El Moskva se hunde entre tormentas oficiales y misiles Neptune
Para buena parte de los participantes en el debate, un crucero de 187 metros de eslora y cuatro décadas de servicio no se va al fondo del mar por una racha de viento. El Ministerio de Defensa de Rusia mantiene que el
«Moskva» se hundió mientras era remolcado a su destino en una tormenta, con la tripulación ya evacuada a otros barcos de la Flota del Mar Negro. Un alto funcionario de Defensa de Estados Unidos sostiene que fueron
dos misiles ucranianos Neptune los que lo alcanzaron. Las dos versiones no caben en el mismo relato.
El episodio, en el mar Negro, dejó al buque insignia de la flota rusa fuera de combate. Y abrió una discusión que va bastante más allá del parte militar: la del hundimiento como
ajedrez submarino de una guerra donde la información llega ya cocinada.
¿Por qué un crucero de 187 metros se hunde tras un impacto?
La objeción más repetida es de pura física. Un misil que impacta
fuera de la línea de flotación no debería mandar al fondo a un buque de 187 metros de eslora. Circula también la versión de que no fue el impacto, sino un
fuego interno seguido de la explosión de la munición almacenada, la que salva ese escollo. Con esa versión, el tamaño del barco deja de ser un problema y pasa a ser la causa.
La otra lectura es la contraria. Si el incendio fue interno, el fallo es de diseño o de mantenimiento; si lo provocó un misil, el fallo es de defensa antiaérea. Cuarenta años de servicio dan munición argumental a las dos. Y hay quien apunta a un tercer ángulo, más terrenal: reconocer que detonó munición propia complica la cobertura de la pérdida, mientras que atribuir el golpe al enemigo la deja en el terreno de lo bélico.
El precedente del Atlantic Conveyor: 212 metros y dos Exocets
Para medir si dos misiles bastan, la comparación que circula es la del
Atlantic Conveyor, un buque de 212 metros de eslora, mayor que el «Moskva», alcanzado por dos Exocet en el Atlántico Sur y perdido. El dato sirve a quien defiende que el tamaño no inmuniza a nadie. A quien no lo compra le queda el
General Belgrano y su propia discusión sobre qué hundió realmente a un buque grande.
La discusión tiene un detalle incómodo: el misil que se atribuye al ataque es de
diseño ucraniano. Eso convierte el hundimiento, si la autoría se confirma, en un golpe técnico y en un golpe moral al mismo tiempo. No es lo mismo perder un barco en un combate abierto que perderlo amarrado a la logística del miedo.
La tormenta que nadie encuentra en los mapas
El parte oficial alega mal tiempo durante el remolque. Hay quien sostiene haberlo comprobado por su cuenta:
no había tormenta en la zona ese día. Es una verificación casera, sin más aval que la comprobación propia, pero apunta justo a la línea de flotación del relato: no el barco, la versión.
Lo que sí está documentado es el antes. Una imagen satelital difundida por
Maxar Technologies mostraba al «Moskva» atracado en Sebastopol, en Crimea, la semana previa. El buque existía, estaba allí y ya no está operativo. El resto lo pelea cada bando con sus filtraciones. Circuló incluso una entrevista paródica en la que un capitán imaginario aseguraba haber hundido el barco a propósito desde una moto de agua: la sátira como termómetro de hasta qué punto el relato oficial se había agotado.
¿Quién controla el relato del hundimiento?
La agencia oficial rusa
TASS dio el hundimiento como un remolque fallido. El diario estadounidense
The New York Times recogió la atribución a dos Neptune por parte de un cargo de Defensa. En medio hay una corriente que no discute el barco sino el marco: que en esta guerra
ninguna de las dos propagandas es fiable y que solo merecen crédito los datos que cada parte se ve obligada a reconocer, como el propio comunicado ruso del hundimiento.
De ahí sale la lectura más política que se apuntó: si la OTAN empieza a entregar misiles antibuque con la misma alegría con que entregó antitanque, la flota de superficie tiene un problema de supervivencia. Nadie ha anunciado ese paso. Nadie lo descarta tampoco.
Qué queda del buque insignia
El «Moskva» era el orgullo de la Flota del Mar Negro y ahora es un pecio en el fondo. La predicción con reservas es la única honesta: si el hundimiento acaba acreditado como ataque con misiles, cambia la doctrina naval de medio mundo; si se queda en incendio accidental, cambia solo la biografía del almirantazgo ruso. Hasta que una de las dos versiones se caiga por su propio peso, cada bando seguirá contando la suya.