Pagar 40 euros por sexo frente a mantener pareja: el cálculo
¿Sale más barato pagar por sexo que sostener una pareja? Un varón de 42 años sostiene que sí lo cuenta sin rodeos: coge el coche, aparca y paga
40 euros por un encuentro con una mujer que, según su versión, no publicaba anuncios y atravesaba apuros económicos. De ahí extrae una tesis económica: quien mantiene a una pareja, dice, se empobrece. El cálculo que lanza es doméstico y buscapeleas: un sueldo «dos mileurista largo», entre
hipoteca, coche y sostener a otra persona, se queda en «
quinientos eurista»; con hijos, la cuenta empeora. El dinero, viene a decir, se divide entre dos y con él la capacidad de ahorro.
La reacción no se hizo esperar y abrió dos frentes. Uno, el de quien le señala que él también ha pagado por sexo. Otro, el de quien le discute la aritmética: pagar por cada encuentro es un gasto recurrente, no un ahorro.
El cálculo: pagar por encuentro o mantener una relación
El argumento central del relato es de caja: el gasto solo se produce cuando se consume, sin coste fijo mensual ni planes duplicados. Frente a eso, hay quien responde que el ahorro no se mide solo en euros, sino en tiempo y en salud, y resume la idea en una frase que circula por el debate: lo que más se ahorra es
saluc.
La disputa de fondo es otra: qué cuenta como coste y qué como inversión. Para unos, mantener una casa a dos es una sangría silenciosa; para otros, la relación aporta estabilidad y reparto de gastos que ninguna factura por horas refleja. Nadie en la discusión presenta una hoja de cálculo completa —el desglose partida a partida, con hipoteca, coche y ocio, es lo que nunca llega—, y ese hueco es precisamente donde cada bando coloca su relato.
¿Por qué el precio citado oscila entre 40 y 200 euros?
En el intercambio de cifras aparecen cuatro importes: los
40 euros del relato inicial, los 50 euros que otro participante considera suelo de mercado, los 70 euros que se mencionan en un caso localizado a través de una red social y los
200 euros por hora que alguien recomienda como servicio de referencia. La horquilla es enorme y cada tramo se justifica con una lógica distinta.
El razonamiento que más se repite es el de la clientela: a menor precio, más demanda y menos capacidad de seleccionar; a mayor precio, menos visitas y más margen para elegir. De ahí sale una idea estratégica que se repite en el debate: acudir en días y horas de baja afluencia, entre semana y a media tarde, cuando la agenda está vacía y la atención es mejor. La comparación que usa uno de los intervinientes es cinéfila: mejor una sesión de jueves a las seis que un estreno de sábado por la noche.
El mercado ha cambiado con las redes y las plataformas de pago
El diagnóstico compartido es que el sector se ha digitalizado. Los perfiles se localizan en redes sociales, se negocian por mensajería y conviven con las plataformas de contenido de pago, que varios participantes colocan en el mismo saco. Una parte del debate sostiene que ese desplazamiento encarece y complica el acceso, y otra defiende justo lo contrario: la oferta es más amplia y más fácil de comparar.
Aparece también el fenómeno del
sugardating, con acuerdos de pago periódico y perfiles identificables. Uno de los mensajes relata una cita de 70 euros concertada tras localizar el perfil en una red social ajena a las webs de anuncios. Es, en la práctica, la versión digital de un mercado que antes se organizaba por teléfono.
El riesgo sanitario que el relato deja fuera
Llama la atención que el relato inicial presuma de un encuentro sin preservativo y lo presente como parte del éxito. Varios intervinientes señalan ahí el punto débil: la exposición a infecciones de transmisión sexual es la parte de la factura que no aparece en ningún presupuesto. La crítica llega con tono de reproche, no de análisis.
La cuestión tiene poco de teórica. Todo contacto sin protección añade riesgo y lo razonable, ante cualquier duda, es una revisión médica y el consejo de un profesional sanitario. Ningún cálculo de ahorro compensa eso, y el debate, sobre este punto concreto, se queda sin réplica.
Quién es el cliente y quién el mantenedor
El intercambio más ácido no es económico, es de etiquetas. Quien paga por cada encuentro llama mantenedor a quien sostiene una relación estable, y le acusa de financiar una vida a cambio de fidelidad que, asegura, no siempre llega. Quien mantiene devuelve el golpe: pagar por sexo también te convierte en cliente.
En medio, un argumento que recorre buena parte del debate: la diferencia entre un pago explícito y un pago diluido en hipoteca, cenas y vacaciones sería de forma, no de fondo. Es la idea que resume uno de los mensajes con más recorrido: acaso hay alguna diferencia entre pagar por un encuentro o juntarse con una pareja convencional. La pregunta queda flotando, sin respuesta cerrada.
La factura final: divorcio y coste de oportunidad
Cuando la discusión salta al largo plazo, el número que aparece es el divorcio. Un interviniente sostiene que a más de uno, en un divorcio, la relación le ha salido a
10.000 euros la hora. Es una hipérbole, pero señala el coste de salida, que en este tipo de debates siempre se cita y nunca se desglosa.
Hay además una reivindicación de normalización: se pide poder decir abiertamente que se paga por sexo, igual que hoy se habla con naturalidad de otras orientaciones. Otros replican que ese reconocimiento público no existe y difícilmente existirá, y ahí la conversación se queda, con las posiciones intactas.
Con estos números en la mesa, la cuenta sentimental y la contable siguen sin cuadrar: nadie ha sumado todavía el ahorro del que presume el relato inicial y, a la vez, nadie ha restado la parte que no aparece en el presupuesto.