Milei gana en Argentina y el peronismo se hunde en sus propios feudos
El candidato oficialista, Sergio Massa, concedió la victoria a Javier Milei antes de que se publicaran los datos oficiales, anunciados para las 21 horas. La escena descolocó a propios y extraños: no es habitual que quien maneja el aparato del Estado asuma la derrota con poco más de la mitad del escrutinio. Milei, un candidato sin partido, sin gobernadores y sin estructura territorial, se convirtió en presidente de Argentina. Y el patrón del voto fue tan brutal como previsible para quien conoce el país: ganó donde se trabaja.
Bueno, eso dicen los números.Dónde ganó Milei: márgenes de 80/20 en las provincias que sostienen el país
Córdoba, Santa Fe, Mendoza, Entre Ríos, Corrientes y la Ciudad de Buenos Aires dieron a Milei triunfos descritos como avasallantes, con horquillas que llegan al 80/20 y al 70/30. Son las provincias que generan riqueza y sostienen fiscalmente al resto. Enfrente, el peronismo solo habría conservado cuatro provincias, todas ellas marcadamente dependientes de los subsidios y del empleo público. Incluso en distritos de tradición peronista enquistada el candidato liberal se habría impuesto.
En la provincia de Buenos Aires, el bastión más pesado del oficialismo, la diferencia obtenida no bastó para equilibrar la balanza nacional. Las proyecciones manejadas apuntaban a una suma global en torno al 55/45, con escenarios de 60/40 e incluso 62/38. El detalle provincial importa más de lo que parece: no vota igual un feudo donde el empleo depende del Estado que una región agroexportadora con autonomía económica.
El peronismo se juega la calle: diez gobernaciones, el Senado y los sindicatos
Ganar la presidencia no es ganar el poder. El peronismo mantiene el control de alrededor de diez gobernaciones, una presencia fuerte en el Senado y notable en la Cámara de Diputados. A eso se suma el dominio de los sindicatos y de cientos de miles de empleados públicos, más las intendencias repartidas por miles de municipios. Milei no tiene intendentes, ni gobernadores, ni apenas legisladores propios.
El reacomodamiento posterior a una elección sorpresiva —las encuestas apuntaban a un cabeza a cabeza— se convierte así en el verdadero campo de batalla. La pregunta que queda en el aire no es quién ganó, sino qué hará el peronismo en retirada con ese aparato intacto.
La campaña más cara: entre 2 y 3 puntos del PBI y dos billones en pagos directos
La maquinaria oficialista gastó, según el relato recogido, entre dos y tres puntos del PBI en su campaña. Se habla de regalos de dinero en mano, créditos bancarios de hasta el equivalente a 1.000 dólares por solicitante, publicidad negativa contra Milei con fondos prácticamente ilimitados y una ola de subsidios al transporte, la energía y el control de precios. La cifra que circula como pago directo asciende a dos billones de pesos en pocos meses.
También hubo nombramientos masivos de personal en planta permanente. Todo ese andamiaje, advierten, saltará por los aires con el cambio de gobierno. La anécdota que resume el descontrol: a mediodía del día electoral, la estructura oficialista habría suspendido el traslado de votantes al comprobar que estaba pagando el viaje a personas que no la votaban.
Salarios en dólares: de 1.421 a 341 en una década
El dato que explica el hartazgo es la pérdida de poder de compra medido en moneda dura. En agosto de 2012, una remuneración promedio de 6.610 pesos equivalía a unos 1.421 dólares al tipo de cambio oficial. Con el dólar de mercado situado en 878 pesos y un salario promedio cercano a los 300.000 pesos, ese poder de compra se habría desplomado hasta unos 341 dólares. La comparación con países de riqueza similar apunta a que Argentina debería moverse entre 650 y 1.500 dólares.
En paralelo, la pobreza oficial pasó del 31% con el que Macri asumió en 2015 al 35% con el que se fue en 2019, y del 31% con el que arrancó la gestión actual al 40% con el que la deja, según cifras del INDEC. Otras mediciones privadas elevan el porcentaje. Aquí entra un matiz incómodo: con la mitad de la economía en negro, buena parte de quienes figuran como pobres en las estadísticas tienen ingresos muy superiores a los que declaran.
El ajuste del 80% y la incógnita de la dolarización
El programa que Milei defendió contempla recortar el gasto público alrededor de un 80%, bajar impuestos sobre el capital y atraer inversión extranjera. El argumento de fondo es que eliminar la inflación y crecer resulta más sencillo en un país rico que en uno empobrecido, y que vecinos como Paraguay, Bolivia, Uruguay o Chile ya han demostrado que las recetas no son imposibles. El reajuste inicial, admiten incluso los más optimistas, será duro.
La pregunta práctica sigue sin respuesta. Con gobernadores, senadores, sindicatos y cientos de miles de empleados públicos en contra, la velocidad de cualquier reforma dependerá de la capacidad de negociación. Y buena parte de los votantes que hoy celebran en la calle estarán en la vereda opuesta en cuanto llegue la primera factura del ajuste.
Falta ver cuánto tarda en romperse el encanto. Milei llega con un respaldo contundente y con la expectativa de un milagro económico que nadie ha explicado cómo se ejecuta. Ahí se atasca el análisis: entre el mandato claro de las urnas y la realidad de un país que lleva décadas sin que la aritmética cuadre.