Yolanda Díaz dice que los ricos planean huir de la Tierra en cohetes
¿De verdad existe un plan de los ricos para marcharse de la Tierra en cohetes? La vicepresidenta del Gobierno,
Yolanda Díaz, dio por hecho ese escenario: habló de élites económicas que preparan su salida en naves y de
mansiones fortaleza mientras el resto se queda. No consta que presentara prueba alguna. La afirmación ha desatado una oleada de réplicas, y no todas apuntan al mismo blanco.
Qué dijo Yolanda Díaz sobre los ricos y los cohetes
La vicepresidenta enmarcó el asunto en su diagnóstico habitual: «Es el mundo que no queremos, es el mundo que la ciudadanía no quiere», dijo. La respuesta más repetida fue que ese mundo lo están construyendo precisamente quienes gobiernan, con políticas que empujan a los patrimonios altos a buscar refugios fuera del alcance del fisco y de la inseguridad. La paradoja no se le escapa a nadie: la crítica a los ricos la firma quien gestiona el poder que los hace más ricos.
Las comparaciones llegaron en bloque. Varios lectores señalaron que el relato recuerda a las distopías de siempre, esas que se comentan con sorna hasta que alguien las suelta en voz alta desde un cargo público. Otros se limitaron a pedir fuentes.
¿De dónde sale la idea del arca tecnológica de los ricos?
Aquí aparece la aportación más incómoda para la vicepresidenta. Buena parte de las réplicas sostiene que no ha inventado nada: el planteamiento de que una élite global escaparía de un evento de extinción masiva gracias a un
arca tecnológica está publicado desde hace años y se atribuye al historiador
Yuval Noah Harari y a documentos del
Foro Económico Mundial. El reproche, en ese caso, es de forma y no de fondo: se le echa en cara que no cite la fuente original del escenario que reproduce.
Ese detalle cambia el tono. Si la idea circula en informes internacionales, la cuestión ya no es si una vicepresidenta dice tonterías, sino qué parte de esos informes se ha colado en el discurso público sin que casi nadie lo discuta.
¿Pueden los cohetes privados aterrizar donde quieran?
El argumento técnico se desplegó con detalle. Los cohetes reutilizables no necesitan aeropuerto: se lanzan desde una propiedad privada, se posan de forma autónoma y pueden permanecer días en órbita hasta confirmar qué zona del planeta ha quedado intacta. Si el impacto afecta a Estados Unidos, el aterrizaje se programa en Australia; si toca Australia, en Nueva Zelanda. La lógica es la de un seguro caro, no la de un billete de avión.
Enfrente, la objeción obvia: no hay constancia de ninguna estación orbital ni base lunar destinada a alojar a civiles acaudalados. Quien exige documentación lo tiene claro: sin papeles, esto es una fantasía con pajaritos en la cabeza. También hay quien recuerda que
Elon Musk lleva años vendiendo naves para ir a
Marte y que aquello funcionó más como propaganda que como plan de evacuación.
El recuento electoral que se usa para medir el coste
El salto del argumento al cálculo electoral fue inmediato. En el cómputo que manejan los críticos, la opción de la vicepresidenta sumó
tres millones de votos en los comicios celebrados dos meses antes, frente a
ocho millones de cada una de las otras dos alternativas. Otra suma, más agresiva, eleva a
once millones los apoyos recibidos por el conjunto de las formaciones señaladas. De ahí sale la frase que resume la postura más dura: que estos discursos no van a salir gratis y que la factura se pagará doble.
Los ricos ya viven en fortalezas: el matiz que se concede
No todo fue burla. Hay quien reconoce a la vicepresidenta un punto de razón en la parte descriptiva: los grandes patrimonios viven en urbanizaciones cerradas, con servicios propios y seguridad privada, y esa tendencia no es discutible. El problema, argumentan, es el salto de ahí a los cohetes: faltan avances tecnológicos y sobran décadas para que el escenario sea operativo. Para otro tramo de opinión, lo que subyace es un fenómeno real de
segregación residencial, y el error fue contarlo con metáforas de ciencia ficción.
¿Qué películas describen el escenario?
Dos títulos aparecieron una y otra vez.
No mires arriba, la sátira sobre una élite que se salva mientras el planeta se apaga, y
Idiocracia, la comedia que imagina un futuro gobernado por el absurdo. La recomendación más repetida fue que la segunda se va a quedar corta. Alguien apuntó a una obra anterior: el magnate que construye naves para ir a Marte ya contó esta historia, solo que como publicidad propia.
Al final, la duda razonable no es si los ricos tienen cohetes, sino si alguien con responsabilidad de gobierno debería explicar en público de dónde sale la información sobre un plan que nadie ha documentado. Si el arca existe, alguien tendrá que pasar lista. Y si no existe, tampoco pasa nada: la política ya se ha acostumbrado a los pronósticos sin fuente.