Rajoy: anatomía del político que dejó caer a todos
Mariano Rajoy no fue un gran gobernante. Fue algo más raro: un superviviente que ganó casi todas las partidas que le dejaron jugar y que tardó nueve meses en salir del poder después de perder la última. La discusión que arranca con el Gobierno en funciones y una investidura bloqueada, y que se estira hasta el ciclo electoral posterior a su salida, termina en un sitio incómodo: el hombre al que media prensa llamaba vago y cosas peores leyó el tablero mejor que sus rivales juntos.
De los apodos de 2008 al reconocimiento de sus adversarios
En 2008 los calificativos contra Rajoy eran moneda común y llegaban también desde dentro de su propio partido. El texto que se recupera en la discusión —publicado aquel año y reeditado el 21 de febrero de 2013— sostiene que entre septiembre de 2003 y octubre de 2004 Aznar lo mantuvo apartado de los puntos calientes del PP, al margen del aparato y de la gestión posterior a los atentados del 11-M. Según esa lectura, Rajoy llegó a la presidencia del partido sin controlar nada y sin mancharse con nada.
Ocho años más tarde el relato se había dado la vuelta. Nadie le discutía la resistencia, y hasta quien no le votaba reconocía el patrón: no entra al choque frontal, deja que el adversario se desgaste y aparece cuando el otro ya se ha caído. La broma que le dedicó Rubalcaba —
Marianico el Corto— envejeció mal: acabó circulando la versión de
Marianico el Invencible. Hay incluso quien lo formuló como sentencia: cuando todos empujan, basta con apartarse y dejar que se caigan solos.
La investidura de 2016: «no voy a poner ninguna condición»
En octubre de 2016 Rajoy compareció sin exigencias: «No voy a poner ninguna condición para la investidura», dijo, y añadió que repetir
elecciones «sería un disparate». La frase resume la jugada entera. Mientras el PSOE se despedazaba en su propio congreso y Pedro Sánchez anunciaba entre lágrimas que dejaba su escaño, el candidato esperaba sentado a que el bloque contrario se rompiera solo.
El «no es no» ocupó horas de tertulia. Unos lo leyeron como una tautología; otros, con retranca, señalaron que una doble negación tiene su propia lógica y que la parte del no que nadie había entendido era el sí. Traducido al castellano de despacho: el rival acabó facilitando con su renuncia lo que había prometido impedir.
¿Por qué se dice que Rajoy no hacía nada?
Porque no hacer también es una decisión, y en su caso funcionó durante años. La explicación más repetida recurre al
wu wei taoísta, el arte de no oponerse de frente, de acoplarse al medio y vencer como vence el agua. Bruce Lee lo resumió en un anuncio; la versión política es más corta todavía: si el rival se cae solo, no hay que empujarle.
El precio: 800.000 votos arriba y 66 escaños abajo
Entre las generales de diciembre de 2015 y las de junio de 2016 el PP sumó
800.000 votos, un dato que desmonta la tesis de que todo fue maquinaria y medios. Pero el mismo partido, ya sin Rajoy en el Gobierno tras la moción de censura, se quedó en
66 escaños, menos de los que Podemos había sacado en su estreno electoral.
Después llegaron las municipales. El PP recuperó Madrid, Zaragoza, Córdoba, Alicante, Málaga o Santander y perdió Albacete, Ávila, Burgos, Cáceres, Cuenca, Guadalajara, Jaén, León, Logroño, Melilla, Ourense y Palencia, además de quedarse sin ninguna de las siete ciudades gallegas. Se celebró como una victoria el peor resultado municipal en
25 años. Si se conservan Madrid y Valencia, donde la formación ha acumulado causas judiciales por financiación irregular, el cálculo cuadra: se puede gobernar perdiendo.
¿Gobernó bien o solo sobrevivió mejor que los demás?
Aquí se rompe el consenso. Una corriente sostiene que su mérito real fue mantener intactos los privilegios de un núcleo económico, no gestionar mejor: se apunta al rescate bancario, a la Sareb sosteniendo pisos que nadie baja de precio y al contraste con Alemania o Reino Unido apostando por la energía solar mientras aquí no se hacía ni una cosa ni la otra.
La respuesta desde el otro lado es que ese reproche cabe hacérselo a cualquier Gobierno y que lo medible es otra cosa: dos investiduras, dos elecciones repetidas y un rival que se rompió antes que él. Lo que nadie discute es el diagnóstico de fondo. Cada vez que alguien intentó tumbarlo sin que se cayera solo, el resultado fue el mismo. Y el goteo de bajas ajenas —Az?nar, Cascos, Aguirre, Rubalcaba, Zapatero, Sánchez— tiene un patrón que conviene no confundir con la suerte.
Las sombras que el relato del superviviente deja fuera
No todo es estrategia limpia. Circulan, sin prueba documental, versiones que sitúan al entonces líder del PP al margen de la gestión del 11-M por puro distanciamiento burocrático, y se atribuye a Sánchez un pasado de jefe de gabinete en los bombardeos sobre Yugoslavia. Son afirmaciones lanzadas sin verificación que conviene tratar como lo que son: munición de confrontación, no hechos establecidos. Lo mismo vale para la tesis de que medios y partidos actuaron como una sola operación coordinada contra el PP.
Si algo enseña el caso es que la política española premia el aguante por encima de la gestión. El siguiente que copie el manual —esperar, no desgastarse, dejar que el rival se caiga— probablemente lo aplique mal. Funciona, sí, pero exige algo que no se fabrica: que los demás se equivoquen antes que tú. Y eso, con el tiempo, deja de pasar.