Milei ata las ayudas sociales a no cortar la calle
Quitar la prestación a quien bloquea una vía no es una medida cualquiera: es la primera vez que un gobierno argentino toca el mecanismo que sostiene la industria del piquete. La noticia, publicada por
laSexta bajo el titular de que Milei dejará sin ayudas sociales a quienes protesten contra los recortes, desató una tormenta en la que casi nadie discutía el dato y casi todos discutían la intención. El texto original habla de protestas; el matiz que se impuso en seguida fue otro: no es lo mismo manifestarse que cortar una autovía.
Qué dice exactamente la noticia y qué se le añadió
El titular habla de protestas contra los recortes. La interpretación dominante en la conversación fue más estrecha: la medida apunta a quienes
cortan las calles impidiendo la libre circulación del resto de ciudadanos, no a quien se manifiesta en una plaza o en la acera. Esa distinción, que en el titular se diluye, es la que ordena todo el resto del asunto.
Hay quien sostiene que el verdadero objetivo no es el derecho de huelga ni el de manifestación, sino desmontar una estructura previa: la
industria del piqueterismo, un invento peronista que llena el centro de Buenos Aires de gente que condiciona su prestación a su asistencia al corte. Bajo esa lectura, el subsidio no es una red de protección, es la nómina de un ejército de movilización. Y quien cobra por cortar tiene, por definición, un problema de incentivos.
La objeción llega por otro lado y es la más incómoda:
quitar una ayuda por una infracción administrativa o penal que no tiene relación con lo laboral abre una puerta que conviene mirar dos veces. Si el criterio es la conducta en la calle, el criterio es político. Y ahí entra el argumento clásico: si lo hiciera el gobierno de enfrente con los manifestantes de Ferraz, la queja sería unánime.
El doble rasero que nadie niega
El paralelismo con España apareció pronto y no se fue. Los cortes de autovía de cierto perfil social se leen como reivindicación legítima; los mismos cortes con otro perfil se leen como sabotaje. La asimetría no la inventa nadie: se practica. Y quien la señala no está defendiendo a Milei, está describiendo el suelo sobre el que se discute.
En el fondo late una tesis más dura, la del liberalismo clásico llevado al extremo:
si tu pan depende de lo que decida el señor, no eres libre, eres dependiente. La libertad de cortar la calle, bajo esa lógica, solo es plena cuando no necesitas la paguita para comer. Mientras tanto, es lo que hay.
Los muertos de la dictadura y el resto del relato
El asunto derivó hacia un terreno mucho más espeso: las cifras de la dictadura argentina. La discusión se enredó en si Milei niega o matiza, en la diferencia entre
30.000 y 9.000 muertos y en quién firma cada cifra. Unos recuerdan que la de 9.000 es la oficial y la de 30.000 proviene de organismos no estatales; otros responden que discutir el número es la forma más elegante de negar el hecho.
La comparación con España se hizo sola: la memoria histórica, la guerra civil y la sospecha de que el relato dominante lo escriben quienes salen bien retratados en él. Es el mismo mecanismo, con otro acento.
Lo que de verdad se está midiendo
Más allá del ruido, la conversación dejó un cálculo implícito que conviene mirar con calma: cuánta gente vive de la estructura de la protesta y cuánta protesta porque vive de la estructura. El desglose completo de esa relación, con sus partidas, es lo que da la medida real del asunto.
Y una predicción con reservas: si la medida se sostiene y el piquete pierde su nómina, el corte de calles caerá por falta de caja antes que por convicción. Si se sostiene a medias, el conflicto se trasladará del asfalto a los tribunales. Ninguna de las dos cosas está resuelta.