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Será en Octubre
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El Evangelio de Mateo 22,34-40 presenta a Jesús respondiendo a un doctor de la ley que le pregunta cuál es el mandamiento principal. Jesús une el amor a Dios con el amor al prójimo como resumen de toda la Ley y los Profetas.
El Evangelio de Mateo 22,34-40 presenta a Jesús respondiendo a un doctor de la ley que le pregunta cuál es el mandamiento principal. Jesús une el amor a Dios con el amor al prójimo como resumen de toda la Ley y los Profetas.
Hay una escena en el Evangelio de Mateo que funciona como una síntesis de todo el Nuevo Testamento, y que la liturgia católica propone para el domingo 25 de octubre. Un doctor de la ley se acerca a Jesús con una pregunta que en el judaísmo del siglo I no era inocente: cuál es el mandamiento principal de la ley. La tradición rabínica contaba 613 preceptos en la Torá, y los maestros discutían cuál de ellos resumía los demás. La respuesta de Jesús no inventa nada nuevo, pero los une de una forma que resultó revolucionaria: el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables.
El texto de Mateo 22,34-40 sitúa la escena después de que Jesús haya hecho callar a los saduceos, el grupo sacerdotal que negaba la resurrección. Los fariseos, al ver el resultado, se reúnen y envían a uno de los suyos, un doctor de la ley, para ponerlo a prueba. La pregunta es la siguiente: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». No era una curiosidad intelectual. Buscaban una respuesta que pudiera ser usada contra él, bien por exceso o por defecto.
Jesús responde citando Deuteronomio 6,5: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». Este texto formaba parte del Shemá, la oración que todo judío recitaba dos veces al día y que estaba escrita en las filacterias y en las mezuzot de las puertas. Era el corazón de la identidad religiosa de Israel. Hasta aquí, nada que un fariseo pudiera reprochar.
El giro llega con el segundo mandamiento. Jesús añade: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», tomado de Levítico 19,18. Y afirma que este segundo es semejante al primero. La palabra griega que usa Mateo es *homoía*, que significa semejante, comparable. No dice que sea inferior ni que sea un añadido. Lo pone al mismo nivel. En esos dos mandamientos, concluye, se sostienen toda la Ley y los Profetas.
Los rabinos contemporáneos de Jesús conocían ambos textos. Deuteronomio 6,5 y Levítico 19,18 aparecían en las discusiones éticas de la época. Lo que resultó creativo, y hasta cierto punto escandaloso, fue unirlos como resumen de toda la Escritura. El Evangelio de Marcos recoge la misma escena y añade un detalle que Mateo omite: el escriba reconoce que Jesús ha respondido bien y que amar al prójimo como a uno mismo «vale más que todos los holocaustos y sacrificios» (Marcos 12,33). Es decir, más que el culto entero.
La tradición cristiana posterior desarrolló esta intuición hasta sus últimas consecuencias. La Primera carta de Juan, escrita a finales del siglo I, lleva la lógica a un terreno incómodo: «Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es mentiroso» (1 Juan 4,20). No se puede separar el amor vertical del horizontal. Lo que le da gloria a Dios, en esta lectura, es que amemos al ser humano como lo amamos a Él.
El teólogo dominico Fray Miguel de Burgos Núñez (1944-2019), en su comentario a este pasaje, lo expresaba con claridad: «No es posible amar a Dios más que al hombre». La frase tiene trampa, porque suena a exageración, pero recoge bien la radicalidad del texto evangélico. Jesús no pone al prójimo por encima de Dios. Dice que el amor a Dios pasa necesariamente por el amor al prójimo, y que no hay forma de separarlos.
La primera lectura de ese domingo, tomada del libro del Éxodo (22,20-26), ayuda a entender de dónde viene esta preocupación por el prójimo. El texto forma parte del llamado Código de la Alianza, un conjunto de prescripciones que la tradición sitúa en el contexto del pacto entre Dios e Israel tras la salida de Egipto. No son leyes abstractas. Son normas concretas sobre cómo tratar al emigrante, a la viuda, al huérfano y al pobre que pide un préstamo.
El texto es directo: «No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fuisteis vosotros en la tierra de Egipto». La razón que da no es humanitaria en el sentido moderno. Es biográfica. El pueblo de Israel sabe lo que es ser extranjero porque lo fue. Y si explota a los vulnerables y estos gritan, Dios escucha. La imagen es contundente: «se encenderá mi ira y os mataré a espada; vuestras mujeres quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos». La misma suerte que se quería evitar para los demás recae sobre quien los oprime.
Hay un detalle económico que merece atención. El texto prohíbe cobrar intereses a un pobre del pueblo: «Si prestas dinero a alguien de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero cargándole intereses». Y si se toma en prenda el manto del deudor, hay que devolverlo antes de que anochezca, porque no tiene otra cosa con la que cubrirse. La ley protege la dignidad mínima del que no tiene nada. No se trata solo de no abusar. Se trata de no despojar a quien ya está despojado.
Este código, con sus 613 preceptos en el conjunto de la Torá, no era un sistema arbitrario. Buscaba dar identidad a un pueblo que acababa de salir de la esclavitud. La preocupación social es manifiesta, y la dimensión religiosa es inseparable de ella. La comunión con Dios se realiza en la existencia de los humildes y con el prójimo necesitado. Esa es la línea que conecta el Éxodo con el Evangelio de Mateo.
La segunda lectura, de la Primera carta a los Tesalonicenses (1,5c-10), aporta otro ángulo. Pablo escribe a una comunidad recién fundada, en una ciudad de la provincia romana de Macedonia, y les recuerda cómo acogieron la Palabra «en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo». Se habían convertido a Dios abandonando los ídolos, y su fe se había difundido por Macedonia y Acaya, las dos provincias romanas que ocupaban el norte y el sur de la Grecia actual.
La carta es uno de los documentos más antiguos del Nuevo Testamento. Se suele datar hacia el año 51 d.C., apenas veinte años después de la muerte de Jesús. Pablo no escribe desde la calma. Escribe desde la urgencia de una comunidad que espera la vuelta inminente del Señor y que ha tenido que romper con su entorno religioso anterior. Los ídolos, dice el texto, no tienen corazón. No acompañan, no se inmutan. El Dios vivo, en cambio, se ha manifestado en un crucificado que ha resucitado.
El comentario de Burgos Núñez señala que esta afirmación de abandonar los ídolos no debería avergonzar a los cristianos en un tiempo de interculturalidad religiosa. Todo aquello que no ofrece vida verdadera a una persona no puede ampararse en el diálogo. La fe paulina es un reto, una llamada a la esperanza. Los primeros cristianos fueron acusados de «superstición depravada llevada hasta el exceso», y el exceso era el amor por los hombres fundamentado en un crucificado. Una locura para la mentalidad romana.
La liturgia del domingo 25 de octubre cierra el ciclo con una pregunta que no ha perdido vigencia: qué es lo esencial. En un mundo de normas, tradiciones y discursos que compiten por la atención, el Evangelio de Mateo ofrece un criterio simple y exigente a la vez. No se trata de elegir entre amar a Dios o amar al prójimo. Se trata de entender que lo uno pasa por lo otro.
El texto de Mateo no dice que los demás mandamientos sobren. Dice que en esos dos se sostienen. La Ley y los Profetas, es decir, toda la Escritura hebrea, encuentran su apoyo en el amor. Es una afirmación teológica, pero también práctica. Cualquier norma que se aplique sin amor al prójimo, en esta lógica, ha perdido su fundamento. Y cualquier amor a Dios que se desentienda del hermano, según la Primera carta de Juan, es una mentira.
La tradición católica celebra ese domingo con la memoria de san Crisanto y santa Daría, mártires romanos del siglo III, y con la fiesta de los santos Crispín y Crispiniano. Son nombres que casi nadie recuerda, pero que forman parte del calendario. La liturgia no elige las lecturas por los santos del día. Las elige por el ciclo. Y este domingo toca hablar de lo esencial. De lo que queda cuando se desmonta todo lo accesorio.
El mensaje del Evangelio de Mateo 22,34-40 no es una novedad doctrinal. Es una síntesis. Pero las síntesis, a veces, son lo más difícil de aceptar. Porque obligan a elegir. Y elegir el amor al prójimo como criterio de todo lo demás no es cómodo. Nunca lo fue.
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(mensaje citado en revisión)