Courier New, Helvetica o Comic Sans: la guerra de las fuentes
La pregunta parecía inocente: con o sin serifa. La respuesta, casi un siglo de historia de la tipografía reducido a una trinchera. Quien escribe estas líneas lleva toda la vida tecleando en Courier New porque es la que trae su máquina de escribir, y ahora coquetea con otras. El resultado es un catálogo de fidelidades y traiciones que dice bastante de cómo leemos y, sobre todo, de cómo nos obligan a leer.
Serifas sí, serifas no: la batalla que nunca acaba
El argumento clásico sostiene que
las serifas facilitan la lectura en textos largos y en papel, que para eso se inventaron. En pantalla, en cambio, muchos las asocian a las primeras webs de los noventa y las detestan. La conclusión práctica que se repite:
Verdana, Calibri o Arial para el ordenador; Times New Roman solo si va a imprimirse, porque los remates ayudan cuando el contraste de luz es bajo.
Hay quien va más allá y directamente sentencia que
Times New Roman debería ser ilegal. Frente a eso, los hay que reivindican la Century Gothic por sus minúsculas y sus números, y quienes defienden que las serifas no son un adorno: son una herramienta.
Helvetica, Cooper Black y el cartel pasivo-agresivo
La Helvetica aparece como valor seguro, con un matiz profesional:
según un participante que dice vender camisetas online, el 90% de las que vende se componen en Cooper Black y Helvetica Inserat. La Cooper Black, además, tiene un uso social específico: cartelitos pasivo-agresivos. Para señalética y rótulos, Helvetica. Para un cartel de heavy metal, letras góticas goteando sangre, que para eso están.
La letra manuscrita también tiene su hueco. Hay quien presume de caligrafía bonita y quien confiesa una letra angular y desigual, de niña chica cuando se esfuerza. La explicación generacional:
hay quien sostiene que los padres tienen mejor letra porque en su infancia la caligrafía era importante, se hacía caligrafía durante años y se escribía con pluma, no con bolígrafo.
La trampa de la digitalización: la Helvetica que no es Helvetica
Aquí llega el análisis más incómodo.
Según una opinión crítica expresada en el debate, el 99% de las tipografías digitalizadas no respeta las normas básicas de unos buenos tipos: ajuste óptico penoso y sin diferencia de peso según el tamaño. La Helvetica digitalizada es, según esa misma crítica, tan poco fiel al original que hubo que sacar una Helvetica Neue para intentar subsanarlo, y ni así.
Lo mismo pasa, según esa opinión, con Futura, Avant Garde, Clarendon o Franklin, deformadas por digitalizaciones tempranas. Componer un buen texto es hoy más difícil que nunca: hay que elegir entre versiones de distintos años y ajustar el kerning a mano. Los tipos de metal clásicos ya venían con su ajuste específico para cada peso y tamaño. El maquetador no es tipógrafo.
Windows, Linux y el renderizado que lo estropea todo
El problema no es solo la fuente, es el motor.
Según un participante, el renderizado de texto de Windows es sencillamente pésimo, y una tipografía vista en una mala pantalla no se parece en nada a su contraparte impresa. De ahí que las nuevas que quiere incorporar Microsoft generen más recelo que entusiasmo.
En el lado opuesto, la monoespaciada se reivindica como herramienta:
es vital para programar, y ese es el único motivo por el que viene instalada en los ordenadores. Para el resto, una buena distribución sencilla de Linux sobra, y en muchas universidades hace décadas que se instala con LaTeX, un sistema pensado para obtener documentos de calidad tipográfica sin pensar en maquetar, solo en redactar.
¿Qué fuente usar para un cartel que se lea de lejos?
Para un cartel con palabras largas, de algo técnico, que deba leerse a cierta distancia y transmitir contundencia, la recomendación es
DIN Condensed, Próxima Nova o Avenir Next Condensed. Para documentos generales, la familia Franklin Gothic y sus variantes; para títulos y rótulos, Interstate, la de la señalética vial.
El detalle final lo aporta quien, antes de usar cualquier fuente, compara la ele minúscula, la i mayúscula y el 1. Un truco de tipógrafo que casi nadie aplica.
Al final, la pregunta sigue sin respuesta única. Quizá porque no hay una letra buena, sino una letra para cada cosa. ¿Y si el problema no fuera la fuente, sino la pantalla en la que la miramos?