Religión: Santo evangelio de hoy. Domingo, 4 de octubre, "La viña del Señor es la casa de Israel" ***************************************Sto.Rosario a las 22.00

Santo evangelio de hoy. Domingo, 4 de octubre, "La viña del Señor es la casa de Israel" ***************************************Sto.Rosario a las 22.00
RESUMEN

El evangelio de este domingo pone la parábola de los viñadores homicidas en labios de Jesús, ante los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. Isaías 5 y el salmo 79 sostienen la misma imagen: la viña del Señor es la casa de Israel, y el propietario esperaba uvas, no agrazones.

Domingo 4 de octubre de 2026. La liturgia católica celebra este día el vigésimo séptimo domingo del Tiempo Ordinario del ciclo A, y las tres lecturas que se proclaman en las parroquias van trenzadas alrededor de una sola imagen: una viña. El motivo no es decorativo. En el Cercano Oriente antiguo, plantar viñedos era una de las operaciones agrícolas más caras y lentas que existían. Una cepa tardaba entre cuatro y cinco años en dar fruto aprovechable, y hasta entonces exigía muros, terrazas, pozos y podas continuadas. Poner una viña era apostar el trabajo de una década al comportamiento de un suelo. Por eso el Antiguo Testamento lo usó una y otra vez para hablar del pueblo elegido. Y por eso el leccionario de este domingo lo repite en las tres lecturas.

La primera es de Isaías, capítulo 5, versículos 1 al 7. Está ambientada en el reino de Judá, en el siglo VIII antes de Cristo, y el profeta la construye como un canto de amor traicionado. Un amigo tenía una viña en un collado fértil. La entrecavó, quitó las piedras, plantó cepas escogidas, levantó en medio una torre y cavó un lagar. Hizo todo lo que se puede hacer. Y cuando llegó el tiempo de la cosecha, la viña dio agrazones: uvas verdes, duras, inservibles para el vino.

El profeta convoca entonces a los habitantes de Jerusalén y a los hombres de Judá como jurados y les pregunta qué se puede hacer con un terreno así. Él mismo responde: quitar la valla, dejar que sirva de leña, convertirla en erial. El golpe llega al final del poema, cuando identifica el símbolo. La viña del Señor del universo es la casa de Israel, y los hombres de Judá su plantel preferido. Esperaba derecho, y hay sangre derramada. Esperaba justicia, y hay lamentos. El hebreo original hace aquí un juego de palabras intraducible entre mishpat (derecho) y mispach (sangre derramada), y entre tsedaqá (justicia) y tse‘aqá (grito de socorro). La rima no es casual: el profeta encadena lo que Dios esperaba con lo que el pueblo produjo, término a término.

El canto del profeta y la lógica del propietario ausente

Hay un detalle del poema de Isaías que suele pasar desapercibido. El dueño no se queda dentro de la viña. La arrienda y luego se marcha lejos. Esa es la situación normal del propietario en la parábola que leerá Mateo más tarde, y es también la imagen repetida en toda la escritura profética: Dios confía su viña a unos administradores y espera, pero no se instala a vigilar los sarmientos. Esa distancia deja espacio a la libertad humana, con todo lo que eso significa, incluida la posibilidad del fracaso y de la traición. Dios, en este esquema, no es el jefe que grita desde el balcón. Es el propietario que ha invertido y se ha ido, el que ha confiado lo suficiente como para no estar encima. Cuando vuelva, pedirá cuentas. Los profetas de Israel insistieron en esa idea durante siglos: la confianza recibida no es un cheque en blanco, es un encargo con plazo de entrega.

La segunda lectura se aparta de la viña y entra en una comunidad. Es un fragmento de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses, capítulo 4, versículos 6 al 9. Pablo escribe a una comunidad que fundó en la ciudad de Filipos, en Macedonia, unos diez años antes, durante su segundo viaje misionero. La carta es una de las más cálidas del epistolario paulino y también una de las más discutidas por los exégetas, que no se ponen de acuerdo sobre la ciudad en la que fue redactada. Se suele situar en Roma, en Éfeso o en Cesarea, en cualquier caso durante un periodo de prisión. Pablo pide a los filipenses que nada les preocupe, que presenten sus peticiones en la oración con acción de gracias, que piensen en todo lo verdadero, lo noble, lo justo, lo puro, lo amable, lo laudable. El hombre que exhortaba a la alegría estaba encadenado cuando lo hizo. Esa es la primera paradoja de la lectura: la paz que describe Pablo no depende de las circunstancias.

Pero hay un hilo que une Filipenses con Isaías y con Mateo. Pablo dibuja los frutos que debe dar una comunidad cristiana: alegría, paz, verdad, justicia, limpieza de corazón. Los términos no son exactamente los que usa Isaías —derecho, justicia— pero apuntan al mismo sitio. La viña vuelve a estar en el punto de mira, solo que ahora se llama comunidad cristiana. La pregunta implícita de las tres lecturas es idéntica: cuando el dueño venga a por los frutos, ¿qué va a encontrar?

La parábola de los viñadores homicidas según Mateo

El pasaje central es el evangelio: Mateo 21, 33-43. Jesús está en Jerusalén, en los días previos a la Pascua, y sostiene la última tanda de discusiones con los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. Es un momento de alta tensión en el relato. Los dirigentes han empezado a buscarle las vueltas y él responde con parábolas cada vez más afiladas. La de los viñadores homicidas es la más dura de todas.

La parábola reescribe la de Isaías y la radicaliza. Un propietario planta una viña, la cerca, cava un lagar, construye una torre, la arrienda a unos labradores y se marcha. Cuando llega el tiempo de los frutos, envía criados a cobrar su parte. Los labradores apalean a uno, matan a otro y apedrean a un tercero. Envía más criados, y les hacen lo mismo. Finalmente envía a su hijo, convencido de que a él sí lo respetarán. Los labradores lo reconocen como heredero y se dicen entre sí que matándolo se quedarán con la herencia. Lo sacan fuera de la viña y lo matan.

La escena termina con una pregunta que Jesús deja caer a sus interlocutores. ¿Qué hará el dueño cuando vuelva? Los sumos sacerdotes y los ancianos responden sin dudar: hará morir a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo. Han dictado la sentencia sin darse cuenta de que se estaban juzgando a sí mismos. Jesús cierra el texto con dos citas del salmo 118, versículos 22 al 23 —«la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular»— y con la advertencia de que se les quitará el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.

Es un pasaje duro. Y hay que leerlo con cuidado, porque durante siglos se usó para justificar un antijudaísmo que el propio texto no autoriza. Los «viñadores» de la parábola no son «los judíos»; son, en el contexto de Mateo, los dirigentes religiosos que rechazaron a Jesús. La conclusión de que el reino pasará a «un pueblo que produzca frutos» no es una condena de un pueblo entero, sino una advertencia sobre responsabilidad personal y colectiva. Quien recibe la confianza del dueño tiene que responder de ella. Hay una capa adicional que los exégetas subrayan desde hace décadas: la parábola circulaba en las primeras comunidades y, al pasar por la pluma de Mateo varias décadas después de la muerte de Jesús, fue adquiriendo marcas polémicas que no estaban necesariamente en la versión original. Eso no invalida el texto, pero obliga a leerlo sabiendo que es un texto compuesto, con capas, no una grabación literal.

El salmo 79 y la lectura de Fray Miguel de Burgos

El salmo responsorial, el 79, retoma el símbolo desde otra esquina. Sacaste una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles y la trasplantaste, dice. Extendió sus sarmientos hasta el mar y sus brotes hasta el Gran Río, es decir, hasta el Éufrates. Después el salmista pregunta por qué se ha derribado su cerca, para que la saqueen los viandantes, la pisoteen los jabalíes y se la coman las alimañas. Y termina pidiendo a Dios del universo que se vuelva, mire desde el cielo, visite su viña, cuide la cepa que su diestra plantó. El salmo es un lamento comunitario, compuesto probablemente tras la destrucción de Jerusalén por los babilonios en el 587 a. C. o en la reconstrucción posterior, cuando el Templo se estaba levantando de nuevo y la comunidad se preguntaba si Dios seguía mirando. La viña pisoteada no es una metáfora abstracta: es una ciudad arrasada, un pueblo deportado, un culto interrumpido.

El dominico Fray Miguel de Burgos Núñez, profesor de Sagrada Escritura entre 1944 y 2019, dejó escrito un comentario que ayuda a leer todo esto sin melodrama. Decía que el canto de Isaías es teología pura, no simple poesía, porque busca los sentimientos de Dios hacia el pueblo amado. Y añadía una observación incómoda. La religión que mata o permite guerras en nombre de Dios no es exactamente religión. Ninguna apologética puede defender «nuestro Dios» con la muerte de otros, porque en cada asesinado está muriendo Dios mismo. La piedra que desecharon los arquitectos acabó siendo la piedra angular, y los asesinos fundamentalistas, concluía, se quedan sin Dios y sin religión.

Aplicado al presente, el texto golpea en varios sitios a la vez. Golpea a las comunidades religiosas que hablan mucho de Dios y producen poco derecho, poca justicia, poca limpieza de corazón. Golpea a los que confunden la fe con la gestión de un patrimonio, sea material o simbólico. Y golpea también a los que se creen con derecho a hablar en nombre del dueño sin haber mirado antes cómo está la viña. La pregunta que el evangelio deja abierta no es qué hará Dios con los malos, sino qué fruto se está dando aquí y ahora. El propietario sigue lejos, los sarmientos siguen creciendo, y la cosecha todavía no ha llegado.

El 4 de octubre comparte calendario con la fiesta de san Francisco de Asís, aunque cuando cae en domingo del Tiempo Ordinario la liturgia dominical prevalece sobre la memoria del santo. La semana avanza hacia otra fecha fija, el 7 de octubre, la fiesta de la Virgen del Rosario, que cierra el mes del Rosario con el rezo que muchas parroquias mantienen a diario, también por la noche.

Datos clave
  • Las lecturas de este domingo corresponden al vigésimo séptimo domingo del Tiempo Ordinario del ciclo litúrgico A.
  • Isaías 5, 1-7 presenta la viña del Señor como la casa de Israel y los hombres de Judá como su plantel preferido.
  • Mateo 21, 33-43 recoge la parábola de los viñadores homicidas, con la cita del salmo 118, 22-23 sobre la piedra angular.
  • El salmo 79 alude a la salida de Egipto y a los sarmientos que llegan hasta el Éufrates; la destrucción de Jerusalén por Babilonia se data habitualmente en el 587 a. C.
  • Fray Miguel de Burgos Núñez (1944-2019), dominico y profesor de Sagrada Escritura, sostuvo que ninguna apologética puede defender a Dios con la muerte de otros.
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