El precio de los relatos morales en la geopolítica económica
La discusión sobre quiénes son realmente los «malos» en el escenario global no es solo un ejercicio de moralina histórica: tiene consecuencias tangibles en los mercados, las sanciones y los flujos de inversión. Un reciente intercambio de argumentos ha puesto sobre la mesa una larga lista de agravios —desde la Guerra del Rey Felipe hasta la compra de Luisiana— para sostener que EE.UU. e Israel encarnan el papel de villanos. Pero, más allá del maniqueísmo, la pregunta relevante para el análisis económico es cómo esta narrativa condiciona las decisiones de los actores internacionales.
La lista interminable de agravios
Quienes defienden la tesis del «malo occidental» suelen recurrir a una cronología de expropiaciones, engaños y violencia: 1,2 millones de acres arrebatados a la tribu Delaware en 1737, los tratados rotos con los iroqueses, la Ordenanza del Noroeste que allanó la colonización. La acumulación de ejemplos busca demostrar un patrón de comportamiento que, según esta corriente, se extiende hasta el presente con las guerras en Oriente Medio. El problema es que la selección de hechos —siempre parcial— tiende a ignorar el contexto estratégico y económico de cada época.
Maniqueísmo y decisión económica
Cuando un inversor o un gestor de fondos se enfrenta a sanciones contra Rusia, China o Irán, la etiqueta de «buenos y malos» no es neutral. Quienes suscriben la visión de que EE.UU. es el malhechor histórico tenderán a desconfiar de las sanciones occidentales y a buscar alternativas en los bloques rivales. Esto tiene efectos medibles: desvío de flujos comerciales, primas de riesgo ajustadas y una fragmentación de los mercados financieros que ya se está produciendo. La narrativa moral, en suma, se traduce en carteras de inversión.
Ironías de la historia económica
Resulta curioso que, mientras se acusa a Occidente de depredador, los propios críticos suelen omitir que el desarrollo económico de potencias como China arrancó precisamente de la explotación de sus propias minorías y de una mano de obra barata que difícilmente encaja en el relato del «bueno». La realidad es que todos los imperios —y todas las grandes economías— se han construido sobre sombras. Lo relevante no es quién es más malo, sino cómo gestionamos los costes de transición hacia un orden más equilibrado.
El debate queda abierto: la lista de agravios es real, pero la economía no funciona con buenos y malos de película. Funciona con incentivos, poder y recursos escasos. Y en esa partida, todos los jugadores tienen las manos manchadas.