Estar soltero no tiene precio: el coste que no sale en la nómina
A las 5:30 suena el despertador. A las 8:30, ya ejercitado. A las 10:30, la casa recogida y por delante horas de calma hasta la siesta. Esa es la mañana que un soltero opone a la vida en pareja, donde —sostiene— el día arranca con reproches antes del primer café. La soltería, en este relato, no es una etapa de espera ni una derrota: es una decisión
vital y económica que, dice, sale a cuenta. En la discusión el dinero aparece antes que cualquier otra cosa.
La mañana que no discute nadie
El planteamiento de arranque es directo y algo corrosivo: quien convive con una pareja de carácter dominante acaba pagando un
peaje diario que empieza al amanecer. La tesis se apoya en la rutina propia —levantarse a la hora que uno quiere, ejercitarse temprano, tener la casa en orden a media mañana— frente a una vida conyugal que aquí se describe como una sucesión de broncas nacidas de la nada. La salida que se propone, entre bromas, es radical: quedarse soltero y no salir de la habitación.
Frente a esa postal aparece el contragolpe clásico. El ser humano es un animal social, se recuerda, y la soledad sostenida también pasa factura. No todos los mensajes van por el mismo camino: hay quien apunta un matiz que evita el blanco o negro, y sostiene que se puede estar bien de las dos maneras, siempre que la relación nazca del deseo y no del miedo a quedarse solo. Es la voz más templada de un intercambio que tiende al extremo.
El coste de mantener la convivencia
El dinero entra pronto en la ecuación. Una de las fórmulas más repetidas cifra el arreglo: a veces salvar un matrimonio son
200 euros al mes en una asistenta que evite las fricciones domésticas. La idea de fondo es que compartir techo no reparte cargas, sino que las multiplica: dos personas acaban decidiendo juntas hasta la marca del tomate frito y terminan agotadas del trámite. De ahí la propuesta que circula con más fuerza: cada uno en su piso.
La imagen que mejor resume el asunto es la del sábado por la mañana rumbo al centro comercial. Un soltero dedica ese tiempo a lo que le apetece; un emparejado lo entrega a la logística común. Los propios implicados lo cuentan con sorna y avisan a los que aún dudan de que no repitan su camino. Y añaden una advertencia que funciona como argumento: con los años, muchas parejas acaban siendo dos
compañeros de piso que comparten techo, nevera y facturas.
La dependencia económica que sostiene parejas muertas
El diagnóstico se vuelve más duro cuando se habla de por qué siguen juntos. Una corriente sostiene que muchas uniones no se mantienen por afecto, sino porque una de las partes no puede asumir el coste de marcharse: sin independencia económica, la puerta de salida queda cerrada y la dependencia actúa como pegamento silencioso. La consecuencia, dicen, es una convivencia que ni se quiere ni se aguanta, pero que se prolonga por pura inercia.
La réplica llega desde el otro lado y tiene su lógica. Mujeres con empleo y autonomía no tienen ninguna necesidad de ejercer de asistenta de nadie, así que el argumento del yugo económico se tambalea en cuanto hay dos sueldos en casa. Se puede estar muy bien de las dos maneras, insisten, y la felicidad no depende del estado civil, sino de si la relación aporta o solo ocupa. Ese equilibrio, sin embargo, es la excepción que confirma la queja general.
Paro, enfermedad y el momento de la retirada
El frente más incómodo es el que relaciona la convivencia con la vulnerabilidad. Circula una tesis que no aporta pruebas pero que se repite: la pareja aguantaría mientras el proyecto va bien y se desharía cuando llegan el paro o un problema de salud grave. La debilidad del otro, dice, se interpretaría como motivo de rechazo. Es una afirmación gruesa, sin más respaldo que la experiencia personal de quien la lanza, y conviene tomarla como lo que es: una opinión airada, no un dato.
La vejez y el miedo a quedarse solo
El tramo final del intercambio se desplaza a la edad. La observación más citada es la de esas parejas de ancianos muy unidas en las que, cuando uno fallece, el otro no tarda en seguirle. La explicación que se maneja no es romántica, sino práctica: pérdida de motivación. Quien ha trabajado en residencias añade el matiz decisivo —eso ocurre sobre todo cuando los hijos viven lejos o brillan por su ausencia— y lo remata sin adornos:
la vejez no perdona.
El soltero que no eligió serlo
No todo el mundo está solo por vocación. Hay un testimonio que rompe el tono triunfal del resto: el del
soltero forzado, sin círculo social ni atractivo para las aplicaciones de citas, que asume su situación con resignación y añade que la edad hace el resto. Su mensaje no pide lástima, solo precisión: la soltería no es una hazaña para quien la elige ni un castigo para quien la padece, sino dos cosas distintas que a veces comparten nombre.
Con los números sobre la mesa, la huida hacia la soltería debería ser masiva. No lo es. Entre los que se quejan de la convivencia y los que la defienden, casi nadie cambia de acera: unos porque no quieren y otros porque no pueden. La cifra que cierra el asunto no es un ahorro ni un gasto, sino el asiento reservado que nadie se atreve a dejar vacío.