El 28F no se celebra igual en Jaén que en Sevilla
28 de febrero. Día de Andalucía. En un municipio gaditano de casi 50.000 habitantes, un vecino asegura haber contado una sola bandera andaluza en los balcones, y añade que hay más cuando el Real Madrid gana la liga. La anécdota no es una estadística, pero mide bien el termómetro de una fiesta autonómica que sigue sin cuajar en buena parte del territorio que dice representar. Las críticas llegan desde varios frentes y no siempre coinciden: unos discuten la fecha, otros el sujeto y otros el invento entero.
¿Qué se conmemora cada 28 de febrero?
El 28F remite al referéndum que abrió la puerta a la comunidad autónoma, y ahí arranca el desacuerdo. La versión institucional reparte el mérito entre las ocho provincias. La que circula por los márgenes tiene otro reparto: hay quien sostiene que en
Jaén y Almería ganó el sí en el proceso estatutario y que el
referéndum almeriense de integración quedó marcado por la picaresca. La propia mecánica se pone en duda: se recuerda que basta con que el sí gane en las provincias que quieran formar la autonomía, y que la provincia donde gane el no queda fuera de ella. Si el acta fundacional se discute, la fiesta que lo conmemora arrastra la sospecha desde el primer minuto.
Nada que celebrar, resumen desde el otro lado.
De Canal Sur a la jota: el reparto cultural entre oriente y occidente
El segundo frente es cultural, y aquí el argumento se afila. La queja más repetida apunta a un
sesgo occidental en la radiotelevisión autonómica: se afirma que sus programas y retransmisiones han mirado siempre hacia Sevilla, Cádiz y Huelva, y que la Andalucía oriental —Jaén, Granada, Almería— aparece en parrilla cuando toca rellenar. Desde ahí se intenta explicar la irritación con dos señas exportadas como andaluzas universales: el
flamenco y las
sevillanas.
La tesis más dura sostiene que ambos géneros, tal y como se consumen hoy, empezaron a fabricarse como reclamo en los
años 70, y que el folclore real de Jaén era el bolero y la jota. Colocar la prueba en esa década es discutible; colocar la percepción, no tanto. En las discotecas de la capital jiennense, a finales de los 90 sonaba más la mákina catalana y el bacalao valenciano que el
breakbeat, y quien defiende esa cronología sitúa la llegada del género a la ciudad entre
1999 y 2002, no antes. El dato no zanja nada, pero funciona como marcador territorial: la memoria musical también sirve para discutir quién manda en el relato.
Blas Infante: de fusilado a busto de rotonda
Ninguna figura concentra más rechazo que la del padre del nacionalismo andaluz. Su biografía oficial lo sitúa como autor de la letra del himno —
la bandera blanca y verde, tierra y libertad— y como fusilado en 1936 por el bando nacional. Después llegó la otra vida: bustos en miles de rotondas y un culto institucional que a muchos les suena a fabricación tardía.
Contra él circulan atribuciones que se repiten sin más aval que la repetición: supuesta conversión religiosa, supuesta pertenencia a la masonería, origen terrateniente y un discurso equiparado al de otros nacionalismos periféricos. Hay quien lo defiende con un matiz: nacionalista, sí, pero no excluyente, y por eso incomparable con otros referentes. El resultado es una figura que hoy sirve para todo menos para unir: los que la veneran y los que la detestan no discuten los mismos hechos.
El problema de fondo: si la autonomía nunca se pidió
Por debajo del 28F late una crítica más ancha: la del propio Estado autonómico. Una parte de quienes intervienen no discuten la bandera, discuten el marco. Se describe el sistema como un reparto impuesto —
autonosuyas, lo llaman— que habría terminado por romper lo que costó unir, y se recuerda que en algunas comunidades la ciudadanía no votó nada: en Cantabria, se afirma, fueron los alcaldes quienes decidieron la integración.
El argumento económico se cuela por ahí. Se sostiene que desde mediados del siglo XIX el reparto industrial se decidió en el triángulo Madrid-Bilbao-Barcelona y que a Andalucía le quedó el papel de suministradora de mano de obra barata, con la etiqueta de canción andaluza reconvertida en copla española como ejemplo de apropiación cultural. La conclusión que se extrae es incómoda: el 28F no sería una fiesta mal organizada, sino la coartada de un reparto que nunca benefició a quien dice representar.
El desempleo masivo y la precariedad se citan como el gran argumento contra la celebración, cuarenta y cuatro años después del estreno autonómico. Pero eso no explica por qué la bandera verdiblanca ondea menos que la del Madrid en algunos balcones. Ese dato no está en ningún anuario y sigue sin traducirse.