De pachanga en 1975 a obra maestra: así cambia el oído con los años
El pop que hace cuatro décadas se despachaba como pachanga de usar y tirar ha ascendido a patrimonio cultural. Canciones que en 1975 se tachaban de malas, fáciles, hechas sin genio alguno se escuchan hoy con una reverencia que entonces habría sonado a chiste. La comparación con el catálogo que domina el circuito comercial actual no sale bien parada para buena parte del público. El veredicto, eso sí, esconde un mecanismo conocido: el oído reescribe el pasado.
No hay encuesta ni termómetro oficial de esto. Pero el patrón se repite cada vez que se abre el melón: lo que ayer daba vergüenza ajena hoy es
obra maestra, y lo que hoy suena en bucle mañana será ruido de fondo.
1975: de «pachanguera» a pieza casi magistral
Quienes defienden esta tesis sitúan su punto de partida en
1975. Canciones que entonces un adolescente español despreciaba por simples, por comerciales, por fáciles de fabricar, se leen ahora como piezas casi magistrales al ponerlas al lado de lo que suena en la radio. Es una corrección de valoración con el paso del tiempo, no un cambio en la partitura.
Ese giro no se limita a un par de temas. Afecta a discos enteros que en su día se catalogaron de morralla para quinceañeras y hoy se reivindican como
clásicos involuntarios. La distancia no la marca la calidad de la grabación, sino el contraste con lo que llega después.
De Mecano a los Backstreet Boys: lo que daba vergüenza en 1996
El fenómeno tiene nombres propios. Grupos que en su momento se consideraban insoportables se reescuchan con simpatía:
Mecano, que muchos no soportaban en su época, ahora sale bien librado en la comparación; el pop adolescente de los noventa, que en
1996 era motivo de sonrojo, se defiende hoy como mejor que casi cualquier cosa mainstream. También los primeros discos de Shakira, el r&b comercial de aquellos años, Maná o Laura Pausini entran en esa revisión.
Hay un caso que sirve de termómetro moral. Se sostiene que pocas cosas hicieron tanto contra el racismo como el sello clásico de soul que puso a cantantes negros en el centro del mercado, y pocas lo reactivaron tanto como la estética de traficante de barrio que arrastró el rap de pandillas. Es una lectura que circula sin matices y que conviene tomar como lo que es: una opinión.
El contraargumento: hay música buena, pero no la difunden
No todo el juicio es condenatorio con el presente. Una corriente sostiene que existe música actual de calidad, solo que no aparece en televisión ni en las listas de radio, y que hay que buscarla. El ejemplo que se pone es el del músico formidable que toca composiciones propias en el metro y al que nadie va a publicar.
A eso se suma un sesgo de selección que conviene tener presente: de cada década sobrevive lo mejor, lo reeditado y lo que alguien decidió compilar. Comparar ese filtro depurado con la producción entera de un solo año es una trampa estadística de manual.
El rechazo al reguetón y a Rosalía
La crítica más dura apunta al género urbano y a sus figuras más visibles. Sobre
Rosalía se afirma que su propuesta no merece ni el nombre de música, y el reproche se centra en letras repetitivas, rimas pobres y canciones dedicadas a uno mismo. Es una posición extendida, expresada con una hostilidad que excede el análisis musical.
En el fondo late una tesis más amplia: la decadencia no afectaría solo a la música, sino al cine, los modales, el lenguaje y las costumbres. Una parte del público la comparte; otra la considera una queja generacional más.
En los 90 ya se decía lo mismo de los 80
El dato incómodo es la recurrencia. En la década de los noventa se decía exactamente lo mismo de los ochenta, y en los ochenta de los setenta, y no del todo sin razón. Cada promoción cree que la anterior cantaba mejor.
Lo llamativo del episodio actual es quién lo sostiene. No son solo los nacidos en los setenta u ochenta: hay conversaciones entre veinteañeros que abren el tema por iniciativa propia y defienden que la música de los ochenta y noventa molaba y lo de ahora es otra cosa. La nostalgia ha dejado de ser cosa de veteranos. Y el
Charo menopáusico que no soportaba a Mecano en 1987 descubre que aquello sonaba a gloria comparado con el trap de después.
Qué se puede concluir
El juicio sobre la música de cada época mezcla tres cosas difíciles de separar: la calidad real, la selección natural del repertorio que sobrevive y el puro contraste de contexto. Puestos a apostar, dentro de veinte años alguien reivindicará parte del trap actual como clásico irrepetible, y otro alguien jurará que ya no se hace música como la de ahora. La única predicción con fundamento es esa. Con reservas, claro.