España construye vivienda pública en baja altura: ¿debería apostar por rascacielos?
Mientras en otros países los edificios de vivienda social alcanzan las 20 o 30 plantas, en España la tónica son bloques de cuatro alturas. No es solo estética: hay quien ve en esa resistencia una oportunidad perdida para liberar suelo y hacer ciudades más compactas, y quien defiende el modelo actual por razones técnicas y sociales.
Los partidarios de la alta densidad argumentan que un edificio de 20 pisos, rodeado de amplias aceras y zonas verdes, puede alojar a tantas familias como cinco bloques de cuatro plantas, liberando espacio para parques y servicios. Además, reducen la dependencia del coche: al concentrar población, es viable conectar con transporte público. "Sería lo más ecológico", defienden.
Enfrente, los críticos señalan los problemas prácticos. Construir en altura exige separar los edificios al menos 100 metros para evitar el efecto "Blade Runner" y garantizar luz y ventilación. A 30 plantas, hacen falta varias plantas subterráneas de aparcamiento, triplicar la potencia de las conducciones de agua y diseñar sistemas contra incendios complejos. "No es tan sencillo, ni tan ventajoso, ni tan barato", resumen.
A esto se suma la visión social: los edificios altos son "deshumanizadores", convierten al vecino en un número. La baja densidad permite relacionarse en el jardín o la barbacoa, y evita los olores y ruidos del transporte público. Muchos prefieren recorrer 70 km en coche con su música antes que soportar un metro abarrotado.
El debate también roza lo cultural: algunos ven en el "miedo a los rascacielos" una imposición de la ideología "woke" importada de EE.UU., que demoniza la alta densidad. Sea como fuere, la vivienda pública española sigue anclada en las cuatro plantas, y el consenso sobre si es un acierto o un error está lejos de alcanzarse.