Moldavia: el no gana en 26 distritos y el sí por 3 milésimas
El referéndum sobre la integración europea en Moldavia terminó con una victoria del sí por tres milésimas, según los resultados finales. Durante el escrutinio, el no se imponía en 26 distritos frente a 9 del sí, con un rechazo del 94,84% en la región autónoma de Gagauzia. La presidenta Maia Sandu denunció una campaña de compra de votos con «decenas de millones de euros» y acusó a grupos criminales de actuar con fuerzas extranjeras hostiles. El vuelco de última hora ha generado sospechas de fraude y denuncias de exclusión del voto prorruso.
El pucherazo que nadie se atreve a llamar así
La coincidencia de medios como
El País y
El Mundo al hablar de «división» ha sido leída por muchos como un intento de maquillar lo que las urnas decían. La diputada del Partido Comunista Diana Karaman denunció que la campaña electoral fue «la más sucia en la historia de Moldavia», con transporte masivo de ciudadanos a Rumanía y observadores vetados en los colegios. El patrón recuerda a otros episodios recientes en la región.
Hay quien sostiene que el vuelco responde a un fraude diseñado desde Bruselas. Otros apuntan a la exclusión del voto prorruso: según un comentario del hilo, los moldavos residentes en Rusia, alrededor de
500.000 personas, apenas recibieron 10.000 papeletas, mientras los exiliados en la UE votaban sin problemas. La aritmética electoral se convierte así en un campo de batalla más.
¿Por qué Moldavia es un Estado artificial?
El origen del país se remonta a 1945, cuando la Unión Soviética seccionó un territorio de Rumanía para anexionarlo. Tras la caída de la URSS en 1992, el Kremlin prohibió a esa provincia reintegrarse en Rumanía. La herida sigue abierta: muchos moldavos han solicitado la nacionalidad rumana para poder trabajar en la UE, según denunciaba Rumanía ya en 2006, cuando más del 10% de la población lo había pedido.
La realidad social del país es un mosaico incómodo. En las calles se habla ruso, pero los carteles y el idioma oficial son rumanos. Los gobernantes son percibidos por una parte de la población como vendidos a Bruselas. La corrupción, según relatos de primera mano, impregna hasta los servicios básicos: en los hospitales hay que sobornar a los médicos para recibir atención digna. Una mezcla de pobreza estructural, herencia soviética y dependencia exterior.
El desprestigio de la UE y el efecto dominó
El resultado moldavo se lee en clave continental. La UE acumula negativas en referéndums: Noruega, Suiza e Islandia dijeron no en su día, el Reino Unido se marchó y Groenlandia rechazó integrarse. Ahora el desprestigio alcanza a países pobres que antes veían la adhesión como una salida. La guerra de Ucrania, las políticas migratorias y el giro ideológico de Bruselas han enfriado el entusiasmo.
Mientras, las potencias emergentes ganan terreno. Cada vez más países prefieren pactar con los BRICS antes que someterse a las condiciones europeas. El episodio moldavo es un síntoma: cuando el relato oficial no cuadra con las urnas, la sospecha se instala. Y la sombra de Venezuela planea sobre cada recuento ajustado.
La pregunta que queda en el aire es si el resultado se sostendrá o si, como en otros casos, habrá una repetición electoral. La presidenta Sandu ya ha advertido que no piensa «retroceder en la defensa de la democracia». En Moldavia, la democracia y el escrutinio parecen haber cogido caminos distintos.