilitar o alquilar, y el resultado histórico es siempre el mismo: menos oferta, más escasez y peores condiciones para quienes se pretendía ayudar.

Los llamados “fondos buitre” no abusa ningún derecho a la vivienda: simplemente ejercen el derecho de propiedad sobre activos que compraron legalmente, muchas veces a bancos que necesitaban sanear sus balances. Llamarlos “buitres” es sólo una forma de descalificar a quien invierte en inmuebles que otros no querían o no podían gestionar. El supuesto “derecho a la vivienda” no otorga a nadie la facultad de ocupar o permanecer indefinidamente en una propiedad ajena sin pagar lo pactado; convertirlo en arma política contra los propietarios (sean fondos, particulares o sociedades) solo genera inseguridad jurídica, reduce la oferta de alquiler y empeora las condiciones para todos. Sin inversores dispuestos a comprar, rehabilitar y alquilar, el parque inmobiliario se deteriora y la escasez aumenta. La vivienda no se multiplica por decreto ni por insultos: se multiplica cuando se respeta la propiedad.

La administración, al hiper-regular y fiscalizar cada paso de la construcción y el uso del suelo, termina impidiendo de forma práctica el así llamado y proclamado derecho a la vivienda que dice defender.


Cuando exige años de trámites, licencias, estudios de impacto, cuotas de cesión, normas urbanísticas rígidas, límites de altura o densidad, y una fiscalidad elevada sobre el suelo y la edificación, encarece y retrat enormemente la oferta de nuevas casas. Construir se vuelve más lento, más caro y más arriesgado. El resultado es una escasez artificial: hay menos viviendas disponibles de las que el mercado demandaría si las reglas fueran más ágiles y predecibles.

Esa escasez empuja los precios al alza, tanto de compra como de alquiler, y deja fuera a quienes menos recursos tienen. Paradójicamente, mientras se proclama el “derecho a la vivienda”, las propias normas administrativas lo convierten en un privilegio cada vez más difícil de alcanzar. Sin una oferta abundante y asequible, el derecho se queda en papel mojado: no se puede disfrutar de algo que, por exceso de regulación, simplesmente no se construye en cantidad suficiente.
 
(mensaje citado en revisión)

Que no está especulando dice... y tiene 180 zulos... por ahora... sí que le pagáis bien para lo que hace, así no se va del atleti.

Sin vivienda asequible no hay futuro, no hay familias, no hay nada, así que sí. Debería ser sagrada, nada de acaparar, nada de especular. Y la comida y la energía lo mismo.

Por cierto, para ti sonrisa:

 
La inversión en viviendas es algo radicalmente distinto a las inversiones especulativas.

Cuando compras una casa o un piso para invertir, estás adquiriendo un bien real y tangible: un lugar donde la gente puede vivir. Puedes alquilarlo y generar ingresos mes a mes o vivir tú mismo en él. Con el tiempo, el valor de la propiedad suele subir de forma gradual, impulsado por factores reales como la demanda de vivienda, la ubicación o las mejoras que le hagas. Es una inversión a medio y largo plazo, que requiere mantenimiento, impuestos y un poco de paciencia. No buscas ganar dinero de la noche a la mañana, sino construir patrimonio y obtener una rentabilidad más estable y previsible.

Las inversiones especulativas
, en cambio, funcionan de forma radicalmente opuesta. Aquí no importa tanto el valor real o el uso de lo que compras, sino apostar a que el precio suba (o baje) rápidamente para vender y ganar con la diferencia. Puede ser con acciones que se compran y venden en el mismo día, criptomonedas, opciones u otros activos volátiles. El objetivo es el beneficio rápido, aprovechando movimientos del mercado que a menudo no tienen que ver con la utilidad real del activo. El riesgo es mucho mayor: se puede ganar mucho en poco tiempo, pero también perderlo todo igual de rápido.

La vivienda es un activo que sirve para algo concreto (habitar) y que genera valor de forma más sólida y a largo plazo. Especular es, básicamente, apostar a los precios, sin que importe demasiado lo que hay detrás. Son dos caminos con mentalidades, plazos y riesgos completamente diferentes.

El llamado “derecho a la vivienda” no crea ni una sola casa: solo pretende imponer sobre la propiedad ajena una obligación que no existe en el resto de bienes. Si la vivienda es un derecho que el Estado debe garantizar a costa del propietario, entonces la propiedad deja de ser un derecho y se convierte en un permiso revocable. Sin seguridad jurídica sobre lo que uno posee y construye, se reduce el incentivo a invertir, rehabilitar o alquilar, y el resultado histórico es siempre el mismo: menos oferta, más escasez y peores condiciones para quienes se pretendía ayudar.

Los llamados “fondos buitre” no abusa ningún derecho a la vivienda: simplemente ejercen el derecho de propiedad sobre activos que compraron legalmente, muchas veces a bancos que necesitaban sanear sus balances. Llamarlos “buitres” es sólo una forma de descalificar a quien invierte en inmuebles que otros no querían o no podían gestionar. El supuesto “derecho a la vivienda” no otorga a nadie la facultad de ocupar o permanecer indefinidamente en una propiedad ajena sin pagar lo pactado; convertirlo en arma política contra los propietarios (sean fondos, particulares o sociedades) solo genera inseguridad jurídica, reduce la oferta de alquiler y empeora las condiciones para todos. Sin inversores dispuestos a comprar, rehabilitar y alquilar, el parque inmobiliario se deteriora y la escasez aumenta. La vivienda no se multiplica por decreto ni por insultos: se multiplica cuando se respeta la propiedad.

La administración, al hiper-regular y fiscalizar cada paso de la construcción y el uso del suelo, termina impidiendo de forma práctica el así llamado y proclamado derecho a la vivienda que dice defender.


Cuando exige años de trámites, licencias, estudios de impacto, cuotas de cesión, normas urbanísticas rígidas, límites de altura o densidad, y una fiscalidad elevada sobre el suelo y la edificación, encarece y retrat enormemente la oferta de nuevas casas. Construir se vuelve más lento, más caro y más arriesgado. El resultado es una escasez artificial: hay menos viviendas disponibles de las que el mercado demandaría si las reglas fueran más ágiles y predecibles.

Esa escasez empuja los precios al alza, tanto de compra como de alquiler, y deja fuera a quienes menos recursos tienen. Paradójicamente, mientras se proclama el “derecho a la vivienda”, las propias normas administrativas lo convierten en un privilegio cada vez más difícil de alcanzar. Sin una oferta abundante y asequible, el derecho se queda en papel mojado: no se puede disfrutar de algo que, por exceso de regulación, simplesmente no se construye en cantidad suficiente.
De hecho los multimillonarios no les gusta la vivienda como activo de inversión porque está sujeto a muchos impuestos.
 


Florentimos va a pegar ahora otro bowling de ciudac deportiva, 300 millonazos por la pati y todo elk negociazo que quiera hacer con el tinglao que le acaban de regalar.

Eso te parece estupendo pero porque eres retra y estás enamorao de piscinicius.
 


ya, torres de cristal, penaltis por piscinazos y goles de Emba(p)

Si no fuera por el tono del hilo, alguien se tomaría en serio tus argumentos
 

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