El ministro de Cultura avisa: negar el clima es ser un peligro
El Ministro de Cultura, Ernest Urtasun, ha dejado una frase que se ha convertido en el nuevo catecismo laico de la legislatura: quien niega el
cambio climático es un peligro para su país. Lo dijo, según quienes siguieron su intervención, con golpecitos en la mesa y aspavientos de matón de barrio, ese registro que convierte una opinión discutible en una amenaza moral. Y de propina, el mismo ministro que pontifica sobre ciencia escribió y publicó que medio lustro son 25 años. El lapsus no fue de teclado: quedó ahí, en redes, para burla general.
La anécdota del lustro sirve de termómetro. Un cargo que legisla cultura y alecciona sobre clima no domina las unidades de tiempo básicas. Eso no invalida automáticamente su discurso, pero sí desmonta la pose de autoridad científica con la que se lanza el mensaje. La soberbia, en política, suele ir reñida con el rigor.
Del aviso del ministro al gulag del comentario
La reacción no se hizo esperar. Buena parte del público interpretó el aviso como lo que parece: una etiqueta para criminalizar al discrepante. Si cuestionar el relato climático te convierte en peligro público, el paso siguiente es la censura, y varios mensajes lo dijeron sin rodeos: si pudieran, esta gente metía al disidente en un gulag o le pegaba un tiro en la nuca. La hipérbole es del foro, pero el fondo es serio: se está construyendo un marco donde dudar es delito moral.
Hay quien lo compara con la campaña de vacunación: primero fue «si no te vacunas, matas a tu abuelo»; ahora es «si niegas el clima, eres un peligro para tu país». La misma estructura, distinto envoltorio. El mensaje no busca convencer, busca señalar al hereje.
¿Qué dicen los datos del clima y quién los paga?
El núcleo del escepticismo que recorre el debate no niega que el clima cambie —lleva cambiando milenios—, sino que se atribuya al CO2 y a la acción humana, y sobre todo que eso justifique un paquete de medidas económicas. El argumento más repetido: el clima es estadística. Si la media de los últimos 25 años es superior a la de los 25 anteriores, hay subida; el desacuerdo está en la causa y en la factura.
La sospecha sobre el dinero es explícita: quien dice que el planeta se calienta cobra subvención; quien dice que se enfría, no. Es la nueva ciencia moderna, ironizan: paga y tendrás razón. A eso se suma el negocio del CO2, los mercados de derechos de emisión y la catarata de fondos públicos. Sánchez anunció 235.000 millones para combatir el cambio climático en España durante los próximos diez años, según los mensajes del debate.
La agenda que viene: huella, pasaporte y 15 minutos
El segundo frente del debate no es científico, es de control. Se citan el Foro de Davos y el rastreador de huella de carbono individual que Alibaba presentó para monitorizar lo que compras, lo que comes y dónde viajas. Se habla de pasaporte de carbono, de cuotas individuales por ciudadano, de la ciudad de 15 minutos y de confinamientos climáticos. La ministra Ione Belarra llegó a pedir medidas «radicales y muy rápidas» ante la emergencia climática, comparables a las de la pandemia. Ese paralelismo, en boca de quien gobierna, es el que más inquieta: la emergencia como excusa para restringir movilidad, eliminar el efectivo e imponer moneda digital.
El patrón se repite: primero la amenaza existencial, después la excepción normativa, al final el control. No hace falta creer en teorías conspirativas para ver el encadenado; basta leer las propuestas.
La DANA, las presas y el relato que no cuadra
En paralelo al dogma climático corre el asunto de la DANA y las presas. Varios mensajes sostienen que se abrieron presas de forma premeditada y sin avisar, y que eso, y no la lluvia, explica la catástrofe. La acusación es grave y no está probada, pero el reproche político es claro: la oposición no pide cuentas, y el Gobierno anuncia medidas con pavoneo mientras nadie responde por lo ocurrido.
Frente a eso, hay quien aporta datos para desmontar el relato oficial del clima extremo: los registros históricos de lluvia acumulada en un día en Valencia, Alicante, Barcelona y Málaga no muestran un aumento anormal de la intensidad, según un mensaje del debate. Si el dato no acompaña, el relato se sostiene a base de fe.
El cierre que nadie firma
Queda el fondo del asunto, el que no se resuelve con eslóganes: si el clima cambia por causas naturales, ¿por qué hay que pagar por ello? Y si la respuesta es que hay que pagar para que otros gestionen el miedo, entonces el debate no es científico, es político. El ministro puede seguir dando golpecitos en la mesa. El lustro seguirá teniendo cinco años, y el disidente, por ahora, solo tiene la palabra.