1936: el golpe, las checas y el relato que sigue dividiendo
El golpe de Estado de julio de 1936 no lo orquestó Franco. Lo preparó la derecha monárquica desde el mismo día en que se proclamó la República, con Sanjurjo en 1932 y con el Dragon Rapide fletado por el marqués de Luca de Tena y el conde de los Andes para trasladar al general desde Canarias. Esa es la tesis que sostiene una parte del análisis histórico y que choca de frente con la versión más extendida, según la cual el alzamiento fue una reacción defensiva ante el desorden público y el avance revolucionario.
La discusión arranca de una pregunta que no es inocente:
¿se entiende o no se entiende ahora lo que ocurrió en 1936? Y la respuesta depende de dónde se ponga el foco. Quien mira al Frente Popular recuerda las palabras de
Largo Caballero —«si triunfan las derechas, tendremos que ir a la Guerra Civil declarada»— y los miles de asesinatos de civiles, curas y monjas en la zona republicana. Quien mira a la derecha señala la conspiración monárquica, la entrada de un partido fascista en el gobierno y el asesinato de
Calvo Sotelo sacado de su casa de la calle Velázquez de madrugada.
Quién dio el golpe de Estado de 1936
La autoría intelectual del golpe es el punto donde más se enreda la conversación. Hay quien sostiene que la derecha monárquica empezó a conspirar contra la República desde la reunión del 14 de abril en casa del conde de Guadalhorce, que en 1932 ya lo intentó con Sanjurjo y que en 1934 consiguió el apoyo de Mussolini con la mediación del borbón. En 1936, el marqués de Luca de Tena y el conde de los Andes fletaron el Dragon Rapide para trasladar a Franco.
En contra pesa un argumento que también circula:
Franco no creó el golpe, fue el último en unirse. Los generales Mola y Sanjurjo eran los principales, y Franco quedó primero tras morir los otros dos en accidentes aéreos. Cuando se monta en el avión, el alzamiento ya está en marcha: en Melilla, el 17 a las 17:00. Esa cronología, sostienen algunos, desmonta la idea de un Franco cerebro de la operación.
El detalle que nadie discute es que el alzamiento no iba dirigido contra la República como forma de Estado. Hasta la liberación de Badajoz, la bandera de las tropas era la tricolor, y un número relevante de generales eran republicanos. Lo novedoso de la acción, según esta lectura, es precisamente eso: no se hablaba de reinstaurar la monarquía.
Las checas, los fusilamientos y la represión en ambos bandos
La represión es el terreno donde las cifras se convierten en armas. Una parte del análisis sostiene que
Franco fusiló a unas 40.000 personas en periodo de paz y firmó más de diez condenas a muerte al día durante los diez primeros años. Otra parte lo niega con la misma rotundidad: Franco nunca firmó una condena de muerte, las condenas se revisaban por un auditor jurídico militar que proponía o no la conmutación, y las cifras de represión serían bulos de la izquierda.
Lo que sí está documentado, según quienes defienden la segunda versión, es que los expedientes de los condenados están a disposición de cualquier historiador:
30.000 condenas a muerte, de las que más de la mitad fueron conmutadas por cadena perpetua, aunque luego se beneficiaron de reducciones de pena. En 1946 quedaban muy pocos en la cárcel.
Antes de las checas, recuerdan otros, hubo un golpe de Estado. Las checas que se usaron para torturar y asesinar a miles de civiles en Cataluña no respondían a una necesidad militar, puesto que en Cataluña no había frente: eran centros de tortura y purga sistemática de disidentes. La secuencia que se defiende es clara: sin golpe de Estado previo, no hay checas.
El pucherazo del 36 y las elecciones que lo cambiaron todo
El resultado electoral de febrero de 1936 es otro campo minado. Una parte del análisis sostiene que las elecciones que ganó el Frente Popular por unos miles de votos
estaban más que amañadas. Otra parte responde que el gobierno salió de las urnas, con más o menos margen, y que eso es lo que importa en una democracia.
El argumento que más se repite en la primera línea es que el PSOE de entonces no era un partido democrático al uso. Las citas de Largo Caballero se usan como prueba:
«no es que queramos nosotros implantar la dictadura nuestra caprichosamente, sino que si hay quien tiene el mal pensamiento de intentar implantar en España una dictadura o el fascismo, entre la dictadura burguesa o el fascismo, nosotros preferimos la dictadura socialista». Y también: «el Partido Socialista va a la conquista del Poder, y va a la conquista, como digo, legalmente si puede ser».
La comparación con otras democracias aparece pronto. En Estados Unidos, Reino Unido o Francia, los partidos anti-democráticos no eran invitados a entrar en el gobierno. En España, se argumenta, sí ocurrió con un partido fascista que abogaba por el cierre del parlamento si este no se sometía a sus dictados.
La Segunda República y el paralelismo con la política actual
El salto al presente es explícito en buena parte de la discusión. Hay quien sostiene que
el PSOE actual es el mismo partido criminal, con las mismas siglas, que iba a convertir España en el patio trasero de los bolcheviques. Y quien responde que la derecha lleva décadas soltando bulos hasta lograr un golpe de Estado militar contra un gobierno que gustaba más o menos pero había salido de las urnas.
El paralelismo se extiende a la justicia. Una línea argumental defiende que existe una doble vara de medir: se persigue políticamente a la oposición a través de sus familiares mientras se exige ser intocable ante los tribunales. La otra línea responde que esa es exactamente la maniobra que llevó a la Guerra Civil y que acabará provocándola otra vez si no se para en los tribunales y en las urnas.
El papel de la Unión Europea aparece como último dique. Para una parte del análisis, es lo único que separa a España de una deriva autoritaria y de una inflación descontrolada al estilo argentino. Para otra, la UE es precisamente lo que ha frenado los intentos de controlar el Poder Judicial.
La discusión no se cierra. Unos ven en 1936 la prueba de que la izquierda buscaba la revolución y la guerra; otros, la prueba de que la derecha nunca aceptó las urnas.
Ochenta y ocho años después, la pregunta sigue sin una respuesta que satisfaga a ambos lados. Y quizá eso sea lo único que se entiende del todo.