«Zorra» de Nebulossa: la canción que España lleva a Eurovisión
España lleva a Eurovisión una canción que repite «zorra, zorra, zorra» como estribillo y que sus propios intérpretes presentan como un himno al empoderamiento femenino. El dúo se llama Nebulossa, lo forman Mark y Mery, de
47 y 55 años, y su tema ha logrado algo poco habitual: que la polémica sobre lo que significa pese más que la música. La letra convierte un insulto en bandera, y a partir de ahí cada cual decide si eso es un avance o una ocurrencia.
Qué es «Zorra», la canción de Nebulossa para Eurovisión
La propuesta apuesta por una estética ochentera y un ritmo festivalero, con Mark y Mery al frente y un cuerpo de baile que, en el videoclip, aparece con corsés, tacones y actitudes provocadoras. El perfil de los intérpretes —47 y 55 años, lejos del molde habitual de artista emergente— se ha convertido en uno de los ganchos de la candidatura tanto como la propia canción.
El clip incluye escenas que han dado que hablar: en el
minuto 1:13, dos bailarines aparecen a cuatro patas con tacones y corsé. Un detalle que unos leen como puesta en escena valiente y otros como simple efectismo. El estribillo, sencillo y repetitivo, es lo que más se queda; también lo que más se discute.
Del empoderamiento al rechazo: la letra que divide
Aquí está el nudo. Una parte del público lee la canción como una reivindicación feminista: la palabra «zorra» deja de ser un insulto y se convierte en una declaración de independencia.
Hay quien la llama himno a la mujer liberal y subraya que el ritmo engancha desde la primera escucha.
Del otro lado, una corriente sostiene que el resultado es «manido, cansino y rancia», con una letra infantil y facilona que ya no provoca a nadie. Entre ambas posiciones aparece la objeción más incómoda: que una palabra no cambia de significado por mucho que se cante sobre un escenario. En paralelo, una parte de las reacciones derivó hacia descalificaciones hacia determinados colectivos que no aportaban nada al análisis musical; esas soflamas quedaron al margen de cualquier discusión seria sobre la candidatura.
¿Es Eurovisión un concurso o una operación de propaganda?
El festival tampoco sale indemne. Una línea de análisis defiende que Eurovisión no funciona como un concurso al uso: las votaciones no son públicas y los concursantes se eligen a dedo. Según esta lectura, el festival es ante todo una operación de
propaganda cultural, diseñada para difundir ciertos modelos de consumo y de conducta ante una audiencia millonaria.
En sentido contrario, hay quien recuerda que el nivel medio de las candidaturas ha subido y cita propuestas que considera sólidas. La discusión, en cualquier caso, se escapa del terreno musical y aterriza en otro: para qué sirve realmente un festival que España lleva décadas intentando ganar.
La lectura política: homenajes y el rechazo al sermoneo
Una de las derivadas más citadas es la política. Se menciona que la candidatura podría rendir homenaje a
Manuela Trasobares, concejal trans valenciana, algo que otros matizan señalando que el videoclip no guarda relación con su figura. Lo que subyace es una crítica recurrente: la sensación de estar ante un producto diseñado para acumular tópicos y dar lecciones.
Ese rechazo al «sermoneo» es, en realidad, el eje del malestar: no tanto la canción como la impresión de que hay que aplaudirla por obligación. Ahí coinciden críticos de ideologías opuestas, cada uno por sus propios motivos. Como coletilla, ya se anticipaba que programas como Los Morancos o cadenas autonómicas parodiarían el tema en cuestión de días.
De Chiquilicuatre a Rigoberta Bandini: las comparaciones
Toda candidatura española arrastra su propia sombra. La primera comparación que aparece es con
Chiquilicuatre, el fenómeno que llevó a Eurovisión una canción deliberadamente absurda. La segunda, con
Rigoberta Bandini, cuyo «In Spain we call it soledad» se cita como referencia directa del tono. Una parte del público ve ahí una evolución; otra, una versión de supermercado con el mismo envase y menos sustancia.
Hay quien retrocede aún más y recuerda una canción de
1975 que hablaba también de una prostituta, aunque con un mensaje opuesto. La conclusión de ese viaje en el tiempo es llamativa: el discurso ha dado la vuelta completa sin cambiar del todo el tema.
«Zorra» y el idioma: la baza de no entenderse
Un argumento que reaparece es la lengua. Si los extranjeros no entienden la letra, el efecto provocador se diluye fuera de España y solo queda la música. Y ahí la canción puede jugar a favor, porque el estribillo es pegadizo y se aprende sin traducción. La duda es si esa es la mejor defensa posible de una candidatura: que funcione precisamente por lo que no dice.
Con la polémica como principal activo, la pregunta ya no es si «Zorra» ganará en Europa, sino si España ha elegido bien su carta de presentación. Y, sobre todo, si reivindicar un insulto sirve de algo cuando el insulto sigue intacto en la calle.