El gráfico que sitúa el nacionalismo vasco antes de Roma
Un gráfico que resume la historia del nacionalismo vasco arranca en la Antigüedad, salta de Roma al siglo XVI y coloca a los vascos resistiendo a godos y francos. El problema, señalan varios análisis, es que ese relato no resiste el menor contraste documental.
El nacionalismo vasco nace en el siglo XIX, no antes de Cristo, y lo hace de la mano de Sabino Arana, un personaje al que no le faltan biógrafos críticos. La discusión derivó rápido hacia el terreno de siempre: qué había en la península antes de la romanización, qué papel jugaron los fueros y por qué media España discute sobre los mismos mapas cada dos por tres.
Qué había antes de Roma y qué se puede rastrear hoy
El primer frente es cronológico. Varios mensajes recuerdan que
el reino visigodo era la construcción política más romanizada de Occidente en su momento, con derecho codificado y administración propia, así que presentarlo como una banda de invasores a los que se resistió con gloria tiene poco recorrido. La resistencia local, desde esa óptica, se parece más a un retraso que a un episodio épico.
El segundo frente es lingüístico. Se pregunta cuántas lenguas presentes en Europa occidental antes del año 476 siguen vivas hoy. La respuesta incómoda:
el euskera es prácticamente la única, y no porque sus hablantes fueran guerreros invencibles, sino porque ocupaban un territorio marginal. Quien sostiene lo contrario tendría que explicar por qué el íbero desapareció y el vasco no.
El salto de 1512 y la conquista de Navarra
El gráfico se salta la incorporación del reino de Navarra a la Corona de Castilla en
1512, un episodio que varios mensajes consideran central y que el resumen ignora. La discusión se enreda ahí: hay quien recuerda que fueron tropas guipuzcoanas las que entraron en Navarra al servicio del rey castellano, y quien responde que navarros y vascos no se consideraban lo mismo hasta hace cuatro días. Los cañones del escudo de San Sebastián, retirados hace años, se citan como prueba de esa incomodidad.
Fueros, hidalguía y por qué el relato se sostiene solo
El tercer bloque es institucional. Los fueros vascos se explican por
la obligación de defender la frontera con Francia: exención de levas a cambio de milicias automáticas. La hidalguía universal, se argumenta, era extensible a cualquier hidalgo peninsular, y el fuero de Cuenca de 1190 ya concedía términos, montes, fuentes y minas a sus habitantes. Es decir, privilegio a cambio de servicio, no un trato excepcional por pureza étnica.
Carlismo, industrialización y el giro a la izquierda
La conversación se desplaza luego al siglo XIX. El carlismo vasco era un fenómeno rural, y el separatismo posterior bebe de ese sustrato. La industrialización temprana de Vizcaya y Guipúzcoa generó una burguesía que se creyó superior al resto de España, y de ahí salió el PNV con dinero de
Ramón de la Sota y las ideas de Arana, que al final de su vida suavizó el secesionismo y abogó por el autonomismo foral. La pregunta que sobrevuela: cómo se pasa de una región conservadora a un nacionalismo de izquierdas en pocas décadas.
La deriva final: identidad, lengua y ruido
El tramo final del intercambio abandona la historia y entra en el barro. Se discute si el batua ha homogeneizado y matado los dialectos vascos, si el euskera se usa como pantomima identitaria o si la sociedad vasca arrastra una losa moral por décadas de violencia. Ahí el análisis se pierde y gana el exabrupto. Lo único claro:
el gráfico original no le hace justicia ni a los vascos ni a los españoles, porque convierte dos mil años de historia compartida en un folleto de propaganda.
Con estos mimbres, lo previsible es que el próximo gráfico vuelva a empezar en Roma. Y que nadie se moleste en mirar qué decía el fuero de Cuenca.