El invierno más suave en Sevilla: 28 récords de enero en la AEMET
Enero se cerró en Sevilla sin una sola helada. Ni una. El termómetro del coche no bajó de un grado, hubo jornadas con máxima de 22 grados y las predicciones a quince días no anunciaban ninguna mínima bajo cero. Lo que empezó como una impresión de barrio tiene un respaldo que llegó con el mes ya avanzado:
28 observatorios de la AEMET batieron el récord de máxima absoluta de enero, de un total de 832 estaciones repartidas por el país. La sensación de invierno raro dejó de ser una sensación.
¿Por qué Sevilla cierra enero sin heladas?
La mínima media climática de la capital hispalense se mueve entre los 6 y los 7 grados durante el invierno. No es terreno abonado para las heladas: el histórico recoge episodios de frío entre noviembre y marzo, con una mínima absoluta cercana a los -6 grados, pero nada obliga a que el termómetro toque fondo cada año. En los inviernos previos, incluso los suaves, solían contarse entre cinco y siete días con helada. Este año,
cero.
La estadística de largo plazo rebaja el asombro por otro lado: en la mayoría de los años no hiela en la ciudad, y cuando ocurre suele ser en la parte más avanzada del invierno. Hay hasta quien defiende, con los datos de esta temporada en la mano, que
el invierno está siendo de media algo más frío de lo habitual. Depende del observatorio y del día que se elija. Una de las ciudades más cálidas de Europa continental se comporta, en enero, como tal.
El frío se mudó al norte y a la meseta
El contraste geográfico es la otra mitad del relato. En Madrid el invierno se ha sentido normal, con noches bajo cero y días en los que hace falta abrigarse en serio. La meseta y el norte acumulan lluvia, viento y frío desde octubre, hasta el punto de que hay quien lo describe como el invierno más frío de los últimos cinco años en esas zonas. En la meseta norte, con capitales que han llegado a los 15 grados bajo cero, discutir el frío resulta casi ofensivo.
La nieve, en cambio, es la prueba incómoda.
Se han cerrado casi todas las pistas de esquí y la que cae en la sierra se derrite en pocos días. La estampa de esquiar en enero es hoy más un recuerdo que una costumbre, y eso también es un dato. El último episodio de frío de verdad que muchos recuerdan sigue siendo el de Filomena, que ya queda lejos.
Los récords que se apilaron en enero
El goteo de marcas fue constante. Un
pueblo de la provincia de Sevilla registró 29 grados, tres por encima de su anterior máxima histórica para enero. Los 28 récords de la red oficial no son una casualidad aislada, sino la punta de un patrón que llevaba semanas cocinándose: máximas por encima de los 20 grados, mínimas que no bajan y anticiclones encadenados que prometen prolongar la tregua.
Hubo contrapunto. La extensión del hielo ártico cerró la temporada en una de sus cotas más altas de las últimas dos décadas, y Moscú pasó el invierno en la media, con días más fríos y días más cálidos. La lectura es sencilla si uno no busca titulares: el planeta no se calienta de forma uniforme, y el calentamiento global no implica que cada punto del mapa registre un récord cada enero. Incluso hay pronósticos populares, de esos que se fían del comportamiento de los insectos, que anuncian un temporal de nieve y frío. De momento, no ha llegado.
La sequía, el dato que no acaba de cuadrar
La lluvia llegó, y mucho. En Madrid cayeron
más de 400 litros entre el 1 de septiembre de 2023 y el 31 de enero de 2024, cuando esa cifra ronda su media de un año entero. En Sevilla se recogieron 85 litros en una sola jornada. Y sin embargo, quien mira el campo avisa de que el suelo está seco, de que la hierba de estos meses no es la de otros años.
El motivo tiene que ver con dónde cae el agua. Sevilla bebe en verano de los embalses de cabecera, los de Granada y Jaén: puede llover sobre la capital lo que quiera que, mientras no se llenen los pantanos de la alta Andalucía, la sequía sigue ahí. La lluvia de un día no rellena un embalse a cien kilómetros si no llueve también allí.
Por qué los récords se baten en aeropuertos
Una parte del análisis pone el foco en las estaciones que registran los datos. Los récords de temperatura tienden a caer en observatorios de aeropuerto, y hay quien sostiene que Madrid compara hoy su clima con el de una ciudad muy distinta a la de 1981:
una superficie asfaltada y construida que entonces no existía y un periodo de referencia que no ha dejado de envejecer. Con la media anclada entre 1981 y 2010, cualquier década posterior sale más cálida por construcción, argumentan.
Es el tipo de objeción que no niega la tendencia, pero discute su intensidad. Y tiene su propia trampa: si el calor se debe al asfalto, ese asfalto sigue ahí y sigue sumando grados. La polémica sobre el aeropuerto de Sevilla tampoco se resuelve sola. Su máxima histórica sigue registrada en los años noventa, hace casi tres décadas.
Con estos mimbres, la conclusión se atasca siempre en el mismo punto: unos ven la prueba del calentamiento global, otros ven un ciclo entre muchos, y los datos de un solo enero no bastan para cerrar ninguna de las dos. Lo que sí queda claro es que discutir sobre el tiempo ha dejado de ser una conversación de ascensor. Ahora se discute con gráficos, con series de la AEMET y con la calculadora a mano. Y aun así, nadie se pone de acuerdo.