Graduaciones de guardería y primaria: el rito importado que ya cuesta dinero
Hay una escena que se repite cada junio en colegios públicos de barrio y de pueblo: niños de seis y doce años con birrete de cartón, banda con el escudo del centro, discurso del director y pinchoteo en el gimnasio al que los padres acuden de americana. No es un colegio privado de tres cifras mensuales. Es el de la esquina. Y ya no es una anécdota aislada: es una
moda aspiracional que ha bajado del escaparate estadounidense a la España de clase media y trabajadora, con trajes de chica comprados en plataformas de moda rápida, peinados de peluquería y, en algunos casos, hasta alquiler de limusinas.
Lo llamativo no es la fiesta en sí. Es el
desfase entre el mérito celebrado y el coste asumido. Se celebra haber terminado primaria, una etapa que se supera por obligación legal. Se celebra haber acabado la guardería, es decir, haber aprendido a no hacerse encima. Y se celebra, en el colmo de la paradoja, incluso cuando el alumno arrastra suspensos: la ceremonia se hace igual, con diploma y todo.
De dónde sale la costumbre y por qué se ha pegado
La graduación escolar como espectáculo no es una invención española. Lleva décadas funcionando en Estados Unidos como rito de paso colectivo, y ha entrado aquí por la vía de la imitación cultural: primero en institutos, luego en bachillerato y formación profesional, y finalmente hacia abajo, hasta la primaria y la educación infantil. Hay quien sitúa el precedente local en la
puesta de largo, esa ceremonia de presentación en sociedad que las familias acomodadas celebraban para colocar a sus hijas en el mercado matrimonial y que salía en las revistas de sociedad. Pero aquello era cosa de aristócratas y de apellidos compuestos. Esto de ahora es otra cosa: es la
democratización del rito, con birrete de plástico y tarta del supermercado.
El mecanismo de propagación es conocido. Un colegio lo hace. Los padres lo comentan en el grupo de WhatsApp. Al año siguiente, el centro vecino no quiere ser menos. Y así, en pocos cursos, la excepción se convierte en norma no escrita: quien no organiza nada queda señalado como el padre o la madre que no celebra a su hijo. La presión social hace el resto.
Nadie quiere ser el raro.
El coste real: comuniones que parecen bodas y quinceañeras con crédito
La graduación escolar no es un fenómeno aislado. Es la última capa de una tendencia más amplia: la
inflación de los ritos familiares. La primera comunión, que hace dos décadas se resolvía con un traje de calle y una comida en casa, se celebra hoy en muchos sitios con banquete, fotógrafo, vestido largo y lista de invitados. Hay quien recuerda haber ido a una con más boato que una boda. Y en el extremo superior de la escala están los quince años de las niñas, importados de Latinoamérica, donde se han documentado casos de familias que piden créditos para financiar la fiesta.
El patrón se repite: un rito que empezó siendo íntimo se convierte en escaparate, y el escaparate exige gasto.
La celebración deja de ser para el niño y pasa a ser para el público. Los invitados miran, comparan y juzgan. Los padres pagan, compiten y aguantan.
El argumento educativo: premiar lo obligatorio
Aquí está el núcleo del asunto. Una graduación tiene sentido cuando marca el final de una etapa exigente y el acceso a otra. La de primaria no cumple ninguna de las dos condiciones: es el final de la enseñanza obligatoria por antonomasia, y el acceso a la secundaria está garantizado por ley. La de infantil, directamente, celebra un tránsito que no depende de ningún esfuerzo académico.
El riesgo señalado por algunos análisis es de fondo: si se premia con ceremonia y aplauso cada paso trivial, el niño interioriza que el simple hecho de avanzar ya merece reconocimiento. Y luego llega el mercado laboral, donde nadie pone una banda con escudo por cumplir el horario.
La cultura del trofeo de participación tiene un coste psicológico que se paga en la edad adulta.
Quién organiza esto y por qué importa
Hay un dato que suele pasarse por alto: en muchos casos no son los padres quienes impulsan la ceremonia, sino los propios centros educativos. Son los profesores y los equipos directivos los que montan el acto, preparan los discursos y convocan a las familias. Los padres, después, se limitan a seguir la corriente y a comprar el vestido. Eso cambia el diagnóstico: no es solo una moda de consumo privado, es una
decisión institucional que se toma sin consultar y que luego se convierte en obligación social.
Y hay una consecuencia económica que nadie mide: el gasto agregado. Trajes, peluquería, flores, restaurante, regalos. Multipliquemos por cada niño de cada curso de cada colegio de España. La cifra no aparece en ninguna estadística oficial, pero se paga todos los junios.
Lo que se ha perdido por el camino
La generación que hoy tiene entre cuarenta y sesenta años recuerda el último día de curso de otra manera. Te daban las notas, te daban el título y a casa. Si acaso, un libro de vacaciones y tres meses en el pueblo de los abuelos. No había ceremonia, no había birrete, no había discurso. Y sin embargo, esa generación guarda esos veranos como un tesoro.
La fiesta no crea el recuerdo; el recuerdo se crea solo.
La pregunta no es si celebrar o no. La pregunta es si el rito sirve al niño o al ego de los adultos que lo organizan. Y esa, a día de hoy, sigue sin respuesta.