Religión: Santo evangelio de hoy. Domingo, 18 de octubre, "Aclamad la gloria y el poder del Señor" **************************************Sto.Rosario a las 22.00

Santo evangelio de hoy. Domingo, 18 de octubre, "Aclamad la gloria y el poder del Señor" **************************************Sto.Rosario a las 22.00
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

El Evangelio de Mateo 22, 15-21 recoge la respuesta de Jesús a quienes le preguntan si es lícito pagar el impuesto al César: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». La escena ocurre en Jerusalén, en los días previos a la pasión, y la moneda que le muestran es un denario con la efigie del emperador Tiberio.

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El Evangelio de Mateo 22, 15-21 recoge la respuesta de Jesús a quienes le preguntan si es lícito pagar el impuesto al César: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». La escena ocurre en Jerusalén, en los días previos a la pasión, y la moneda que le muestran es un denario con la efigie del emperador Tiberio.

Hay una escena que conviene imaginarla despacio, porque se ha repetido tantas veces que ya casi no la vemos. Un grupo de hombres se acerca a Jesús en Jerusalén. No vienen con armas. Vienen con una pregunta. Y la pregunta, en apariencia inocente, es una trampa con dientes. Le preguntan si es lícito pagar el impuesto al César. Si dice que sí, queda desautorizado ante el pueblo que soporta la ocupación romana. Si dice que no, tiene a Poncio Pilato y a la legión detrás. No hay salida limpia.

La escena está recogida en el Evangelio de Mateo, capítulo 22, versículos 15 al 21. Es el texto que la liturgia católica proclama el domingo 18 de octubre, junto con la primera lectura del libro de Isaías (45, 1.4-6) y la segunda lectura de la primera carta a los Tesalonicenses (1, 1-5b). El salmo responsorial es el 95, y su estribillo da título a la jornada: «Aclamad la gloria y el poder del Señor».

La moneda que llevaba la cara de Tiberio

Jesús no responde con un discurso. Pide una moneda. Le presentan un denario. Y ahí está la clave de todo: la moneda del tributo llevaba la efigie del emperador Tiberio y una inscripción que lo proclamaba hijo del divino Augusto. Para un judío piadoso, esa moneda era un objeto incómodo: la ley de Moisés prohibía las imágenes, y el denario era la imagen del poder que ocupaba la tierra. El detalle no es menor. Jesús no lleva la moneda encima. Son ellos quienes la tienen. La trampa se vuelve contra quien la tiende.

La pregunta que le hacen no es teológica, es política. Los fariseos y los herodianos se alían para comprometerlo. Los herodianos eran partidarios de la dinastía de Herodes, colaboracionistas con Roma. Los fariseos, en cambio, representaban una religiosidad estricta. Que ambos grupos se pongan de acuerdo para tender una trampa dice mucho del miedo que les daba aquel predicador de Galilea. Le halagan antes de atacar: «Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad». El elogio es el anzuelo.

El impuesto del que hablan era el tributo personal que Roma cobraba a los habitantes de Judea desde que se convirtió en provincia, en el año 6 d. C., tras la deposición de Arquelao. No era un impuesto cualquiera. Había provocado revueltas, como la de Judas el Galileo, y estaba asociado a la sumisión. Pagarlo era reconocer el dominio extranjero. No pagarlo era rebelión.

El César y Dios: dos órdenes que no se confunden

La respuesta de Jesús ha dado vueltas durante veinte siglos: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». No es una evasiva. Es una distinción que funda dos órdenes distintos. Al emperador le corresponde lo que lleva su imagen: la moneda, el tributo, la administración. A Dios le corresponde lo que lleva su imagen: la persona humana. El ser humano no es moneda de nadie. No se acuña, no se cambia, no se devalúa.

San Agustín lo formuló siglos después con una claridad que corta: «El César busca su imagen, dádsela. Dios busca la suya: devolvédsela. No pierda el César su moneda por vosotros; no pierda Dios la suya en vosotros». La frase está en su comentario al salmo 57. La lógica es la misma que la del Evangelio: la moneda tiene dueño porque lleva una cara grabada. La persona tiene dueño porque lleva la imagen de Dios. Y esa imagen no se entrega a ningún poder de este mundo.

La primera lectura de ese domingo, del profeta Isaías, añade un matiz que conviene no perder. Dios habla a Ciro, rey de Persia, y le llama «su Ungido». Ciro no era judío. No conocía al Dios de Israel. Y sin embargo, el texto dice que Dios lo tomó de la mano para doblegar naciones y abrir puertas. El profeta del exilio, el llamado Deuteroisaías, interpreta la historia desde una convicción: Dios se vale de gobernantes que no le conocen para liberar a su pueblo. Ciro permitió el regreso de los desterrados a Jerusalén. La política imperial, en este caso, sirvió a un plan que el emperador no sospechaba.

Eso no significa que todo poder sea divino. El mismo libro de Isaías, en otros pasajes, denuncia la injusticia de los imperios. La lectura de este domingo no consagra a ningún gobernante. Dice algo más modesto y más profundo: que la historia humana no está abandonada, que Dios puede escribir con renglones torcidos. Y que el poder que libera tiene algo de providencia, aunque quien lo ejerza no lo sepa.

Lo que Pablo agradecía a una comunidad que no tenía nada

La segunda lectura es el arranque de la primera carta a los Tesalonicenses, el escrito más antiguo del Nuevo Testamento. Pablo, con Silvano y Timoteo, escribe a una comunidad fundada en la capital de Macedonia, en el norte de la actual Grecia. Les da gracias por «la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza». Tres palabras que resumen la vida cristiana: fe, amor, esperanza. Y una cuarta que sostiene todo: la elección de Dios.

Los tesalonicenses no eran gente poderosa. Habían aceptado un mensaje que les trajo problemas con la sinagoga y con la sociedad. Pablo lo dice sin adornos: el evangelio les llegó «no solo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu Santo y con plena convicción». La convicción es lo que queda cuando no queda nada más. Esa comunidad esperaba la vuelta del Señor, vivía con la certeza de que el mundo no terminaba en Roma. Su esperanza no era un optimismo barato. Era una virtud teologal, como diría la teología clásica, y les sostenía en las dificultades.

El contraste con la escena del Evangelio es llamativo. En Jerusalén, los poderosos tienden trampas a un profeta. En Tesalónica, una comunidad pequeña sostiene su fe con esfuerzo. El poder pasa. La moneda se devalúa. La imagen del César se borra con el tiempo. La imagen de Dios en cada persona, en cambio, no tiene fecha de caducidad.

Un denario, dos ciudades

La escena del denario ha servido durante siglos para pensar la relación entre la Iglesia y el Estado, entre la fe y la política, entre la conciencia y la ley. No es un texto que resuelva todos los problemas. No dice cuánto debe pagar el contribuyente ni qué competencias tiene el gobernante. Dice algo más básico: que hay dos órdenes y que confundirlos es peligroso. Cuando el César quiere ser Dios, el resultado es la tiranía. Cuando Dios se reduce a asunto privado, el resultado es una sociedad que no sabe poner límites al poder.

El denario que le presentan a Jesús era una moneda de plata. Un denario equivalía al salario de un día de trabajo para un jornalero. No era una fortuna. Era lo justo para vivir. La pregunta sobre el impuesto, en el fondo, era una pregunta sobre la supervivencia: ¿podemos pagar sin traicionar lo que somos? La respuesta de Jesús no da una cifra. Da un criterio. Lo que lleva la imagen del emperador, devuélvelo. Lo que lleva la imagen de Dios, no lo entregues a nadie.

La liturgia de ese domingo cierra el círculo con el salmo 95: «Aclamad la gloria y el poder del Señor». La aclamación no es al emperador. Es a Dios. Y en ese gesto, el pueblo que reza se sitúa en el orden que no se acaba. El César tiene su moneda. Dios tiene su imagen. Y la imagen de Dios es el ser humano vivo, como escribió san Ireneo: «La gloria de Dios es el hombre viviente; la vida del hombre es la visión de Dios».

La escena termina con los enviados de los fariseos y los herodianos marchándose. Mateo no dice que se convirtieran. Dice que se quedaron admirados y lo dejaron. La trampa había fallado. La sabiduría había ganado. Y la moneda volvió a su bolsillo, con la cara de Tiberio mirando hacia arriba, sin saber que acababa de perder una discusión.

Datos clave
  • El Evangelio de Mateo 22, 15-21 narra la pregunta sobre el impuesto al César en Jerusalén, en los días previos a la pasión.
  • La moneda que le presentan es un denario con la efigie del emperador Tiberio, que gobernó Roma entre el 14 y el 37 d. C.
  • El tributo personal romano se cobraba en Judea desde el año 6 d. C., tras la deposición de Arquelao.
  • La primera lectura, de Isaías 45, 1.4-6, llama «Ungido» a Ciro, rey de Persia, que no conocía al Dios de Israel.
  • La segunda lectura, de 1 Tesalonicenses 1, 1-5b, es el arranque del escrito más antiguo del Nuevo Testamento.
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A continuación, el Evangelio de hoy domingo y las lecturas:

“ Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios ”

​

Primera lectura​

Lectura del libro de Isaías 45, 1. 4-6​


Esto dice el Señor a su Ungido, a Ciro:
«Yo lo he tomado de la mano,
para doblegar ante él las naciones
y desarmar a los reyes,
para abrir ante él las puertas,
para que los portales no se cierren.
Por mi siervo Jacob,
por mi escogido Israel,
te llamé por tu nombre,
te di un título de honor,
aunque no me conocías.
Yo soy el Señor y no hay otro;
fuera de mí no hay dios.
Te pongo el cinturón,
aunque no me conoces,
para que sepan de Oriente a Occidente
que no hay otro fuera de mí.
Yo soy el Señor y no hay otro».

Salmo​

Salmo 95, 1 y 3. 4-5. 7-8a. 9-10ac R/. Aclamad la gloria y el poder del Señor.​


Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra.
Contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones. R/.

Porque es grande el Señor,
y muy digno de alabanza,
más temible que todos los dioses.
Pues los dioses de los gentiles no son nada,
mientras que el Señor ha hecho el cielo. R/.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
entrad en sus atrios trayéndole ofrendas. R/.

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda.
Decid a los pueblos: «El Señor es rey,
él gobierna a los pueblos rectamente». R/.

Segunda lectura​

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 1, 1-5b​


Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los Tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz.
En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones, pues sin cesar recordamos ante Dios, nuestro Padre, la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor.
Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido, pues cuando os anuncié nuestro evangelio, no fue solo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu Santo y con plena convicción.

Evangelio del día​

Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 15-21​


En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos herodianos, y le dijeron:
«Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. Dinos, pues, qué opinas:
¿es lícito pagar impuesto al César o no?».
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús:
«Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto».
Le presentaron un denario.
Él les preguntó:
«De quién son esta imagen y esta inscripción?».
Le respondieron:
«Del César».
Entonces les replicó:
«Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

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Bonus: Añado los comentarios de los dominicos con el Evangelio anterior, así como los del padre Pedro Brassesco, en YT. Para quien prefiera las reflexiones por escrito, las dejo a continuación, hoy a cargo de Fray Miguel de Burgos Núñez O.P. (1944 - 2019).



Comentario bíblico al Evangelio de hoy​


Iª Lectura: Isaías (45,1.4-6): Dios no se desentiende de la historia humana​

I.1. La lectura de Isaías debe ser interpretada con una visión religiosa de la historia universal. El Deuteroisaías, profeta del exilio (segunda parte del libro de Isaías, cc. 40-55), se ve envuelto en la aclamación y entusiasmo que los pueblos sometidos a Babilonia hacen de un guerrero famoso y fundador del imperio persa: Ciro el Grande (a. 540 a. C). Si los profetas anteriores se habían valido de Asiria como imperio para poner de manifiesto el castigo de Dios al pueblo de Israel por su infidelidad, ahora el pueblo judío, en el destierro, necesita un libertador ¿Qué hará Dios? En la teología veterotestamentaria no todo es posible asumirlo sin el matiz de una teología global. Ciro no puede venir de parte del Dios de Israel, pero así lo ve este profeta anónimo. Aunque no tanto por el "rey de reyes" persa, sino por la libertad que trae a Israel con su nueva política.

I.2. Piensa este profeta desconocido que Dios se vale de la historia humana, concreta y universal, para que sus planes vayan hacia adelante. Este es un momento de liberación, y por eso se usan expresiones agudas, de tonos altos, para hablar de un guerrero, que ni siquiera conoce a Yahvé. El poder que trae en sus manos es poder de liberación para los desterrados en Babilonia. Se dice, con razón, que el profeta no canta al imperialismo, sino a la libertad. Los imperialismos no pueden consagrarse y, de hecho, profetas posteriores (v. g. Ageo y Zacarías) pondrán en entredicho al imperio persa, porque Dios, el Dios de universo y de la salvación, no se encarna en el imperialismo, ya que éste solamente se sostiene con sangre e injusticia.

I.3. Pero es verdad que en la historia humana podemos ver la mano de Dios en la bondad o en los principios éticos y sociales de pueblos y de gobernantes que anteponen el bien a todos los otros valores. Es una cuestión discutida en el ámbito teológico, en lo que ha venido a llamarse la "teología de la historia". Los profetas eran muy sensibles a ello, a veces exageradamente sensibles, para lo positivo y para lo negativo. Pero no les falta una parte de razón; al menos para dar a entender que Dios no se desentiende totalmente de lo que hacemos los hombres. Si los dones que Él nos ha dado los aplicamos para la paz, la libertad y la justicia, estaremos en el camino de los "planes de Dios".

II Lectura: Iª Tesalonicenses (1,1-5ª): La respuesta al evangelio​

II.1. La IIª Lectura da inicio a la 1ª Tesalonicenses, que es la primera carta de Pablo y el primer escrito del Nuevo Testamento. El apóstol celebra la fe, la esperanza y el amor de aquella comunidad que él había fundado en la capital de Macedonia. Técnicamente es lo que se llama una "acción de gracias", que es la forma en la que Pablo da comienzo en sus cartas a las comunidades. Pero se resalta la elección por parte de Dios (eklogên) de esa comunidad. Y la respuesta de esa elección, por parte de la comunidad, ha sido aceptar el evangelio que se le predicó. No eligieron oro y plata, sino un mensaje que les acarrearía desventajas frente a la sociedad e incluso frente a la sinagoga, porque algunos de ellos se pasaron al evangelio de Pablo.

II.2. Se resalta, pues, la firme esperanza de esta comunidad que, en las dificultades que hubieron de sufrir los cristianos, no abandonaron su fe. La esperanza es una virtud escatológica y, en el contexto del otoño y del final que se acerca poco a poco del año litúrgico, nos va a introducir en esos temas de las cosas finales. Ellos hicieron una elección definitiva, inigualable por el evangelio que él les predicó y que les trajo la fuerza del Espíritu. Es una elección por la salvación que se les anunció, una salvación que no se tocaba con las manos, aunque sí se anunciaba próxima, como ha de ponerse de manifiesto en algunos pasajes de esta carta Iª a los Tesalonicenses.

Evangelio: Mateo (22,15-22): La dignidad humana no se compra, es un don​

III.1. El evangelio de Mateo, hoy, nos sitúa en el corazón de las polémicas que Jesús mantiene con los dirigentes en Jerusalén y que los evangelistas sitúan al final de su vida, precediendo a la pasión (cf. Mc 12,13-17; Lc 20,20-26). Esta vez querían comprometerlo a fondo con las autoridades romanas, que vigilaban ferozmente cualquier movimiento social o político para castigar cualquier rebeldía. Oponerse al César, incluso en nombre de Dios, era ir contra la «pax romana», uno de los mitos de la época. Los espías pretenden halagarlo (Mateo sigue a Marcos y nos habla de los fariseos y los herodianos; Lucas, más coherente, nos habla de espías para entregarlo al gobernador), pero en el punto de mira está el prefecto romano Poncio Pilato, que era un gobernante de una crueldad sin miramientos, vengativa y arbitraria. Los judíos lo odiaban porque había introducido en Jerusalén bustos e insignias del César, además de haber usado el dinero sagrado del templo para construir un acueducto que llevara el agua a Jerusalén (Josefo, De Bello 2,9,2; 2,9.4).

III.2. La hierocracia y aristocracia de la ciudad santa mandan sus espías para poder deshacerse de este profeta galileo que anuncia el Reino de Dios, pero que no coincide con el reino de Roma, ni con el concepto que tienen del mismo algunos partidarios de la revolución contra Roma, ni específicamente con el reino que ellos quieren manipular en nombre de Dios. Los rebeldes dejaban a las claras que la única soberanía que aceptaban bajo el suelo de Aaaa es la de Dios (Ex 20,4-5); en ello Jesús podría estar de acuerdo. Pero las trazas, entre uno y otros, son muy distintas. Es verdad que Jesús parecía estar en un callejón sin salida: frente a Poncio Pilato, frente a las autoridades, frente a los revolucionarios nacionalistas, frente a todos. No obstante, él la encontró; la encontró recurriendo a las dignidad humana que Dios ha puesto en el corazón de toda persona como imagen suya. Los espías, con su trampa, van a caer en su propia ignominia, porque llevan en sus manos el “denario” con la efigie de Tiberio… pero Jesús no lleva nada en su zamarra. Solamente tiene su palabra y la fuerza de la sabiduría del reinado de Dios.

III.3. Cuando es preguntado, intencionadamente pide la moneda del tributo con la efigie del César y responde: la moneda hay que dársela al emperador; ¿por qué? Porque es el dinero, y el dinero es lo más sucio de este mundo. Los que acuñan moneda tienen poder y por el dinero dominan a los hombres. Entonces, ¿hay que someterse a él? ¡Ni hablar! Por eso añade con una intencionalidad manifiesta: «y a Dios lo que es de Dios». El dinero no es de Dios, sino que de Dios somos nosotros mismos, y por lo mismo nosotros solamente debemos estar sometidos a Dios. Ya San Agustín, que afirmaba: “El César busca su imagen, dádsela. Dios busca la suya: devolvédsela. No pierda el César su moneda por vosotros; no pierda Dios la suya en vosotros” (Com. Ps 57,11). La trampa la resuelve Jesús, no solamente con inteligencia, sino con sabiduría, donde salta por los aires la legalidad con la que pretenden acusarlo en su caso. La respuesta de Jesús no es evasiva, sino profética; porque a trampas legales no valen más que respuestas proféticas. El tributo de hacienda es socialmente necesario; el corazón, no obstante, lleva la imagen de Dios donde el hombre recobra toda su dignidad, aunque pierda el “dinero” o la imagen del césar de turno que no valen nada.

III.4. Aquí Jesús responde con una afirmación liberadora que solamente pueden captar los que no están cegados por el poder, el dinero, el repruebo y la injusticia. Quizás la mejor ilustración a todo ello la tengamos en San Ireneo, en esa expresión, que es paradigma de muchas radicalidades humanas y divinas: «La gloria de Dios es el hombre viviente; la vida del hombre es la visión de Dios». Todo esto quiere decir que el evangelio de Jesucristo implica, en una simultaneidad inconfundible, que de la misma manera que nos descubre al Dios viviente, nos descubre a la vez, y no por otro camino, al hombre viviente. Podemos usar los bienes de este mundo con eficacia, pero lo que no podemos hacer es vender nuestra vida al mejor postor. Al "césar" de turno podemos darle el dinero, o los impuestos, pero nuestra libertad nadie nos la podrá arrebatar.

Fuente: Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios


Y porque has resucitado, te damos las gracias. Contigo seremos invencibles. Contigo, llamados a la Vida.

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Tú que habitas al amparo del Altísimo,
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di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío,
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Coronilla de la Divina Misericordia
LO IDEAL ES REZAR LA CORONILLA A LAS 15 HORAS
Porque es la hora de la Misericordia y la hora en que Jesús dio su vida por nosotros

 
APOTEGMAS de los Padres del Desierto
(ἀποφθέγματα τῶν ἁγίων γερόντων)
Colección Alfabética

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Libro en línea: surco.org
Compiladas por el jesuíta Heribert Rosweyde (s.XVII). Traducción francesa por Guy, Regnault y los monjes de Solesmes.
​
(mensaje citado en revisión)
 

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