El 'teatro pandémico' y el rastro del Evento 201
Según un relato que circuló con fuerza, antes de que hubiera casos confirmados en España los informativos ya emitían escenas de sanitarios desplomándose en calles de China y equipos con trajes blancos fumigando aceras vacías. Un mensaje difundido entonces lo resumía con retintín: «No sólo decidieron hacerlo. Decidieron que lo vieras. De hecho, decidieron hacerlo PARA que lo vieras». De ahí nace una de las teorías más persistentes de los últimos años, la del
teatro pandémico, la idea de que hubo un guion y de que alguien lo escribió. La pregunta que sobrevuela todo es sencilla: quién dio las órdenes y si llegaban de fuera.
Conviene separar dos cosas que el fragor mezcla. Que hubo una pandemia es un hecho que casi nadie discute de fondo. Que las medidas fueran proporcionadas, legales y honestas es otra cosa, y ahí el desacuerdo es total. La crítica más dura no niega el virus: niega el espectáculo montado alrededor.
El Evento 201 y la pista de la coordinación internacional
Uno de los nombres que reaparece con más insistencia es el
Evento 201, el simulacro organizado por el Johns Hopkins Center for Health Security que, según quienes defienden esta tesis, se celebró meses antes de que el mundo se parara y en el que se ensayó la respuesta a una pandemia de coronavirus. De aquel ejercicio salieron conclusiones sobre la necesidad de «niveles de colaboración sin precedentes entre gobiernos, organizaciones internacionales y sector privado». Para la lectura más crítica, esa frase es la prueba de un plan; para otra parte, es la constatación de que los sistemas sanitarios necesitan coordinarse.
En esa lista de sospechosos habituales aparece
Bill Gates, a quien se vincula con una reunión con Pedro Sánchez en esas fechas, y la propia OMS, a la que se acusa de haber obedecido directrices ajenas. La tesis, difundida en redes y vídeos sin verificación independiente, sostiene que el origen de todo está en aquel simulacro y en quienes asistieron. Es una hipótesis que circula desde hace años y que
nadie ha demostrado.
Estados de alarma, toques de queda y el certificado de vacunación
El inventario de agravios concretos es largo:
dos estados de alarma, la limitación de movimiento entre comunidades autónomas, el certificado de vacunación para entrar en bares y restaurantes, la obligación de mascarilla al aire libre y los toques de queda nocturnos. Cada una de esas medidas tuvo su rifirrafe jurídico y su parte de polémica constitucional.
Frente a la denuncia genérica, hay quien exige algo más concreto: que se señale qué de todo aquello sigue hoy en pie. El terreno se vuelve resbaladizo. No es fácil encontrar una norma que consagre aquel estado de excepción permanente que algunos anunciaban. La respuesta suele apuntar entonces hacia arriba, hacia el tratado de pandemias que se negocia en el ámbito internacional y que, en el momento de esta discusión, seguía tramitándose. Unos lo ven como la prueba definitiva del plan; otros, como una simple actualización del reglamento sanitario.
El negocio: vacunas, mascarillas y farmacéuticas
El capítulo económico es el que más munición ha dado. Entre los puntos que se repiten en el hilo está la llamada vacuna española, que según se sostiene allí llegó en
febrero de 2022, con año y medio de retraso respecto a las demás, cero dosis administradas y un agujero de millones. A la vez, la prolongación del uso de mascarillas se ha leído desde la sospecha como una forma de seguir alimentando el negocio de la importación.
Los movimientos de los grandes fondos en las farmacéuticas —BlackRock y Vanguard reajustando posiciones, Soros entrando en Pfizer— alimentan la lectura de que alguien ganó mucho dinero. Seguir el dinero, en esta lógica, es seguir a los verdaderos autores.
Sigue el dinero, repiten, aunque el destino final nunca acaba de concretarse en un nombre propio.
Del circo callejero a las residencias: las escenas que marcaron
Más allá de las cifras quedan las imágenes. Ambulancias recorriendo con sirenas a todo volumen los pueblos de la España vaciada, seguidas de coches oficiales, para que quien se asomara a la ventana viera el despliegue. Coches de protección civil con altavoces recordando que no se saliera de casa. Un agricultor prestando su tractor y su cuba para fumigar calles enteras.
Doce baños públicos con diez cerrados para que todo el mundo hiciera cola en dos. Y, cómo no, el helicóptero sobrevolando la playa mientras una persona supuestamente grave practicaba surf.
En el lado más amargo, las residencias y los hospitales, donde según una parte de este relato se dejó morir a los mayores para sostener la historia. Es una acusación de enorme gravedad que se lanza sin resolución judicial conocida y que conviene leer, precisamente, como lo que es: una acusación.
El punto donde el análisis se atasca
Con el tiempo, la mayoría de aquellos protocolos se diluyeron. Las calles se llenaron otra vez, las mascarillas cayeron, los certificados caducaron. Y sin embargo, la sensación de que algo no se ha contado del todo no se ha ido. Hay quien sostiene que sin la complicidad de una parte de la sociedad —sanitarios, actores, medios— el montaje no habría sido posible; enfrente pesa el argumento de que la mayoría solo hacía su trabajo con la información disponible. Años después, nadie ha puesto nombre a los autores. Y ahí, exactamente ahí, sigue encallado el asunto.