España produce aceite, porcino, vino y coches: el resto es ruido
La escena se repite en cualquier terraza. Llega un visitante extranjero, pregunta qué produce este país y la respuesta se atasca en un encogimiento de hombros. Unos cuantos datos básicos disipan la niebla: España es
primer productor mundial de aceite de oliva,
cuarto productor y primer exportador de carne de porcino del planeta, anda en el podio del vino y se cuela entre los cinco mayores fabricantes de componentes de automoción, con
Antolin y
Gestamp como avales. Y
sexto productor mundial de coches, para quien siga creyendo que aquí solo se ponen cañas.
Qué produce España: los sectores que sostienen la balanza
El inventario agroalimentario es el más sólido. El aceite de oliva ocupa la primera posición mundial sin discusión. El porcino es cuarto productor y primer exportador, un liderazgo que llegó con ayuda ajena: el brote de peste porcina que obligó a China, primer productor, a suspender sus exportaciones y que dejó vía libre a los mataderos españoles frente a Alemania y Estados Unidos. El vino completa el trío, con una posición que no termina de fijarse entre el tercer puesto mundial y el europeo según el baremo que se use.
La industria, sin titulares, aguanta mejor de lo que sugiere el relato. Los fabricantes de componentes figuran entre los cinco primeros del mundo y el montaje de vehículos sitúa al país en el sexto puesto global, por delante de economías con mucha más renta por habitante. Aparecen también la industria militar, la farmacéutica y la construcción ferroviaria, un capítulo donde hay obra y proyectos más allá de la foto del AVE.
¿Es el turismo la gran industria española?
Depende de cómo se mida. España es el segundo país receptor de visitantes del mundo, con
82 millones de llegadas, pero ese liderazgo aguanta mal la comparación cuando se baja al detalle. Orlando, solo Orlando, recibe
72 millones de visitantes al año. Nueva York, 56. París, 22. El matiz es que aquí se cuentan los extranjeros que traen divisas, mientras en otros destinos se suma también el
turismo interno. Con ese criterio, la ventaja española se estrecha hasta casi desaparecer.
Al margen de la estadística, hay una corriente que niega incluso la etiqueta: el turismo nunca fue una industria, sostiene, sino una actividad de bajo valor añadido y salarios contenidos. La réplica es que una actividad capaz de sostener millones de empleos y buena parte del superávit exterior no necesita permiso para llamarse industria.
Alemania, Francia y Reino Unido tampoco aprueban este examen
La pregunta del extranjero suele llevar trampa. Si el mismo test se aplica a las grandes economías europeas, el aprobado escasea. De Alemania y Francia todo el mundo dice coches, pero resulta que España es el
sexto productor mundial de automóviles. De Reino Unido, con una renta por habitante muy superior, apenas se sabe qué produce aparte de servicios financieros. El ejercicio desmonta la idea de una anomalía española: la desindustrialización es un fenómeno continental, no una maldición local.
Eso no exime de la crítica de fondo. Un patrón de especialización apoyado en alimentación, turismo y montaje de vehículos deja poco margen en tecnología, propiedad intelectual o marcas propias. Se produce mucho. Se produce barato.
Del inventario de productos al ajuste de cuentas
Cuando el catálogo de productos se agota, el foco se desplaza. La deuda pública, el peso del empleo público, la burocracia, la presión fiscal sobre quien trabaja y ahorra, el coste de la vivienda o la política migratoria pasan a ocupar casi todo el espacio. Es el patrón habitual: si no hay una respuesta brillante al inventario económico, se responde con el estado de ánimo.
El resultado es un retrato poco habitual de la economía española. El país exporta cerdo, aceite y coches. Y discute sobre funcionarios, nóminas y paga extra. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo.
El inventario de lo que este país produce cabe en una servilleta: aceite, cerdo, vino, componentes y coches. Todo lo demás, la respuesta más socorrida, es deuda.