Los países europeos que debieron ser potencias y se quedaron en comparsas
Europa está llena de países con geografía de primera división y historial de ascensor. Ucrania, Chequia y Yugoslavia encabezan la lista de los que nunca estuvieron a la altura de su potencial. Pero el análisis fino desmonta parte del mito: algunas de estas naciones sí tuvieron su momento de gloria, solo que no cuajó.
Ucrania: el granero que siempre alimentó a otros
Ucrania tenía todo para ser el estado eslavo hegemónico: la tierra más fértil de Europa, salida al Mar Negro y un clima más benigno que el ruso. La Rus de Kíev demostró que podía ser un centro de poder continental. Sin embargo, desde la caída de ese mundo, pasó siglos bajo dominio lituano, polaco, ruso y otomano. No es casualidad que haya recuperado la independencia plena tan tarde, ya en el siglo XX.
Chequia: el reino que se quedó sin imperio
Chequia, o Bohemia, tuvo un privilegio único: ser el único territorio con título de reino dentro del Sacro Imperio. Ni Austria, ni Baviera, ni Prusia. La derrota de Otakar II en el Campo de Morava ante los Habsburgo cambió el equilibrio centroeuropeo: el poder pasó a Viena y Bohemia quedó como una provincia más. Su geografía, con los Sudetes y la Selva de Bohemia como fortaleza natural, explica en parte su supervivencia como entidad hasta hoy.
Yugoslavia: la relevancia que llegó tarde
Yugoslavia es el caso más amargo. No existió como tal hasta el siglo XX, y cuando lo hizo, lideró el movimiento de los no alineados y produjo equipazos de fútbol y baloncesto. El experimento federal socialista tenía su chicha, como se decía entonces, pero la implosión de los años 90 dinamitó cualquier aspiración a potencia regional.
En la trastienda del debate aparece Rumanía, citada más por el supuesto atractivo de sus habitantes que por su geopolítica. Pero hay una hipótesis más interesante: sin la invasión eslava, los Balcanes occidentales podrían haber seguido siendo latinos, con los arrumanos como prueba viva de esa Romania perdida.
No todo el mundo acepta este enfoque. La corriente rusocéntrica considera a Ucrania parte integrante de Rusia, una posición que choca con siglos de historia e identidad propias. Es una discusión que sigue abierta, y no parece que vaya a cerrarse pronto.
Mientras tanto, estos países seguirán teniendo un papel secundario en el concierto europeo. Su geografía les permitió sobrevivir; su historia les negó la hegemonía. Quizá sea el orden natural de las cosas. O quizá solo sea que Europa prefiere que nadie le haga sombra.